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Niños y adolescentes: cómo enfrentan psicológicamente la crisis del coronavirus

María José Muñoz (Psicoterapeuta)

Las formas de abordar las situaciones complicadas son diferentes en la infancia y la adolescencia a la de la edad adulta. ¿Con qué recursos cuentan?

Como nuestro organismo y su sistema inmunológico, todos tenemos mecanismos de defensa psicológicos contra la invasión de lo extraño y desagradable. La infancia y la adolescencia muestran, en estos días, la especificidad de los suyos.

Se habla mucho de la fragilidad de los niños frente a situaciones como la que se está viviendo con el coronavirus. Se dice que hay que decirles la verdad, pero suavizando los contenidos. Es verdad, así debe ser. Pero hemos de tener también en cuenta las características reactivas de los más pequeños o de los adolescentes, cuando tienen por delante algún problema. Las formas de abordarlo son muy diferentes a las de los mayores.

¿Cómo entienden el coronavirus y el confinamiento los niños?

Los más chiquitines, hasta siete u ocho años, para bien o para mal, poseen una capacidad imaginativa que es inmensa. Sus cabecitas están permanentemente dando significado a todo lo que les rodea, pero siempre, introduciéndolo en esquemas que les sirve para ubicarse y no morir en el intento.

Siempre van a crear ficciones en las que cualquier cosa se divide en “los buenos” y “los malos”. Sus universos y galaxias están llenos de personajes malvados a los que los héroes tienen que enfrentarse, y a los que siempre consiguen derrotar. Aún no hay una clara diferencia entre la fantasía y la realidad y, esta última, se irá construyendo muy poco a poco. No es que no estén en la realidad, solo que ellos la enmarcan en función de sus capacidades mentales.

De esa manera, el que en la su entorno se hable de un personaje malo que se llama coronavirus, no hará sino reactivar esa división. Se trata de “esconderse para que no nos vea”, como decía una pequeña de dos años.

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En sus cuentos, videojuegos y demás producciones infantiles, estas figuraciones están siempre presentes. Incluso, y todos sabemos de la existencia de una etapa en los niños en la que se producen fobias leves, las construyen a partir de una mancha en la pared, o de cualquier silueta indefinida.

También sueñan con ogros, lo que quiere decir que, si no los tienen realmente, ellos se los inventan. Es una forma de ir asimilando ese lado oscuro de la vida. Así, lo de integrar un ente como el malvado “coronavirus”, no les va a resultar tan difícil como les puede parecer a los adultos.

En el mundo infantil tienen cabida monstruos como el coronavirus. Si no los tienen, ellos se los inventan.

Otra cosa muy distinta será el confinamiento, porque otra división que introducen las criaturas es el “me gusta” o “no me gusta”. Ahí, y en la medida en que la generación actual se la ha acostumbrado a realizar un montón de actividades en el exterior de las casas, ahí tendrá que jugarse la capacidad de convertir y cambiar lo que les resulta desagradable por actividades agradables.

Sea que ayuden en las actividades domésticas, sea que tengan que seguir los deberes escolares, hemos de saber reconvertirlos de, manera sugestiva, en algo interesante donde ellos, y lo que hacen es muy importante. Los niños necesitan sentirse el centro del universo para poder compensar su insuficiencia real, frente a un escenario que aún no dominan.

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¿Cómo afrontan los adolescentes la cuarentena?

Otro colectivo muy implicado en esta situación de Estado de alerta por el coronavirus es el de los adolescentes. También, de repente, se han roto todas sus rutinas. Dejan de poder ver a sus compañeros de clase, amigos.

Pero para ellos, el confinamiento no sólo no les molesta demasiado sino que, en la actualidad, auto-recluirse en sus habitaciones y con su móviles u ordenador, ya forma parte de su estilo de vida. Desde bien jovencitos sus compañías son Instagram, Facebook, YouTube, grupos de whatsapp, etc. Para ellos el mundo de los adultos es otro mundo paralelo, que viven de forma secundaria al digital.

Ellos son conscientes de la situación, pero queda en un segundo plano respecto a su eje central que son sus grupos, las apps, sus influencers y youtubers. Se identifican y viven a través de las redes sociales escapando, de esa manera, a una realidad que si bien entienden, no quieren hacerse cargo, del todo, de la gravedad de la situación.

Para los adolescentes pasar el confinamiento online forma parte de su actual estilo de vida.

Sin duda es una forma de salir del paso, pero los puede conducir a una inconsciencia del peligro que ellos mismos pueden correr y de, al mismo tiempo, la posibilidad que poseen de contagiar a otras personas más vulnerables. Es por este motivo por lo que muchos jóvenes siguen promoviendo encuentros o fiestas con sus amigos, desoyendo el “quedarse en casa”. Al ser un colectivo que tienen reactivos inmunitarios muy potentes, creen que con esto están a salvo de todo. Es una manera de negar una realidad que no les gusta porque les coarta su libertad.

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Evidentemente no todos los jóvenes se comportan así. Hay otros muchos que dentro de un marco de solidaridad general, han encontrado con esta pandemia formas y tareas que pueden hacer, contribuyendo así a mitigar las consecuencias personales que se están produciendo. Ayudan a vecinos mayores a hacerles la compra, a repartir comidas a los más necesitados, o a alimentar a las colonias de gatos y animales que, en estos días, están más desprotegidos y abandonados.

Muchos jóvenes están actuando solidariamente con los sectores más desprotegidos.

En definitiva, en la medida en que ahora toca vivir este presente abrupto e inesperado, cada colectivo está respondiendo desde los recursos mentales que le son propios en estas situaciones de emergencia. Será después cuando realmente podamos calcular hasta donde nos han servido, cuál es el precio emocional que hemos pagado y si, a pesar de todo, hemos avanzado y aprendido algo de esta experiencia.

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