Conciencia ecológica

La pandemia nos alerta de la necesidad de cambiar

Jordi Pigem

Estamos viviendo el desequilibrio que hemos venido sembrando. A corto plazo, tendremos que aprender a vivir con menos: con menos cosas, menos distracciones y menos miedo. Y tendremos que aprender a vivir con más: con más atención, más confianza en la realidad y en la vida, más discernimiento, compasión y conciencia.

El ritmo del mundo ha cambiado debido a la pandemia. Se ha vuelto más lento y más serio, más lleno de silencios, a veces inquietantes, a veces hermosos. El silencio ya estaba allí, pero lo habíamos ido olvidando, ocultándolo tras pantallas y palabras no siempre necesarias. El silencio, sí, ya estaba ahí. Y el silencio no es mudo: el silencio habla. ¿Qué lecciones nos han brindado estos silencios?

  • Somos naturaleza. Nuestra salud refleja la salud de la biosfera. Cuanto mejor sea nuestro equilibrio con la red de la vida, mejor será también nuestra salud. Somos microcosmos de la biosfera.
  • La Tierra está viva. Lo han percibido todos los pueblos indígenas (Madre Tierra, Pachamama) y tímidamente lo empieza a redescubrir la ciencia (teoría Gaia). Todo lo vivo, desde la más pequeña célula, tiene una inteligencia vital. Todo lo vivo sabe lo que hace. Y la Tierra sabe lo que hace... por el bien conjunto de la vida y no de quienes la explotan. Mejor conectarse con la Tierra que con el telediario.
  • Los humanos nos estábamos sobrevalorando. Que un virus ponga en jaque al sistema es una lección de humildad para la arrogancia humana que, desde hace siglos, se ha esforzado en ir sustituyendo lo natural por lo artificial, lo vital por lo mecánico, lo concreto por lo abstracto. Hoy nos toca virar de rumbo, desde una visión holística, e ir hacia un mundo centrado en las personas y las relaciones, en el que podamos sentir que participamos en la red de la vida y podamos recuperar el asombro ante la existencia.
  • El parón, el silencio, tiene una dimensión existencial. Es una invitación a plantearnos qué hemos venido a hacer al mundo, por qué estamos aquí, qué queremos realmente hacer con nuestras vidas para que, el día que nos vayamos de este mundo, nos sintamos satisfechos de lo que hemos hecho y de lo que hemos intentado hacer. Para encontrar un propósito hay que aprender a escuchar nuestra voz interior. No el parloteo de la mente, a menudo redundante, sino algo más profundo que en muchas culturas se asocia con el corazón.
  • La sensación de que somos seres finitos y separados es una ilusión. Se dio cuenta Einstein, se dieron cuenta sabios de todas las culturas y épocas. ¿Nos damos cuenta? Entre tú y el resto del mundo nunca hay, nunca hubo, ninguna separación.
  • El origen de la inmensa mayoría de los problemas radica en la mente humana. Lo interior es anterior, está en la base. Nuestras acciones, actitudes y percepciones brotan del ecosistema de nuestra mente. Nuestro mundo exterior refleja nuestro interior.

A lo largo de la historia, toda gran idea, toda gran acción y toda gran creación han brotado de momentos de silencio, de escucha. Del silencio surge la música y viene la inspiración. Cuando, colectivamente, entramos en un gran periodo de silencio, se abre la posibilidad de transformar nuestras ideas, acciones y creaciones colectivas.

El camino hacia una sociedad más sana, sabia y ecológica no pasa a través del río revuelto de las distracciones, sino del silencio interior. Hay personas que estos días han decidido dejar la ciudad, volver al pueblo o irse al campo. Tal vez, a través del silencio, han escuchado la llamada de la naturaleza.

Artículo relacionado

Desertización

11 cosas que nos ha enseñado el coronavirus sobre sostenibilidad

La primavera silenciosa: el origen de la conciencia ecológica

La bióloga Rachel Carson publicó en 1962 Primavera silenciosa. Fue la primera chispa que iluminó la conciencia ecológica contemporánea. Su título hacía referencia al impacto de las sustancias químicas sobre la red de la vida y específicamente sobre las aves. De seguir así, un día ya no quedarían pájaros cantando en primavera. En parte gracias a su libro, pocos años después de su muerte se prohibió casi completamente el uso del DDT.

Hemos vivido una primavera silenciosa, con menor estruendo de máquinas y motores. En cambio, el canto de los pájaros no ha desaparecido, sino que incluso ha aumentado. Aun así, como suele ocurrir, Rachel pudo haberse equivocado en los detalles, pero acertó en el fondo de la cuestión: estamos destruyendo la red de la vida.

Hace casi sesenta años, Rachel Carson afirmaba que la humanidad se enfrentaba ante un reto sin precedentes (hoy, todavía más). Y que era tiempo de mostrar nuestra madurez. Y decía también que teníamos que demostrar nuestra capacidad de dominio, no sobre la naturaleza, sino sobre nosotros mismos. De eso se trata.

Artículo relacionado

Covid-19, oportunidad para cambiar

Covid-19: una oportunidad para despertar

El tiempo es oro, decía Franklin. Hoy el oro es nuestra capacidad de atención, y la industria tecnológica extrae ese oro cada vez que tocamos una tecla. Usa nuestros datos para saber dónde estamos, deducir qué hacemos y qué queremos hacer. Llevaba años siendo la industria que más crecía, y ahora ha sido entronizada por el auge de las pantallas. Pantallas que a menudo hacen de pantalla a la realidad... la encubren.

Si la educación se desplaza de aulas a pantallas, se enriquecen las multinacionales y se empobrece la educación. En docenas de ámbitos, con la excusa de proteger a los más vulnerables, se refuerzan los más poderosos. Menos comunicación y educación presencial, menos comercio de barrio y más poder para Google, Microsoft, Amazon y demás.

La atención, en cualquier caso, es nuestro bien más preciado.

En el momento de la muerte, el conjunto de lo que habremos vivido equivaldrá al conjunto de aquello a lo que hemos prestado atención. A través de nuestra atención creamos nuestro mundo, momento a momento. Y con nuestra atención colectiva, creamos nuestro mundo colectivo. Por tanto, atención a la atención.

La enfermedad y la muerte forman parte de un mundo vivo

Una pandemia que no remite es la fragmentación del conocimiento: la incapacidad de apreciar la red de relaciones que constituye toda realidad, toda situación y toda persona. Todo lo que vive es relación. Pero el pensamiento moderno cree progresar cuanto más disecciona y lo reduce todo a cifras y a fragmentos estáticos y aislados.

Cada día mueren en el mundo unas 25.000 personas a causa de la malnutrición y otras 25.000 a causa de la contaminación (según la FAO y The Lancet, respectivamente). Cincuenta mil, cada día, y el siguiente. Y otras cien mil, cada día, por otras causas. Las cifras de una enfermedad no deberían hacernos olvidar que hay muchas otras causas de fallecimientos, cada día, en todas partes. Tampoco deberían hacernos olvidar que la muerte es parte de la vida. Cada día, y el siguiente, hay también más de 360.000 nacimientos en este mundo de ocasos y amaneceres.

Pero hoy resulta que en toda disciplina científica, cuanto más profundizamos, más aumenta lo que no sabemos explicar. Podemos (hasta cierto punto) manipular células, pero nadie puede realmente explicar qué hace que una célula esté viva. Sabemos que la luz se comporta como onda o como partícula, pero no hay físico que sepa realmente explicar qué es la luz. Ni hay biólogo que sepa explicar qué es la vida. Y está bien, porque la vida no hay que explicarla, sino vivirla.

Artículo relacionado

amor naturaleza

Por qué debemos cambiar nuestra relación con la naturaleza

¿Cómo entenderíamos la salud desde una visión menos fragmentada? Nos fijaríamos más en lo cualitativo y en la dimensión emocional y social de la salud. Veríamos la enfermedad menos como una suma de síntomas y más como un patrón de desequilibrio –resultado, generalmente, de otros desequilibrios, en nuestro entorno personal o ambiental–.

Pondríamos menos énfasis en genes y patógenos y prestaríamos más atención al contexto: el medio externo y el medio interno, fortaleciendo el sistema inmunitario. Cuidaríamos más la prevención y nuestros hábitos de salud física (tu cuerpo, ¿qué ingiere, cómo se mueve?) y de salud psicológica (¿es verdadero, bello y bueno lo que dejamos entrar en nuestra mente?). Veríamos la salud como una dinámica red de relaciones. Y redescubriríamos que somos parte de un mundo vivo y con sentido.

Una pandemia puede formar parte de una armonía oculta

Este año arrancó con los dantescos incendios en Australia. Luego vivimos el Gloria, no el de Vivaldi, sino la desarmonía de la inclemencia climática. La pandemia tal vez sea el tercer movimiento, y no el último, de esta música inquietante cuya armonía todavía no percibimos.

La armonía oculta es más fuerte que la armonía visible, enseñaba Heráclito.

La Torre de Babel contemporánea, la del Materialismo, el Ecocidio y el Narcisismo (acrónimo MEN) empieza a resquebrajarse. Y le va bien, para encubrir sus grietas, distraer la atención hacia una enfermedad tan moderna que tiene nombre de contraseña. La grieta más grande es el hecho de que el crecimiento económico tenía ya los días contados, porque llevábamos tiempo chocando contra los límites ecológicos y geológicos de la Tierra (el cambio climático solo es la punta del iceberg).

La Torre de Babel intentará apuntalarse como pueda, extendiendo tentáculos digitales, policiales o demenciales, pero los movimientos sísmicos de la Tierra y la vida acabarán con ella, tarde o temprano. Su derrumbe hará daño, pero más daño hacía erguida. Y, rompiendo el asfalto, volverá a brotar la vida.

¿Deseas dejar de recibir las noticias más destacadas de cuerpomente?