Parejas con diferencia de edad

¿Es amor o miedo a envejecer?

El afán de vivir una segunda juventud puede verse colmado por la convivencia con alguien más joven, pero eso no debe cegarnos: el paso del tiempo es inevitable, pero también deseable y enriquecedor.

Claudia Truzzoli

parejas diferente edad

Las reacciones al paso del tiempo para afrontar los cambios físicos y personales y convivir con ellos varían según la madurez de cada uno. El envejecimiento es algo tan angustioso que las estrategias para negarlo pueden llevar a algunas personas a emparejarse con otras más jóvenes. Tener claro qué busca cada cual es fundamental para compartir el desigual estadio vital con cercanía y comprensión.

La edad es un dato que, dependiendo de quien lo considere, va acompañado de imágenes que oscilan entre la idealización y el desprecio, como muestran expresiones del tipo “juventud, divino tesoro”, “edad de la inocencia”, “cincuentón” o “veterana”.

Los hábitos culturales funcionan como un punto ciego que dificulta, cuando no impide, preguntarnos por qué se vive con cierta naturalidad la diferencia de edad en una pareja cuando el hombre es mayor que la mujer –aunque sea muy mayor– y, en cambio, con rechazo si es la mujer la que está con un hombre más joven.

Fuentes de desigualdad en las parejas

En estos emparejamientos tan dispares, ¿qué funciona como pantalla protectora frente a una realidad que angustia? Las diferencias no tienen que ver solamente con la edad, sino también con la dependencia desigual que se establece entre quien ofrece la protección y quien la recibe.

¿Qué busca el protector en una pareja más joven?

Quien asume el rol protector se adapta a las exigencias del otro en lugar de sostener su singularidad, y las personas protegidas, si bien dependen de las ventajas que reciben, se sienten, gracias a su juventud, con mayor capacidad para variar su elección de pareja.

Hombres y mujeres también se diferencian en la apreciación del cuerpo que envejece. Cuando ellos hablan de las mujeres de más edad en términos peyorativos, no tienen en cuenta su propia edad. Para ellas, en cambio, la pérdida de juventud se convierte en una fuente de inseguridad.

Los emparejamientos con personas más jóvenes permiten recuperar una imagen retrospectiva del propio cuerpo, por la identificación con el cuerpo joven del otro.

A algunos hombres este emparejamiento les permite vivir la paternidad de un modo distinto al que disfrutaron en su momento con sus hijos.

A algunas mujeres les aporta la satisfacción de tener un vínculo más sincero, menos posesivo, con una fidelidad no obligada, una mayor flexibilidad para experimentar con el sexo y más libertad personal. Además, al lado de un hombre joven tienen la posibilidad de ver realizados algunos de los sueños que el reloj biológico de la maternidad y la posterior crianza de los hijos había imposibilitado.

El deseo de vivir una segunda juventud es algo muy humano, y tener hijos es una forma de satisfacerlo, pero no la única.

Disfrutar de una sexualidad joven por segunda vez es un deseo muy poderoso que hace comprensible querer compartir la vida con una pareja de menos edad en lugar de tener ante nuestros ojos el reflejo de lo que también somos y no queremos ser: una persona de nuestra misma edad a la que vemos envejecer con sus achaques y sus quejas por hacerse mayor. En cambio, una persona joven nos da otra perspectiva, nos hace recuperar la ilusión.

¿Qué espera una persona joven de una pareja mayor?

Una mujer joven que está con un hombre mayor con cierto prestigio social gana autoestima; se siente poderosa al saberse elegida por un hombre que tiene muchas oportunidades a su alcance, además de protegida económicamente. Si este no es el caso, la relación puede estar teñida de cierto paternalismo que la reconforta, algo que no puede esperar de alguien de su edad.

Por otra parte, un joven vinculado a una mujer mayor, si esta es famosa, obtiene una sensación de triunfo por haberla conquistado que aumenta su narcisismo, así como un reconocimiento social y una mayor facilidad para ver realizadas sus ambiciones personales. Cuando ella no es famosa ni rica, aparece con más claridad un erotismo teñido de un anhelo de trato maternal. Por este motivo, la prefiere a las mujeres de su edad, a quienes encuentra poco atractivas, ya sea por falta de experiencia, inhibiciones sexuales, falta de poder o de realización personal.

El riesgo del desequilibrio

La lógica de las relaciones amorosas se desarrolla en juegos de poder no cuestionados, silenciosos, a veces invisibles. En los vínculos no siempre se reconoce al otro en su alteridad sino como el soporte de uno mismo. En este sentido, no hay resistencia más fuerte a la perplejidad que sentimos frente al otro que la que se construye entre dos personas que se unen para sostenerse.

La fragilidad de estas relaciones no solo radica en que responden a un deseo de apuntalamiento narcisístico –otras relaciones con personas de la misma edad también pueden serlo– sino, fundamentalmente, por una realidad que supera todo lo imaginario: la desigual cercanía al fin de la vida.

El ser humano es gregario, frágil frente a la decadencia, temeroso y negador frente a la muerte. Eso podría explicar por qué se establecen con mucha frecuencia este tipo de relaciones. Sin embargo, tienen un inconveniente que las debilita: la diferencia de edad puede impedir una comunicación más sólida, vital en los momentos de soledad.

La persona de más edad puede no contar con el apoyo de su joven pareja porque la falta de experiencia le impide comprender sus carencias. Porque no solo en la imagen y un cuerpo joven sostienen los seres humanos sus necesidades de relación.

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