Capacidad de desear

Por qué es mejor dejar que los niños pidan antes de darles

Juan Pundik. Psicoanalista.

Anticiparse a los deseos del otro puede parecer una manifestación de amor, pero anticiparse a la demanda del hijo coloca a este ante el riesgo de no poder desear por sí mismo.

Muchos padres no imaginan las dificultades en las que pueden colocar a su hijo por darle las cosas hechas. Le privan del esfuerzo de aprender, del esfuerzo de demandar, de ir adquiriendo la destreza para caminar, para manejar los cubiertos, para comer solo, para verter líquidos, para higienizarse, para vestirse…

Satisfacer las demandas del niño antes de que formule por sí mismo es contraproducente. Anticiparse siempre a la demanda aniquila la formación y el deseo propio. Dejar que sienta sus necesidades y actúe para satisfacerlas despierta deseo por aprender y desarrollarse, y lo motiva todo lo que la vida le puede ofrecer.

Es importante estimular, alabar y premiar la adquisición de destrezas que le van permitiendo al niño avanzar torpe y lentamente en la instrumentación del medio.

Estimularlo a no retroceder ante la dificultad será el aliciente para que vuelva a probar; también consolarle ante su impotencia, sin reproches, y, solo ante la declarada imposibilidad del hijo, satisfacer su demanda.

Favorecer su autonomía

La primera destreza es la adquisición de autonomía en el manejo de líquidos y alimentos. Su condición de prematuro entre el resto de los vivientes superiores lo coloca, inicialmente, en total impotencia motriz, le impide ir hacia el alimento, hacia el pecho de su madre.

El pequeño humano no puede sino demandar, articulando su llanto, que a través del tiempo dará lugar al grito, a la aparición de los primeros fonemas, a la emisión de las palabras para, finalmente, acceder al lenguaje simbólico.

Para que un niño aprenda a hablar, a hacerse interpretar, debe haber otra persona que vaya construyendo el campo de lo simbólico, dándole las palabras con las que el niño va a ir construyendo su lenguaje, su cuerpo y su visión del mundo.

La demanda es finalmente demanda de amor y va construyendo el deseo alrededor de ese vacío que es la falta.

El deseo se estructura alrededor de una carencia y es vital que un niño sienta hambre, demande y no sea saturado para reanudar ese proceso: hambre, demanda, alimento, satisfacción e insatisfacción.

Es conveniente, por tanto, no ofrecer al niño alimento sino a su demanda, sin organizaciones horarias excesivas.

Un niño atendido en su demanda ad­quirirá una actitud vitalista, alegre, re­cibiendo el alimento como la bendición que constituye el privilegio de poder ali­mentarse. Un niño sano, sujeto a estas condiciones, puede llegar a ingerir alimento en cantidades menores pero suficientes para su desarrollo y maduración.

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Aplaudir sus destrezas

El niño criado en un clima de amor, de tranquilidad, de estimulación, que no es obligado a comer cuando no tiene hambre, al que no se le exige comer lo que no le gusta, que se cría en el hábito de comer con sus padres, sin verse forzado a ser testigo de permanentes discusiones y peleas, sin el obstáculo de la televisión, entrará en la vida con esa dimensión del deseo que constituye el motor vital.

Mientras tanto, habrá adquirido destreza en su desplazamiento: del gateo, a veces inexistente, al torpe caminar. Aquí también es importante el estímulo que enfrenta al niño con una sensación concreta de falta: alejar poco a poco sus juguetes y objetos de su alcance para obligarlo a desplazarse. Luego, alzarlos del suelo, a su tiempo, para que se vea obligado a incorporarse y finalmente se atreva a andar.

Predicar con el ejemplo

Durante este proceso, en la medida en que se le hable, aprenderá a hablar. A partir de los dos años y medio, el niño tiene que estar utilizando un lenguaje simbólico comprensible.

La actividad, el aprendizaje, la adquisición de conocimientos del niño pueden ser estimulados sin exigencias, sin reproches, sin castigos, con alegría y paciencia.

No como algo que debe hacer por obligación sino como el privilegio que le es concedido en su aventura de ir haciéndose mayor. En estas condiciones, mamá y papá pueden contar con el niño co­mo un colaborador permanente y dispues­to en sus tareas de orden, de limpieza, de cocina…, en las tareas del hogar en general.

Los niños que crecen en un hogar en el que sus padres se quejan continuamente del castigo que les significa su trabajo y sus labores pueden desarrollar la tendencia a intentar librarse de ese “castigo”. Los niños aprenden lo que viven. En un hogar con padres inquietos, desarrollarán interés por saber. Preguntarán, investigarán, armarán, desarmarán, montarán, desmontarán… Padres lectores estimularán el hábito de la lectura. Su amor por la música y el ar­te serán emulados, sus habilidades manua­les intentarán ser imitadas.

Cumpliendo estas pautas estaremos criando hijos con deseo, hambre de aprender, inquietud por saber, interés por escribir, por pintar, por modelar, por cocinar, por los instrumentos musicales y los aparatos tecnológicos…

Anticiparse a los deseos del otro puede parecer una manifestación de amor, pero anticiparse a la demanda del hijo coloca a este ante el riesgo de no poder desear por sí mismo o, en última instancia, a tener que apelar al recurso de rebelarse. Es como si, inconscientemente, considerara que la única manera de crecer e independizarse fuera oponerse a lo que los padres demandan.

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En busca de la propia identidad

Hay dos modos extremos de someterse a los padres: uno es hacer todo lo que estos demandan; el otro, hacer precisamente lo opuesto. En ambos casos, el sujeto no se afirma en su identidad propia. Cualquiera de estas conductas extremas puede llevar a no crecer, a depender, a quedarse pegados a la figura paterna.

El deseo funciona ante la carencia; se desea lo que no hay, lo que no se tiene, lo que está prohibido. “No lo entiendo, si nunca le ha faltado de nada”, suelen quejarse amargamente otros padres. Afortunadamente, no es cierto que no le haya faltado nunca nada. Pero esos padres nos transmiten una determinada mentalidad que es imprescindible cambiar.

Es especialmente importante no caer en el error de desear por los hijos, de anticiparnos a sus demandas, solo así permitiremos que se despierte el deseo en ellos.

El problema con el que nos encontramos cotidianamente en la consulta es que los padres, aunque consideran que sus actitudes hiperprotectoras las sostienen por el bien de sus hijos, cuando descubren su fracaso e intentan cambiarlas, tropiezan con sus propias dificultades.

De hecho, este es un momento trascendental. Estos padres deben asumir sus ansiedades y compulsión a repetir historias –y la necesidad de una experiencia psicoterapéutica para resolverlas– o, de lo contrario, habrán perdido la batalla y volverán a la postura más cómoda: la de lamentarse de tener unos hijos que son unos vagos y que no quieren hacer nada.

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