Carl Rogers

Psicología humanista: tú sabes cómo sanarte

Elisabet Riera

El terapeuta Carl Rogers modificó el curso de la psicología moderna con un cambio de mirada muy simple: todos somos personas sanas con un gran potencial de crecimiento, y es cada uno quien sabe mejor que nadie cuál es el camino que debe seguir para realizarse.

Carl Rogers fue pionero en el establecimiento de un novedoso enfoque en psicoterapia que empezó conociéndose como “no directivo” y evolucionó hasta consolidarse en lo que se conoce como el “Enfoque Centrado en la Persona”. Se le considera iniciador de la psicología humanista.

Según Rogers, el terapeuta es un mero acompañante, y sus herramientas no son otras que la confianza, la empatía y la aceptación total del otro.

Fue uno de los principales responsables de la expansión del counseling o “asesoramiento psicológico” y de la psicoterapia (más allá de la psiquiatría y el psicoanálisis), extendiéndolos a todas las profesiones de la relación de ayuda.

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Lo importante son las personas

El primer empleo de Carl Rogers fue en el departamento de Estudios infantiles de la Sociedad para la Protección de la Infancia Contra la Crueldad ( Nueva York). Pasó allí doce años dedicado a la prestación de servicios psicológicos prácticos, diagnosticando y trabajando con niños delincuentes y desvalidos que les enviaban los tribunales y entidades, y realizando “entrevistas terapéuticas” que iban a ser su mayor fuente de aprendizaje y el material que forjó su manera de entender la psicología. Algunos de aquellos casos lo marcaron especialmente:

“Había estado trabajando con una madre muy inteligente, cuyo hijo era una especie de demonio. El problema se relacionaba claramente con el rechazo que ella había sentido por él en épocas tempranas, pero durante muchas entrevistas no logré ayudarla a comprender esto. (...)No pudimos avanzar. Me declaré vencido. Le comuniqué mi opinión de que si bien ambos habíamos realizado los mayores esfuerzos, habíamos fracasado, de modo que lo más conveniente sería suspender nuestra relación. Ella se manifestó de acuerdo.”

“Concluimos la entrevista, nos estrechamos la mano y mi paciente se dirigió hacia la puerta del consultorio. Una vez allí, se volvió y preguntó: ‘¿Se ocupa usted de asesorar a adultos?’ Cuando le respondí afirmativamente, dijo: ‘Bien, entonces quisiera solicitar su ayuda.’ Regresó a la silla que acababa de abandonar y comenzó a verter amargas quejas sobre su matrimonio, los problemas que experimentaba en la relación con su esposo, su sentimiento de fracaso y confusión; en síntesis, un material muy diferente de la estéril ‘historia clínica’ que hasta ese momento había presentado. Solo entonces comenzó la verdadera terapia, que, por otra parte, resultó muy exitosa”.

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Una terapia centrada en el cliente

“Este incidente fue solo uno de los tantos que me permitieron experimentar el hecho que solo comprendí más tarde, de que es el cliente quien sabe qué es lo que le afecta, hacia dónde dirigirse, cuáles son sus problemas fundamentales y cuáles sus experiencias olvidadas.

Comprendí que, a menos que yo necesitara demostrar mi propia inteligencia y mis conocimientos, lo mejor sería confiar en la dirección que el cliente mismo imprime al proceso”. Esa era la piedra angular de la terapia centrada en el cliente.

La hipótesis central de este enfoque es que la persona tiene recursos para la comprensión de sí misma, para modificar su autoconcepto, sus actitudes, sus acciones y comportamientos, aunque para poder acceder a ellos y aprovecharlos requiere un entorno que la provea de determinadas actitudes.

El aspecto relacional es central en este proceso, es lo que permite crear un puente hacia la otra persona y llegar ahí donde se necesite.

Las relaciones con personas significativas (terapeuta-cliente, maestro-alumno, médico-paciente, padres-hijos…) son las que pueden ofrecer estas condiciones que facilitan un clima del crecimiento. Para Rogers, la relación de ayuda debe definirse por estas actitudes: la congruencia o autenticidad, la aceptación o mirada positiva incondicional y la comprensión empática.

La terapia centrada en el cliente se construye sobre una confianza básica en la persona. Depende de la tendencia que Rogers llama “actualizante”, presente en todo organismo vivo, la tendencia a crecer, desarrollarse y realizarse en todo su potencial.

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Se trata de una motivación innata presente en toda forma de vida dirigida a desarrollar sus potenciales hasta el mayor límite posible. No hablamos solamente de supervivencia. ¿Por qué necesitamos agua, comida y aire? ¿Por qué buscamos amor, seguridad y un sentido de la competencia? ¿Por qué buscamos descubrir nuevos medicamentos o hacer obras artísticas? Porque es propio de nuestra naturaleza como seres vivos hacer lo mejor que podamos, llegar a la funcionalidad completa de cada uno.

Cuanto más comprendidos nos sentimos, más avanzamos

Durante toda su vida profesional, Carl trabajó sobre esta línea fundamental. Al final de su vida, después de décadas de práctica, Rogers resumía así uno de sus máximos aprendizajes:

“Hay una enseñanza profunda que quizá sea la base de todas las que he enunciado hasta ahora. Me ha sido inculcada por los veinticinco años que pasé tratando de ser útil a los individuos que sufren. La experiencia me ha enseñado que las personas se orientan en una dirección básicamente positiva”.

“He podido comprobar esto en los contactos más profundos que he establecido con mis clientes en la relación terapéutica, aun con aquellos que padecen problemas muy inquietantes o manifiestan una conducta antisocial y parecen experimentar sentimientos anormales. Cuando puedo comprender empáticamente los sentimientos que expresan y soy capaz de aceptarlos como personas que ejercen su derecho a ser diferentes, descubro que tienden a moverse en ciertas direcciones”.

“Las palabras que, a mi juicio, describen estas direcciones de manera más adecuada son: positivo, constructivo, movimiento hacia la autorrealización, maduración, desarrollo de su socialización. He llegado a sentir que cuanto más comprendido y aceptado se siente un individuo, más fácil le resulta abandonar los mecanismos de defensa con que ha encarado la vida hasta ese momento y comenzar a avanzar hacia su propia maduración”.

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