Sentido de pertenencia

Sentimiento de pertenencia o cómo sentirnos parte de algo más

Así como una célula refleja el organismo del que forma parte, cada uno de nosotros pertenece a una red de relaciones que otorgan sentido a nuestros pasos.

La primera vez que volví al pueblo en el que nací pisé sus calles como un turista cualquiera. Aquella tierra era extraña para mí.

Había salido de ella en la primera infancia y regresaba entrando en la madurez, cumpliendo más con una obligación que guiado por la curiosidad.

Poco me interesaba, por no decir nada. ¿Acaso tenía algo que ver con mi vida? Yo creía que no.

Paseé por aquellas calles desconocidas hasta perderme. Un grupo de ancianos miraba desde lejos mis andanzas y cuando me vieron parado, se acercaron a mí para preguntarme de quién era hijo.

Me sorprendí, porque yo era un extraño para ellos como ellos eran extraños para mí, y la pregunta era demasiado personal para responderla así como así.

Les dije, azorado, el nombre de mis padres, y uno de ellos sonrió: "Ya os decía yo –dijo dirigiéndose a los otros ancianos–, es un...". Y los puntos suspensivos son el apodo con que se conoce a mi familia en el pueblo.

El hombre había reconocido en mí las características físicas de mi padre, al que recordaba con la misma edad que yo tenía entonces.

Después me hicieron algunas preguntas y me acompañaron hasta la dirección que yo buscaba: la calle donde había nacido bastantes años atrás.

Aquel mundo era también mío, de una manera sorprendente.

Vivir más allá de la aldea

Ocurrió a finales de los años 70, una década de grandes cambios, no solo sociales, también personales.

La autoridad era cuestionada por unos jóvenes que aspiraban a un mundo diferente y, sobre todo, a unas relaciones personales desinhibidas, no jerarquizadas, libres.

La personalidad entonces se construía en gran parte peleándola contra unos padres que ahogaban con sus límites –de la tradición y los usos sociales– la necesidad que teníamos de volar lejos…

Creías que poco tenías que ver con ellos, que los vínculos importantes eran con tu generación, eran los que estabas estableciendo con el grupo de amigos con el que compartías expectativas y sueños.

Creías que eras parte del mundo, del universo, de ningún lugar concreto, más bien de algo abstracto, ideas, imágenes. Y en parte así era, y así siguió siendo.

Pero desde aquel viaje a mi pueblo natal, ya no de la misma manera. Aquellos ancianos me habían situado en una constelación de relaciones que me atrapó y de la que nunca más pude decir que no tenía nada que ver conmigo.

Yo pertenecía también a aquel lugar, como pertenecía a mi familia y al universo vago e inaprensible del que todos formamos parte, y si quería saber quién era, tenía que averiguar por qué me emocionaba aquella experiencia.

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Con el tiempo he vivido en lugares distintos y he ido entrando en nuevos círculos de pertenencia que me han ido enriqueciendo.

Ahora sé, como dijo la filósofa Simone Weil, que todo ser humano tiene la necesidad de múltiples raíces y de que casi la totalidad de su vida moral, intelectual y espiritual la alcanza a través de los entornos de los que se ha sentido partícipe, miembro.

Ser parte de algo más grande te libera de la soledad y es un acicate para compartir y actuar, para vivir en sociedad.

Aunque tiene sus riesgos: la identificación excesiva ahoga la personalidad, automatiza las respuestas, repudia la contradicción que te hace avanzar y limita las experiencias. El equilibrio, como en tantas cosas, es necesario.

Reconocimiento e identidad

La pertenencia no es el mero hecho de formar parte de un grupo. Implica una identificación personal, vínculos afectivos, la adopción de valores, normas, hábitos y un sentimiento de solidaridad con los demás miembros.

Cuanto más fuerte es el sentimiento de pertenencia, mayor es la tendencia a adoptar los valores, normas y reglas de conducta del grupo.

Esa fuerza suele alcanzarse en los primeros círculos de pertenencia: en la familia, entre los primeros amigos de la adolescencia, los afines de algún tipo… Y se completa con la alcanzada por pertenencias más sutiles, aunque no por eso menos eficaces: el grupo o clase social, la ciudad o la región, la patria… O incluso virtuales, como las identidades, imaginarias o no, que mucha gente desarrolla hoy en los mundos paralelos de internet.

En todas esas inclusiones, en todos esos círculos, cumplimos o buscamos una aspiración esencial de los humanos: reconocimiento e identidad.

Aunque a veces lo que alcanzamos es una ilusión de pertenencia, y por lo tanto un reconocimiento vano y una identidad quebradiza.

Como me ocurría a mí con aquel sentimiento tan vasto y abstracto como inútil, sin trabajar, de pertenencia universal, les pasa hoy a muchas personas que, buscando su identidad, solo alcanzan identificaciones.

Creen que vistiendo o hablando de una manera, escuchando una música, perteneciendo a una red social determinada, moviéndose en ciertos ambientes… forman parte de un grupo que les da sentido.

Pero lo que logran a menudo no es un sentimiento de pertenencia pleno, con sus recompensas, sino máscaras teatrales que sirven sobre todo para diferenciarse de los otros.

Obtienen satisfacciones sin duda porque, si no, no se integrarían en esas redes, pero de una manera inestable, efímera y cambiante, como la adhesión a una moda. Favorecen el juego social, pero escasamente el desarrollo de la autonomía personal.

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¿Vivimos en un mundo sin raíces?

La identidad, la pertenencia, son (o eran) otra cosa antes de la tribalización de la sociedad que comenzó en los años 60 y la eclosión de los medios de comunicación.

Son (o eran) la cumbre de un prolongado esfuerzo, educativo y de socialización por el cual se alcanzaba la inclusión en el mundo.

Hoy es diferente. Se crece más rápido y con más libertad, pero a veces echamos en falta raíces y la solidez que estas dan.

Para desarrollar las raíces, para anclarnos en la realidad, Simone Weil decía que debíamos tener una participación real, activa y natural en la existencia de una colectividad, y que esa colectividad, para enriquecernos, debía conservar ciertos tesoros del pasado y ciertos presentimientos del futuro.

Solo entonces gozamos de un sentimiento de pertenencia que nos proyecta más allá de nosotros mismos y otorga plenitud a nuestra autonomía e identidad.

Si aplicamos un símil de la física, para Simone Weil el sentimiento de pertenencia es como la energía nuclear fuerte para el átomo: mantiene unidos el protón y neutrón en el núcleo y garantiza su integridad.

Pero el sentimiento de pertenencia no se limita a esta condición tan exigente. Otras veces, al igual que la energía nuclear débil es responsable de la radiactividad, de la interacción repulsiva de corto alcance, nos embargan sentimientos de pertenencia tan fugaces como explosivos, liberadores y extasiantes.

Son esas experiencias que todos hemos sentido alguna vez de comunión colectiva durante un acto deportivo, un concierto, un momento histórico… Parecen poco importantes, pero pueden dejar huellas imborrables.

¿En qué consiste la comunión colectiva?

Un ejemplo es el que narra John Carlin en su libro El factor humano (Ed. Seix Barral).

Cinco años después de salir de la cárcel y llegar a la presidencia, Nelson Mandela se encontraba en el peor escenario posible: un partido de rugby de la selección surafricana, formada en gran parte por fornidos afrikáners blancos y vitoreada por un público no menos blanco, hasta ayer mismo racista en su mayoría, y que consideraba que tal deporte y la selección eran solo de ellos.

En los días y horas previos había un gran odio en el ambiente y la policía se temía lo peor.

Pero apareció Nelson Mandela en el campo, pequeño, frágil, sonriente, con una camiseta y una gorra verdes, saludó a todos los jugadores espontánea y cálidamente, con naturalidad, y la tensión desapareció.

Suráfrica ganó el partido y la copa del mundo, y John Carlin cuenta que aquel día el mundo vivió "una de las mayores jornadas de júbilo colectivo, redención y fraternidad" que se recuerda.

La gente, en pie en el estadio Ellis Park de Johannesburgo, gritaba sin cesar: "Eres mi presidente". Fue un momento de comunión colectiva que hizo posible la convivencia pacífica en el país africano.

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Como se puede ver, y todos lo hemos sentido alguna vez, el sentimiento de pertenencia es poderoso. Y por eso mismo, objeto de manipulacionesde las que a veces no somos ni conscientes.

Un ejemplo es una investigación llevada a cabo en Bélgica y Holanda después de los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos.

Se crearon dos grupos a los que pasaron las mismas imágenes comentadas, pero con una diferencia: en uno se ponía énfasis en que era un ataque contra Norteamérica y en el otro se decía que era contra los occidentales.

Los hechos eran los mismos, pero el primer grupo mostró mucha menos empatía con el sufrimiento de las víctimas que el segundo.

La explicación es obvia: no se sentían identificados con los norteamericanos, pero sí con algo más abstracto que llamamos Occidente. Manipulaciones así ocurren todos los días.

Hay que empezar por lo inmediato

Estos dos ejemplos, el de Mandela y el del 11 de septiembre, nos muestran el camino hacia un sentimiento de pertenencia enriquecedor, equilibrado.

Lo es cuando, lejos de ahogar al individuo, lo potencia, y lejos de separarnos de los demás, nos acerca.

Como dijo Edgar Morin, todo desarrollo verdaderamente humano implica un desarrollo conjunto de las autonomías individuales, de las participaciones comunitarias y del sentido de pertenencia a la especie humana.

La pertenencia un camino de lo personal a lo general y universal que empieza con ese primer eslabón, ese primer peldaño ineludible: uno mismo, con lo más inmediato que tiene.

Tal vez eso es lo que aprendí, o mejor intuí, el día que pisé mi pueblo natal por primera vez.

¿Qué ocurre con la pertenencia en internet?

Internet está modificando la forma de relacionarse de mucha gente y creando nuevos sentimientos de pertenencia.

Permite compartir cualquier hábito o afinidad, por minoritarios que sean, y crear sentimientos de pertenencia que superan todas las barreras que hasta ahora limitaban nuestra capacidad de relacionarnos.

Potencia las posibilidades de identidad, gozo y expresión que tenemos, e incluso permite multiplicarlas a través de opciones tan insospechadas como personalidades imaginarias en vidas virtuales (un ejemplo sería Second Life).

Pero tiene riesgos: todo puede ser demasiado irreal y falso.

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Vínculos reales y relaciones virtuales ¿pueden convivir?

Necesitamos jugar y proyectarnos e internet nos lo permite, pero si solo jugamos, si la distracción sustituye a la vida, puede que acabemos siendo sombras sin realidad.

Es lo que algunos psicólogos llaman identidades en el aire, propias de adolescentes y adultos solitarios, que se pasan las horas enganchados a internet, dando cauce a sus represiones y miedos, o a sus sueños y aspiraciones, pero sin las contrapartidas de la vida.

No hay experiencias con sus lecciones, buenas y malas, sino un mundo infinito de posibilidades en el que nada parece importante porque todo es virtual.

El ser humano se convierte en un ser imaginario. Pero la vida, con sus limitaciones, sigue ahí fuera cuando se apaga el ordenador, y sin experiencias reales, con su imprescindible carga de afectividad, se está menos preparado para hacerle frente, superar los retos que supone y alcanzar la madurez emocional.

Las relaciones se convierten en una exhibición narcisista. Algo aparente, que satisface en el momento y humilla cuando desaparece y la realidad nos devuelve una imagen menos amable de nosotros mismos.

Para profundizar en la pertenencia

  • El yo evolutivo; M. Csikszentmihalyi, Ed. Kairós
  • El caballero inexistente; Italo Calvino, Ed. Siruela
  • La identidad; Milan Kundera, Ed. Tusquets

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