Asumir los riesgos

Serenarse ante la inquietud

Christophe André

No podemos eliminar los peligros inherentes al hecho de vivir, pero sí aumentar nuestra tolerancia frente a la incertidumbre: los problemas serán más llevaderos.

El otro día estaba en el coche con uno de mis amigos médicos, atrapados en un atasco a la salida de un túnel. Nos habíamos quedado parados en una pendiente, detrás de un autobús de turistas enorme.

La situación era algo molesta, pero no inquietante: no debíamos coger ningún avión, ni teníamos ninguna cita importante; solo íbamos a reunirnos con otros amigos médicos para una “sesión de trabajo” en un buen restaurante… Sin embargo, mi compañero se mostraba muy nervioso.

Le pregunté: “¿te preocupa algo?”. Y me respondió: “Es que no me hace gracia estar detrás de este autobús… ¿te imaginas si le fallan los frenos?”. Eso, precisamente, no se me había pasado por la cabeza.

Mi amigo enseguida se imagina lo peor; allí donde esté, observa el entorno preguntándose de dónde puede venir el peligro.

Es uno de los modelos de inquietud más logrados que conozco, sin contar con mis pacientes, por supuesto.

“Nadie se inquieta tanto como yo, y acerca de todo. Pues cualquier cosa es un pretexto para el tormento. Y no puedo evitarlo.” Así describía el filósofo Emil Cioran en sus Cuadernos los momentos de inquietud que padecía. Esta podría ser casi una definición para los estudiantes de psicología, ya que lo tiene todo: el desencadenamiento a partir de “cualquier cosa”, el dolor y el “tormento” provocados, y la impotencia para frenarla.

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Deja de anticiparte

Cuando nuestro espíritu se inquieta, nuestra visión del mundo aparece dominada por la anticipación y la focalización de la atención.

No vivimos el presente sino el futuro: anticipamos, y lo hacemos de forma negativa. ¿Tenemos que irnos de vacaciones? Pensamos en los atascos, en los robos, en las fugas de agua o en los incendios en nuestra ausencia…

A ello se añade la focalización de la atención: solo se concentra en lo que le preocupa, todo lo demás deja de existir. Es lo que se llama las rumiaciones: pensamientos estériles, circulares y que recorren todas las inquietudes que habitan nuestra vida (o que podrían habitarla un día).

El problema es que, cuando estamos inquietos, esas rumiaciones nos parecen verdaderas y legítimas. Si alguien nos dice que no nos preocupemos tanto, nos lo tomamos a mal: nos parece que los demás no se dan cuenta, no son lúcidos. Pero en realidad somos nosotros los que estamos ciegos y permanecemos atrapados en el anzuelo de la inquietud.

¿Sirve de algo ponerse nervioso?

En un principio, la inquietud es una función psicológica útil que nos ayuda a estar alerta. Un animal inquieto vigila de dónde viene un ruido inhabitual, se pregunta qué hay detrás de ese matorral que se mueve… así aumentan sus posibilidades de sobrevivir en un entorno hostil. Sin embargo, inquietarse demasiado en entornos que no son adversos es, siempre, una fuente de sufrimiento.

El mismo Emil Cioran escribía: “Somos todos unos farsantes: sobrevivimos a nuestros problemas”. En cuanto remiten los estados de ánimo de inquietud, nos sentimos aliviados y un poco maltrechos: finalmente, nuestras preocupaciones no nos han aniquilado.

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Muchas veces no ha servido para nada inquietarnos: porque el peligro no existía; porque no era tan terrible o, sencillamente, porque a fin de cuentas nuestra inquietud no ha cambiado el desarrollo de los acontecimientos.

Pero, entonces, ¿por qué duran, por qué se repiten continuamente estos pensamientos? ¿Por qué no sacamos provecho de las lecciones de la vida? Existen muchas respuestas a esas preguntas, pero la principal es que la inquietud es como la adhesión a una fe.

Entender la ansiedad

Para comprender la inquietud, debemos conocer su credo. Esta es la santísima trinidad de los ansiosos:

  1. El mundo está lleno de peligros y de amenazas.
  2. Soy frágil, y aquellos a los que amo son también frágiles.
  3. Se puede sobrevivir (o aumentar las posibilidades de supervivencia) con la única condición de tomar todas las precauciones adecuadas, y no hacerlo es de inconscientes.

Por supuesto, las bases de este credo no son absurdas y comportan una parte de certeza, pero solo una parte.

  • Es verdad que el mundo es peligroso, sobre todo en ciertos momentos y en ciertos lugares, pero también es un lugar donde podemos sentirnos seguros.
  • Es verdad que somos frágiles, pero querer tomar todas las precauciones posibles es agotador e imposible.
  • Es verdad que tener cuidado aumenta nuestras posibilidades de supervivencia, pero es inútil convertirlo en una obsesión que alteraría nuestra calidad de vida y nos encerraría en la jaula de la sobreprotección.

¿Cómo tolerar mejor la incertidumbre?

Algunos estudios recientes han mostrado que nuestras tendencias a la inquietud representan una forma de intolerancia a la incertidumbre. Puesto que nuestra existencia no está absolutamente protegida, nos sentimos en peligro y empezamos a inquietarnos.

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Tenemos ganas de tener el control y tomamos un montón de precauciones. Intentamos disminuir nuestra intolerancia disminuyendo la parte de incertidumbre de nuestras vidas. Nuestra sociedad moderna tiende, por lo demás, a hacernos aumentar esta tendencia (y por eso nos venden continuamente seguros, garantías y otras promesas para una vida sin problemas). No obstante, llega un momento en que esas estrategias de control se revelan agotadoras e inútiles.

No podremos abolir jamás la incertidumbre del futuro:¿Qué me ocurrirá mañana? ¿mi pareja dejará de quererme? ¿La tierra será alcanzada por un meteorito?

Además de los esfuerzos de anticipación –útiles cuando son realistas y limitados temporalmente–, es necesario trabajar otra estrategia: aumentar nuestra tolerancia a la frustración.

Aceptemos la posibilidad del drama. Tratemos de vivir felices pese a todo –esto es sensatez–, en lugar de no vivir por culpa de ello –esto es ansiedad–.

La inquietud no solo no nos ayuda a afrontar mejor las cosas sino que duplica nuestro sufrimiento, tal como lo expresa la famosa canción de Bobby McFerrin:

In every life we have some trouble.
When you worry you make it double.
Don’t worry, be happy.

(En la vida todos tenemos problemas.
Si te preocupas, los duplicarás.
No te preocupes, sé feliz).

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