Vicios y virtudes

Los 7 pecados capitales siguen tan vivos como siempre

Jorge Bucay

Si siguen vigentes estos pecados, también lo hacen las fortalezas que nos ayudan a vencerlos. Aceptemos nuestras debilidades y trabajemos en ser mejores.

El ser humano enfrenta desafíos que, según algunos, nunca antes había tenido que encarar. Sin embargo, la humanidad sigue siendo esencialmente la que siempre fue y, por lo tanto, seguimos cargando con los mismos viejos errores y enfrentándonos cada día a idénticas destructivas tentaciones, aunque estas tengan, gracias a la tecnología y otras conquistas, un nuevo aspecto.

Una lista de los nuevos pecados de la humanidad podría asimilarse a aquella clásica de los siete pecados capitales, que llevan una semilla de verdad que los vuelve imperecederos.

Así tienen vigencia hoy:

Lujuria: comprar como escape

Clásicamente, la lujuria se refería más que nada a los excesos sexuales. No es en ese sentido en el que me parece que la lujuria podría ser un problema para nuestro planeta, excepto cuando hablamos de la adicción al sexo, es decir, de la genitalización de la insatisfacción existencial.

Pero vamos a entender este “pecado” más literalmente; como la relación interdependiente de felicidad y bienes, de posesiones y seguridad, de confort y lujo.

La clase media (aunque agredida y empobrecida) sigue siendo en nuestra sociedad actual el principal motor de la economía de consumo y, como tal, se ha convertido en la destinataria predilecta del marketing y la publicidad; se apunta a sus debilidades e insatisfacciones para venderle casi cualquier producto.

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Creer que estos objetos, lujos y brillos definen cuán exitoso, atractivo o feliz se es conlleva un peligro al que, especialmente hoy, estamos todos expuestos.

Habrá que tener cuidado, separar y disipar la confusión que los anuncios promueven entre el lujo absoluto y el verdadero bienestar.

Gula: antología de los desórdenes

La gula es históricamente un sinónimo de glotonería que podría burdamente definirse como la compulsión a engullirlo todo.

No es comida, sin embargo, lo que la mayoría de nosotros pretende engullir de más. Es la gula del trabajo, del dinero, del poder; la monopolización de todos los roles que deben ser cumplidos por una sola persona y a la perfección.

Ser buenos padres o madres, excelentes parejas, trabajadores eficaces, deportistas y “filosófos” puede resultar demasiado. Todos son espacios ricos y enriquecedores, pero habrá que, como se haría frente a los diversos manjares de una copiosa cena, saber dosificar lo que se toma para no terminar atragantándonos o con indigestión.

Pereza: falta de motivación genuina

La pereza que más nos debería preocupar no es la de aquellos a los que no les gusta trabajar ni la de los que, con gran dosis de inmadurez, pretenden y creen que todo debería dárseles por solo desearlo.

La pereza que me preocupa como terapeuta y educador es la de aquellas personas que han perdido toda motivación:

  • La de los que, al darse cuenta de que los resultados no acompañaban su esfuerzo, han dado un paso atrás.
  • La de los que fueron expulsados del mercado por la competencia salvaje y renunciaron a la lucha.
  • Y, especialmente, me inquieta la supuesta pereza (que no es tal) de aquellos que, viendo defraudados sus sueños, han dejado de soñar.

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En mi opinión, todos estos seres humanos desmotivados están llamados a ocupar un lugar importante si hemos de transformar nuestro mundo en un lugar mejor.

La mentalidad “exitista”, que lo evalúa todo en virtud de los resultados, ha sido la dominante durante demasiado tiempo y a la vista está el resultado.

Los que creemos que el hacer es consecuencia del ser, y no al revés, debemos ponernos a la cabeza de los nuevos movimientos. No hacerlo será un pecado por el que todos pagaremos.

Avaricia: la incapacidad de compartir

El nuevo pecado de la avaricia no está conectado con el hecho de acumular riquezas, sino más bien con el temor de no tener nada mañana, de que no haya suficiente para todos, de la búsqueda de la seguridad que proporciona tener de más.

El mundo que nos viene precisa de hombres y mujeres que dejen de lado la avaricia y se abran a compartir con su prójimo lo poco que tienen y lo mucho que han aprendido, o viceversa.

Compartir y competir separan en una sílaba (la central) dos mundos: el que deseamos y el que tenemos.

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Ira: la creciente ola de violencia

Alguna vez la he definido como el pecado de los mil disfraces: con máscara de intolerancia, de rencor, de venganza, de frustración acumulada, de represión y hasta de reclamo de justicia.

Es un sentimiento peligroso, sobre todo cuando se vuelve contra uno mismo (como persona, como pareja, como familia, como país...).

Las exigencias que nos plantea el entorno son muchas y deberemos poner en juego una dosis extra de tolerancia, paciencia y respeto.

Estas actitudes, conjugadas con la capacidad de aceptar las frustraciones y amigarse con la aceptación de las propias limitaciones, serán las primeras herramientas para luchar contra la ira. Las siguientes comenzarán por descubrir qué se esconde detrás de algunas de sus máscaras.

Envidia: espiar en vez de vivir

Escribió Dante Alighieri que en el infierno a los envidiosos se les cosían los párpados para que no pudieran ver y desear lo que otros tenían. Hoy, en un mundo señalado por la bandera de la falta de privacidad, lo ajeno está expuesto, mostrado y hasta iluminado.

La consecuencia inmediata es que para muchos es más importante ser envidiado que ser virtuoso. Parece más determinante la popularidad de una decisión que su conexión con la realización personal.

Luchar contra esta tendencia significará, por un lado, abandonar el miope concepto del “tú o yo” para regresar al espíritu cooperativo y, por otro, dejar de estar pendiente de tanta paja en ojo ajeno.

Soberbia: el elogio de la vanidad

Este último pecado se expresa hoy de un modo singular: en el deseo de permanecer jóvenes, de ser bellos, de ajustarnos a los modelos estéticos que la sociedad impone.

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4. Ábrete al institnto y las emociones

Librarnos de la autoexigencia nos hace más felices

Si cedemos a la soberbia de pensar que podemos tener el cuerpo ideal, el aspecto soñado y vencer al tiempo, olvidaremos que cada etapa tiene su belleza y su sentido, y se nos cerrará la puerta de una vida en plenitud, más allá de algunas arrugas, algún michelín o algunos (muchos) años vividos.

Sin embargo, ya que hablamos de vanidad estética, no está de más recordar que tu figura soñada está, en efecto, a tu alcance, esperando tan solo a que te decidas a conquistarla. Se trata, ni más ni menos, de hacer realidad una palabra e interiorizar un concepto, el de la aceptación. Si pudieras aceptar que tu figura soñada de tu cuerpo ideal y tu mejor edad son las que hoy tienes, tu más preciada fantasía se haría realidad en un instante.

Quizá lo mejor que podemos hacer con nuestros “pecados” es justamente aceptarnos como “pecadores” y seguir trabajando en ser mejores que ayer, descreyendo el ideal que propone la publicidad: competitivo, superficial y vacuo.

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