La navaja de Ockham

Simplificar la vida para encontrar mejores soluciones

Jorge Bucay

Estamos obligados a enfrentarnos cada día a complicaciones, problemas y situaciones que reclaman nuestra atención e imponen la necesidad de tomar decisiones. Debemos aprender a recortar lo verdaderamente importante de cada hecho, resistiendo a nuestra cultural tentación de complicar las cosas.

Hay una ley filosófica que se llama vulgarmente la navaja de Ockham. Este principio toma su nombre de un franciscano inglés llamado Guillermo de Ockham, quien, en el siglo XIV, sostenía que, cuando ante una cuestión que debe ser resuelta, se presentan varias alternativas posibles, la más sencilla de las soluciones es siempre la que tiene más probabilidades de ser la correcta.

Este razonamiento, conocido también como principio de economía del pensamiento o reduccionismo metodológico, está basado en una premisa que, de por sí, remite a huir de lo artificialmente complicado. El postulado, en latín, tal como fue escrito es: “Entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem”. Traducido, podría leerse más o menos así: “No debe suponerse la existencia de más cosas que las absolutamente necesarias”.

Simplificar para resolver

Si bien se supone que la idea ya formaba parte natural de la metodología del pensamiento en algunos estudiosos anteriores del medievo, el reverendo Ockham la hizo famosa, quizá por agregar en su definición el concepto provocativo de la navaja, con la que se supone que se deben cortar de raíz los razonamientos que compliquen inútilmente el análisis de una situación o la solución de un problema.

Esta regla, que en lo cotidiano aplicamos muchas veces sin darnos cuenta, ha tenido una importancia capital en el desarrollo posterior de la ciencia.

Tomemos un ejemplo: el doctor Edward Jenner, a finales del siglo XVIII, trabajaba arduamente en la investigación del contagio de la viruela.

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Para poder realizar algunos experimentos, necesitaba individuos que no tuvieran la enfermedad y, en su búsqueda, se topó con un pueblo exento de casos. Era un pequeño pueblo de doscientas familias que se dedicaban a la industria láctea. Jenner pensó en varias alternativas que explicaran esta inmunidad, entre las cuales barajó algunas bastante complicadas y otras francamente absurdas:

  • … los habitantes tenían algún medicamento secreto que no querían compartir.
  • … algo de la zona (la hierba, el aire o algún alimento) los protegía.
  • … todos eran extraterrestres y la viruela no les afectaba.
  • … había algo en común que les ponía en un lugar especial respecto a la enfermedad.
  • … etcétera, etcétera.

Después de descartar la primera y la tercera explicación (además de otras veinte más o menos rebuscadas teorías), la navaja de Ockham le dejó a Jenner solo dos opciones: la segunda y la cuarta. Mientras conseguía voluntarios para que se trasladaran a vivir a la zona, para comprobar si se inmunizaban, el doctor Jenner se enteró de que había otros pueblos inmunes a la viruela, y de que todos se dedicaban a las vacas.

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Lo que siguió cambió para siempre la historia de la vida y la muerte de todos los seres vivos del planeta. Jenner se dio cuenta de que algo relacionado con las vacas (por eso su tratamiento terminó llamándose “vacuna”) confería protección a los que trabajaban con ellas. Cuando finalmente aisló e inoculó a individuos de la ciudad esa misma sustancia, consiguió que también ellos desarrollaran protección y defensas contra la viruela.

Cómo recortar lo complicado

En general, como establece el principio de la navaja de Ockham, las mejores soluciones aparecen de la más simple lectura de cada problema. En el comienzo de mi libro 20 pasos hacia adelante quise rescatar mi intento de hacer simple lo complicado y, como ejemplo de la importancia de no rizar siempre el rizo, conté esta anécdota, tal como me contaron que sucedió:

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En plena carrera espacial, los Estados Unidos y la entonces poderosa Unión Soviética se esforzaban por ser los primeros en llegar a la Luna. Dejar registro de lo que sucediera era tan importante para el futuro como lograrlo. No existían microchips todavía y debía escribirse a mano, lo que condujo a un problema en el que nadie había pensado antes: sin gravedad, la tinta de los bolígrafos no corre. Este pequeño punto pareció ser crucial en aquellos tiempos.

El grupo que consiguiera solucionar esta dificultad ganaría, al parecer, la carrera espacial.

El gobierno de los Estados Unidos, consciente de la importancia del tema, invirtió millones de dólares en financiar un grupo de científicos para resolver el asunto. Al cabo de algunos meses de tarea incansable, los inventores presentaron un proyecto ultra secreto: un bolígrafo que contenía un mecanismo interno de mini bombeo que desafiaba la fuerza de gravedad.

Conectar con la sencillez

Los Estados Unidos, en efecto, llegaron primeros a la Luna, pero no fue porque los rusos no hubieran resuelto el tema de la tinta. En la Unión Soviética habían solucionado el problema apenas unas horas después de darse cuenta de la dificultad planteada: los científicos rusos, encarando el tema con mayor simpleza, renunciaron a los bolígrafos y decidieron reemplazarlos por lápices.

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Nuestra es, entonces, la tarea de simplificar las cosas con las que nos enfrentamos y quizá también dejar de sofisticar hasta lo indecible nuestras necesidades, para quedarnos con las más auténticas y saludables, que, en general, no son las más publicitadas sino las más sencillas.

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