Respetar los ciclos femeninos

¿Cómo sintonizar con el ciclo menstrual?

Laura Gutman

Permitirnos un tiempo de recogimiento, respetar nuestros periodos de pérdida y renovación, nos conectará con nuestra naturaleza y nuestra sabiduría interior.

Las mujeres estamos muy ligadas a los ciclos de la naturaleza, que afectan a nuestra forma de ser, nuestras energías y relaciones afectivas. Pero, volcadas como vivimos en el mundo exterior, pocas veces nos detenemos a escucharlos.

La danza entre el cuerpo de las mujeres y la naturaleza hace evidente que estamos regidos por un orden trascendente que nos resulta complejo traducir pero que, sin embargo, opera sobre la totalidad de actividades y sentimientos humanos.

El ciclo menstrual: la conexión de las mujeres con la luna

Las mujeres en particular contamos con un “reloj” cíclico que atañe al funcionamiento del cuerpo femenino: el ciclo menstrual.

Desde el comienzo de la humanidad, el cuerpo y su interacción con lo que lo rodeaba sirvió de medida básica; por ejemplo, el largo de un pie sobre la tierra. La experiencia del ciclo menstrual y su paralelismo con el ciclo lunar también ayudó a organizar los primeros conceptos de medida y de tiempo. A partir de las ideas de secuencia y medida, se fue sistematizando la división del tiempo, dando lugar a los primeros relojes y calendarios.

Muchas culturas han medido el tiempo en noches y meses lunares, celebrando sus festividades religiosas de acuerdo con la Luna llena. Muchos calendarios, como el musulmán o el judío, están regidos por la Luna.

Antiguamente, la menstruación no era una maldición que recaía sobre las mujeres sino, por el contrario, un don a partir del cual las mujeres generábamos vida; y, de este modo, la Luna –como reflejo del ciclo femenino–, se transformó en un símbolo de nuestra energía creativa. La sincronicidad entre el ciclo femenino y la órbita de la Luna alrededor de la Tierra revelaba también la conexión entre la “mujer” y lo “divino”.

¿Conoces los cambios que transita tu cuerpo durante el ciclo?

Cada mes, nuestro cuerpo sufre una serie de cambios que incluyen, entre otras alteraciones, variaciones en el equilibrio hormonal, la temperatura vaginal, la composición y la cantidad de orina, el peso, la concentración de vitaminas, la retención de líquidos, el tamaño y la turgencia de los senos, la consistencia del flujo vaginal, los diferentes niveles de concentración mental, los diversos estadios de dolor...

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Sin embargo, la mayoría de estos cambios podemos no registrarlos de manera consciente. Por este motivo, sería interesante que cada una de nosotras registrase cómo reacciona su cuerpo durante el ciclo menstrual, cómo le afecta a su personalidad, a sus energías creativas y a sus vínculos afectivos.

Si pudiéramos aceptar el periodo como un tiempo de retiro personal y permitiéramos el espacio para la limpieza y la regeneración; si nos deslizáramos voluntariamente hacia nuestra naturaleza, los dolores posiblemente no serían tan molestos.

Permitir conscientemente que se desprenda lo viejo para volver a empezar está, en realidad, lleno de ventajas.

Un parto mensual

El periodo nos recuerda que debemos aprender a morir un poco en la fase del sangrado. Es algo tan natural en nuestra vida como respirar lo es para el ciclo respiratorio. Por eso es tan apropiada la disposición a la tristeza en este pequeño proceso de morir todos los meses. Pero, en nuestros tiempos, parece que nunca es el momento adecuado para entregarse a este tipo de sentimientos.

El periodo representa –a menor escala– un parto mensual, nos recuerda que la vida va siempre ligada a la muerte y al desprendimiento. Así pues, tanto carece de sentido aliviar por completo el dolor del parto a través de las anestesias –hasta el punto de que ya ni siquiera lo podamos percibir– como olvidarse enteramente del periodo mediante potentes analgésicos.

Deberíamos cuestionarnos qué es lo que combatimos, qué es lo que intentamos suprimir de nuestra vida cotidiana.

Es verdad que el sangrado de la mujer es incontrolable. Es posible que, por tal poderoso motivo, lo que debería constituir un símbolo natural de la belleza del ciclo femenino se haya transformado en la confirmación de que la naturaleza de la mujer es incontrolable, desequilibrada y peligrosa; y, por tanto, hemos decidido considerarla inferior y degradante.

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Vive bien tu menstruación

El ciclo menstrual y su significado en el mundo occidental se ha convertido en la única asignatura que sigue en poder de las madres y que la sociedad no nos ha arrebatado, pues esta lo ignora todo de la menstruación más allá de su manifestación física y, en consecuencia, no ofrece ninguna guía al respecto.

Pero aun así, muchas mujeres estamos tan condicionadas que somos incapaces de guiar a nuestras propias hijas, y permitimos que su educación recaiga en manos de amigas jóvenes tan poco experimentadas como ellas. Posiblemente las madres tenemos muy poco conocimiento sobre nuestro propio ciclo, o hemos quedado traumatizadas por las primeras experiencias menstruales, seguramente vividas en soledad y bajo amenazas, o bien carecemos de modelos femeninos sobre los cuales basar nuestra guía e instrucción.

Las dos caras de la Luna

Las mujeres menopáusicas –al igual que las mujeres embarazadas o puérperas– abandonamos el ritmo de nuestro ciclo menstrual. Mientras que las mujeres menopáusicas permanecemos y nos desarrollamos en la fase interior de la Luna nueva, las mujeres embarazadas nos desenvolvemos en la fase exterior de la Luna llena, ya que en nuestros vientres está creciendo el niño como la luz de la Luna creciente.

Después de dar a luz, las mujeres nos reintegraremos a nuestro debido tiempo al ciclo menstrual. Pero, antes, deberemos retirarnos a la oscuridad interior para renovarnos y regresar a nuestra naturaleza cíclica.

Esta introspección, este estar fuera del mundo rítmico, puede ser equivocadamente traducido como depresión si las mujeres no reconocemos interiormente que necesitamos renovarnos a través de un ayuno espiritual. El retiro tras el parto es indispensable, porque luego funcionará como fuente de futuras energías.

Después de parir, necesitamos rituales que nos aseguren un descanso prolongado de las rutinas, que marquen un recogimiento del mundo concreto. Precisamos tiempo para reubicarnos en un nuevo ritmo sin guías de sangrado, contando solo con el itinerario marcado por los ritmos de sueño y vigilia del bebé, así como por sus tiempos de hambre, digestión, defecación y exploración.

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¿Qué es el puerperio?

El periodo puerperal, durante el cual las mujeres abandonamos nuestro ciclo menstrual, nos deja, por un lado, más “huérfanas” en cuanto a nuestro ritmo interno, y, por otro, nos obliga a depender de un modo invisible y delicado de lo más sutil que hay en el ritmo misterioso del niño pequeño. En ese sentido, nuestra dependencia con respecto al niño es total. Sin el ritmo marcado a fuego por sus necesidades básicas, estamos perdidas.

Recuperar el ritmo natural

Si hemos vivido con profundidad y sabiduría estos movimientos de ritmo y no ritmo, la menopausia nos traerá una nueva forma de aprehender el hecho femenino fuera del ciclo. Las mujeres que hayamos vivido con plena conciencia las fases atravesadas a lo largo de nuestra vida menstrual podremos aceptar con más facilidad los síntomas y el significado profundo de la menopausia.

Las mujeres menopáusicas centramos nuestras energías en una sola dirección, pero, a diferencia de las niñas, las dirigimos hacia nuestro propio interior. Las energías de las niñas son lineales, las de las mujeres menstruales son cíclicas y las energías de las mujeres menopáusicas son un punto de partida hacia el yo profundo.

El ciclo menstrual nos obliga a descender y a renovar nuestras energías creativas para devolverlas al mundo exterior. En cambio, las mujeres menopáusicas ya no descendemos una y otra vez sino que permanecemos en la introspección. Nuestra percepción deja de ser cíclica para convertirse en un equilibrio constante entre los mundos externo e interno.

La menopausia es el punto de partida hacia el yo profundo, un retiro interior que nos da sabiduría para ayudar a las mujeres jóvenes.

Las experiencias que hemos absorbido se desarrollan ahora desde el más interior de los mundos femeninos. Desde esta beneficiosa posición de constante conciencia de ambos mundos, las mujeres menopáusicas nos convertimos, por nuestra propia naturaleza, en sacerdotisas, sanadoras o videntes. Porque ahora podemos acceder continuamente a aquella dimensión interior de la vida a la que solo llegábamos una vez al mes durante nuestra fase de mujer menstrual.

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Orgullo menopáusico: ser mujer no es tener la regla

Las mujeres menopáusicas, como las mujeres puérperas, vivimos en un retiro espiritual permanente. Fuera del ruido y la vorágine del mundo externo, podemos ofrecer nuestros conocimientos acerca del mundo interior. Hay una ventaja adicional, y es que las mujeres maduras no necesitamos alimentar a un niño sino que superamos ese rol alimentando espiritualmente a la comunidad de mujeres jóvenes y cíclicas.

Sé que nuestra civilización –que glorifica la inmadurez y la soberbia, y descalifica la experiencia y el desapego de lo material– nos está llevando hacia el olvido de nuestra memoria filogenética, que es como olvidarnos de quiénes somos. Sin embargo, cada niño que nace y cada anciano que muere vuelve a recordarnos una y otra vez las maneras humanas de nacer, transitar y morir. Y ellos lo hacen como lo hemos venido haciendo todos los seres humanos desde hace millones de años, ligados a la naturaleza.

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