Terapia narrativa

Palabras que enferman, historias que curan

Sheila Izu

Igual que contar experiencias configura nuestra identidad, los discursos sociales afectan a cómo vemos la vida. ¿Y si fueran el origen de nuestros problemas?

Hay historias o anécdotas de nuestra vida que siempre recordamos y que explicamos a las personas de nuestro entorno –o incluso a quienes acabamos de conocer– en cuanto tenemos oportunidad.

A través de esas versiones (historias) que contamos sobre nosotros mismos y los demás, las personas damos significado a nuestra vida.

El poder de las historias

Es la idea en la que se basa la terapia narrativa, una forma de psicoterapia que, en definitiva, entiende que los acontecimientos que escogemos de nuestras vidas para explicárnoslos a nosotros mismos o a los demás configuran nuestra identidad.

Fueron los increíblemente genuinos y pintorescos terapeutas Michael White (Australia) y David Epston (Nueva Zelanda) quienes crearon este enfoque en los años 80. Sus aportaciones eran tan novedosas y avanzadas que no tardaron mucho en hacerse un eco internacional de gran calado.

De hecho, hoy en día, psicólogos, médicos, trabajadores sociales, abogados y diversos profesionales de diferentes ámbitos de los cinco continentes aplican los principios desarrollados en el best seller de estos autores: Medios narrativos para fines terapéuticos(Editorial Paidós Ibérica).

Los discursos sociales dominantes ejercen mucho poder sobre las personas

Tanto los fundamentos teóricos como las prácticas de la terapia narrativa se basan en el construccionismo social, que considera que el conocimiento y la identidad son un fenómeno relacional, es decir, que ambas cosas se construyen a través de la interacción con los otros y en un marco cultural determinado.

Según el construccionismo social, las acciones, pensamientos, sentimientos y conductas de las personas solo pueden entenderse totalmente si se tienen en cuenta las relaciones que establecen con la sociedad.

Dicho de otra manera, los discursos sociales afectan directamente a la forma en la que construimos la realidad. Así, sociedad e individuo son indivisibles. Esto, por simple que parezca, tiene en realidad consecuencias importantes en el ser humano, especialmente en esta época capitalista en que prima el despiadado individualismo por encima de todo.

Inspirados por el filósofo Michel Foucault, que analizó la construcción de la subjetividad en función de lo social, White y Epston pusieron especial atención en los discursos dominantes de la sociedad que ejercen poder sobre los individuos.

Artículo relacionado

michel-foucault-locura-sexo-libertad

Michel Foucault: La locura, el sexo y la libertad

Llegaron a la conclusión de que los discursos dominantes pueden tener un impacto significativo en los relatos que las personas crean sobre sí mismas, limitándolas, sometiéndolas o, incluso, culpándolas por cualquier fracaso en el cumplimiento de las exigencias sociales de desempeño. Ese es precisamente uno de los venenos del individualismo: que nos llena de expectativas y exigencias, nos aísla y nos culpa del fracaso.

Siguiendo esta lógica, estos autores ofrecieron una forma muy interesante de entender los problemas que afrontan los seres humanos: sugirieron que estos no son un producto de problemas intrapsíquicos (surgidos en la mente), sino que se derivan de prácticas sociales opresivas y discursos sociales dominantes, asumidos implícitamente y poco cuestionados, según los cuales las personas deberían vivir sus vidas.

El problema sería entonces que las personas frecuentemente siguen guiones sociales que acaban constriñendo su identidad y su bienestar.

Paso a paso: analizar los mensajes que recibimos y cómo nos influyen

Estamos inmersos en una multiplicidad de historias. Las absorbemos desde la mañana hasta la noche, desde el nacimiento hasta la muerte. La familia, la sociedad, los medios de comunicación, los social media... nos avasallan con historias continuamente.

Un pilar importante de la terapia narrativa consiste en revisar y desarmar la historia dominante. A este proceso, dentro de la terapia, le denominan “deconstruir”.

La idea es que, de alguna forma, una persona pueda poner esos conocimientos, creencias y prácticas que nos llegan y fortalecen el problema entre paréntesis y tomar distancia hasta contemplar otras formas de vivir la vida, más acorde con sus preferencias. Así, esta terapia trata de vehiculizar y posibilitar a la persona la “re-narración”, la “re-escritura” de su propia vida, a través de conversaciones terapéuticas.

Pero, ¿cómo son entonces estas conversaciones que nos permiten “re-escribir” la vida? Veamos algunas claves.

Así reza el lema fundamental de la terapia narrativa: “La persona no es el problema, el problema es el problema, la persona es la persona”.

Lo primero que busca esta práctica terapéutica es que la persona entienda que su problema no la define tal como la sociedad ha podido hacerle creer. Para comprenderlo, lo primero que propone es hacer una separación lingüística entre las etiquetas negativas (problemáticas) que socialmente se le han atribuido y su identidad personal.

Artículo relacionado

antipsiquiatria

Un enfoque liberador de la salud mental

Por ejemplo, no es lo mismo decir que alguien es depresivo que concebir que las exigencias sociales de éxito afectan al bienestar de una persona. Hay una gran diferencia entre las dos perspectivas.

Este proceso, dentro de la terapia narrativa, se conoce como “externalización del problema”. Externalizar un problema tiene unos efectos muy poderosos en la forma en la que esta persona se va a relacionar con el problema en sí y con su futuro.

Veamos un ejemplo:

  • Mientras que ser depresivo –que es una posición internalizante– deja poco margen de maniobra para el cambio, “luchar contra la depresión” aumenta los grados de libertad de la persona (la depresión se sitúa fuera).
  • El adjetivo depresivo define y clasifica a la persona, mientras que el sustantivo depresión nos permite cosificar el problema, externalizarlo.
  • Después, sobre el sustantivo se pueden articular infinitas metáforas, por ejemplo: “enfrentarse a las exigencias de la sociedad” o “a las garras de la depresión”, etc.

Desafortunadamente, la sociedad occidental fomenta el primer tipo de descripciones en su discurso dominante. La terapia narrativa, por contraposición, promueve narrativas alternativas que den control a la persona y que, y aquí llega el segundo de los aspectos cruciales de este modelo, devuelvan el protagonismo al individuo. Lo empoderan.

Una persona que toma el control del guion que dirige su vida siente un mayor bienestar.

En efecto, “re-autorizar” al individuo como actor de su propia vida, de sus decisiones y del guion narrativo de su historia personal supone uno de los mayores retos para que una conversación acabe siendo realmente terapéutica.

Construyendo nuestro propio guion de vida

Para que la terapia narrativa funcione, debe alcanzar, al menos, dos objetivos: minimizar el impacto de los discursos sociales dominantes y, por otro lado, enriquecer las narrativas personales que fomentan una imagen de competencia y empoderamiento y que acercan a la persona a su futuro preferido.

Artículo relacionado

lenguaje influencia realidad membrana celular

Lo que haces y dices crea tu realidad

El término futuro preferido es importante en la terapia narrativa. Hace referencia a que esta se orienta y guía por los significados y preferencias de las personas. El diálogo terapéutico es entonces un proceso “co-construido” que permite la negociación de significado y la colaboración de experto a experto.

Durante el transcurso de la terapia, los terapeutas tratan de identificar hitos y excepciones en la vida de las personas en los que no se había reparado y que contradicen los discursos dominantes que sostienen el problema. Por tanto, advertir y valorar las experiencias que han sido invisibilizadas es clave en este asunto.

Se busca visibilizar relatos conectados con los valores, intenciones, propósitos y esperanzas de la persona para con su vida.

Preguntas para poder avanzar

No resulta sencillo llegar a externalizar un problema y tampoco es fácil reautorizar a una persona. Esta debe ser constante y paciente en su proceso, ya que el terapeuta cuenta principalmente con una sola herramienta: las palabras.

Para lograr que la persona que acude a consulta consiga completar este proceso recurre, en concreto, a las preguntas. Las preguntas no son utilizadas como un recurso para obtener información sino como un medio para generar experiencias en la medida en que abren puertas de entrada a nuevas historias que configuran un futuro preferido. Historias que nos ayuden a idear escenarios de futuro acordes con nuestros principios, valores, deseos e intenciones.

No se trata de enseñar. Se trata de ayudar a destruir ideas y mitos arraigados, deconstruir supuestos que hemos tomado como verdaderos de forma implícita y a construir narrativas preferidas sobre quiénes somos, quiénes fuimos y, especialmente, quiénes queremos ser.

¿Deseas dejar de recibir las noticias más destacadas de cuerpomente?