Sentir el control y el poder

Las causas profundas de la anorexia: más allá de la moda y la belleza

La negativa a comer es también una rebelión contra los límites establecidos en la familia, un intento de separarse de la madre y una huelga de hambre contra las exigencias sociales a las mujeres.

Lisa Appignanesi

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Hoy en día las imágenes inundan la vida cotidiana en Occidente. En las calles principales, en los centros comerciales, en los espacios públicos y privados, en pantallas enormes y tan diminutas como las de los móviles, sin olvidar el soporte de papel, estamos cercados por imágenes que invaden nuestra imaginación.

Los cuerpos femeninos, ampliados descomunalmente o reducidos a las pantallas del televisor, pero encarnando siempre un ideal de belleza, son una parte importante de dicha invasión. Esos cuerpos inmateriales, que no dejamos de ver a lo largo de nuestra vida, impactan inevitablemente en los cuerpos reales. Y pueden engendrar una obsesión por el cuerpo.

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En los últimos treinta años, a medida que la sobreabundancia occidental nos separa cada vez más de las zonas del mundo que padecen guerras y hambre, las seductoras imágenes femeninas han ido adelgazando. Las curvas han desaparecido para dar paso a costillas marcadas y brazos y muñecas como palillos. La anorexia está invadiendo las mentes de niñas de tan solo siete años –según informan los médicos–, que tienen ya problemas con la comida. Entretanto, la obesidad, que afecta a todas las edades, va en aumento tanto en EE. UU. como en Europa. No hay duda de que la diferencia entre una imagen idealizada de la feminidad y una realidad diaria llena de obesos es enorme y sigue acentuándose.

La varita mágica de la delgadez

Las advertencias constantes de las autoridades sanitarias, los alimentos elaborados que propagan su bajo contenido en lípidos y carbohidratos –y que adjuntan unas listas de ingredientes más detalladas que un informe de laboratorio–, las industrias de la dietética y la moda –ambas con unas ganancias exorbitantes–, se han unido para crear una situación donde los kilos aterrorizan a muchas jóvenes más que cualquier catástrofe inminente.

En cambio, la delgadez representa la perfección, una esfera de ensueño que hay que perseguir constantemente y donde todos los problemas se desvanecerán como por ensalmo. Con la delgadez vienen los hombres, la riqueza y la felicidad. El hada madrina de la Cenicienta de hoy en día lleva una tableta adelgazante en lugar de su tradicional varita mágica.

De todos los trastornos que esta situación provoca, uno de los más importantes, y también el más difícil de tratar, es la anorexia nerviosa. El enorme interés que acapara este desorden se constata con las catorce millones de consultas anuales en internet. Las webs dedicadas a la anorexia triplican a las que tienen por tema la esquizofrenia (la enfermedad que fue tan buena metáfora de los sesenta). En las listas de Google, solo la depresión logra superar a la anorexia.

Las estadísticas revelan datos inquietantes: en EE. UU. el número de personas con anorexia se triplicó a lo largo de los años noventa; más recientemente y en Gran Bretaña, las solicitudes de prestaciones por incapacidad relacionadas con trastornos de la conducta alimentaria han aumentado un 130 %.

No está claro si este aumento está relacionado con el influjo de los medios de comunicación o con factores culturales más generales, pero sí que ha provocado que la industria de la moda haya tenido que defenderse de las críticas o que, en determinados países, se haya prohibido desfilar por las pasarelas a modelos esqueléticas.

La coincidencia del movimiento feminista con el crecimiento de los trastornos alimentarios y de la dismorfia (una condición muy común entre los afectados de anorexia que consiste en una percepción errónea de sus formas corporales) sugiere que este movimiento, en su proceso de elaborar y centrarse en las dificultades de ser mujer a finales del siglo XX, puede haber contribuido involuntariamente, con el empujón de las industrias de la moda, de la dieta y la belleza, a aumentar el número de personas que han expresado sus conflictos y su infelicidad, su identidad, y estas lo han hecho a través de enfermedades relacionadas con la forma del cuerpo.

Niñas ‘perfectas’ por fuera y frágiles por dentro

En los estudios realizados sobre la evolución de los trastornos alimentarios, los médicos y los psicólogos coinciden en que el perfil característico de la persona anoréxica es el de una adolescente trabajadora, afable y a menudo atractiva, buena en los deportes, con unas calificaciones excelentes y un deseo competitivo de hacer las cosas lo mejor posible y de complacer a las personas de su entorno.

En su interior, como sucede con muchos adolescentes, esta estrella académica o deportiva en ciernes se siente inútil, insegura e incapaz de desempeñar el papel de favorita que ella percibe que le ha sido atribuido por sus padres.

Un examen de ingreso a la universidad, una pelea con una amiga, la muerte de un abuelo, la irrupción de un padrastro o de una madrastra… cualquier situación angustiosa puede romper ese frágil caparazón de confianza que la recubre. Entonces cae en un estado de confusión, se siente vacía, fuera de control.

Esa sensación de estar fuera de control exige imponer medidas de control. El aprendizaje cultural le dice que se sentirá mejor si consigue perder algunos kilos, en vez de mantener ese aspecto regordete que arrastra desde la infancia. El ejercicio y la dieta son la solución.

Empieza a perder peso. Se siente mejor, llena de energía. Está convencida de haber logrado un éxito. Y el refuerzo que obtiene de su madre y sus amigas le proporciona una sensación de poder, sensación que obtiene también del ordenado control del consumo de alimentos, del recuento de calorías, de la resta de las que quema mediante el ejercicio físico, de refrenarse una y otra vez, de su forma casi obsesiva de ordenar el día y lo que su cuerpo consume.

A la vez, trabaja aún más intensamente. Su especie de ayuno le produce un subidón. Ahora, la delgadez atrae toda su atención, aunque sea de forma enfermiza, no importa, a fin de cuentas, el cuerpo que ha creado no es realmente el suyo.

Rebelarse a través de la comida

Pero cuando la pérdida de peso alcanza cierto límite, la familia suele darse cuenta de que el ayuno voluntario y la compulsión son cosas muy distintas. La madre trata entonces de convencer a su hija para que coma. Esto tiene sus propias recompensas: la recompensa de la atención recibida y de su rechazo voluntario y obstinado.

Aunque el desamparo de los padres ante el rechazo y la hostilidad que su hija les opone es doloroso, puede provocar perfectamente una sensación de triunfo en ella que, por fin, se atreve a traspasar los límites de lo que las familias de hoy consideran una rebelión tolerable.

A fin de cuentas, los síntomas que experimenta la adolescente son el resultado de imponer su propia solución a sus propios problemas. En realidad, no ha perdido el apetito sino que lo ha dominado porque, de hecho, se siente hambrienta todo el tiempo. Sin embargo, cuanto mayor es el control de las anoréxicas, más posible es que se sientan fuera de control.

La batalla interior se refleja en sus relaciones con cualquier figura autoritaria que intente obligarla a comer. Si la chica procede de un ambiente más tradicional, donde los alimentos y las comidas familiares tienen una importancia vinculante, el momento en que los padres notan la delgadez y empiezan a considerarla un problema grave puede producirse antes. Si se produce demasiado tarde, la lucha contra el problema alimentario puede muy bien alcanzar la intensidad de una guerra.

Conflictos con la madre

A menudo, los terapeutas incluyen en el cuadro anoréxico la necesidad que siente la adolescente de separarse de una madre poderosa.

  • Puede que esta se comporte como una amiga y apenas ponga barreras generacionales.
  • O puede que sea todo lo contrario, una mujer estricta que se autoimpone a un control excesivo y que, a ojos de su hija, es una madre devoradora.
  • Quizá necesite que su hija compense lo que a ella le falta (por ejemplo, una carrera o un matrimonio satisfactorio) y lo hace enredándola en todos los aspectos que no le han ido bien en la vida. De modo que, como un nudo doble, esa carencia maternal puede causar culpa tanto si la chica se obliga a aceptar esa imagen materna despreciada por las dos como si la rechaza.

La separación de la madre es un proceso consciente, pero en su desarrollo hace aflorar temas inconscientes. La chica puede sentir que necesita estar sola para distinguir qué partes de su personalidad le pertenecen en realidad, y a la vez sentir la fragilidad y la culpa que eso conlleva. Sus expresiones de hostilidad hacia la madre y la familia pueden indicar tanto la fuerza del apego que siente por ellos como el terror que le provoca su presencia y también la idea de rechazarlos.

La confusión interior, la guerra de deseos contradictorios, puede hallar su áncora de salvación en el doble rechazo a la comida y a la menstruación, que la haría entrar en el mundo de las mujeres al que pertenece su madre. Su crueldad con los demás está ligada a la crueldad consigo misma, que ella pide a los demás que presencien dolorosamente.

Una visión feminista del trastorno

El libro de la psicoterapeuta Susie Orbach, Hunger Strike (“Huelga de hambre”), basado en sus experiencias con mujeres con trastornos alimentarios que acudieron a ella directamente o a los centros de terapia para mujeres de Nueva York y Londres –de los que es cofundadora–, ofrece una perspectiva feminista de la anorexia y de su tratamiento.

Orbach interpreta el trastorno como una lucha de la mujer contra sus necesidades afectivas, un intento de controlarlas en un mundo que, al hacer recaer sobre la mujer exigencias contradictorias, le niega la posibilidad de satisfacción.

La anorexia es efectivamente una huelga de hambre, una protesta contra unos tiempos que mantienen la promesa de independencia y de una vida más allá del hogar, a la vez que exigen a las mujeres que satisfagan las necesidades de los demás en sus diversos papeles de amantes, esposas, madres o cuidadoras.

En el interior de la mujer, la anorexia se interpreta como una metáfora de lo que la sociedad desea de ella: que no ocupe demasiado lugar, que vigile sus necesidades y se reprima. El legado inconsciente de madres a hijas Orbach señala el modo en que las mujeres aprenden de las acciones de la madre a no depender de sus emociones sino, más bien, a facilitar las aspiraciones de los demás.

«Las adolescentes suprimen muchas de las necesidades e iniciativas que surgen en su interior. En consecuencia, crecen con la sensación de no haber recibido lo bastante y se sienten a menudo insaciables e insatisfechas. En una tentativa de solución a este estado psíquico, buscan conectar con otras personas y aprenden que estas relaciones, especialmente con los hombres, dependen de que sus cuerpos sean aceptables.»

Orbach destaca que esta época condena a la madre a legar a su hija una percepción insatisfactoria de su cuerpo, reprimiéndolo y conteniéndolo, de modo que se convierta en una mujer tal como corresponde a su género. Al reducir o frenar sus necesidades, la chica crecerá sintiendo vergüenza de tener carencias, luchando contra ellas, sin conseguir reconocerlas o expresarlas... una chica que no permitirá que nada entre en su interior, ni amor ni comida, pues lo contrario revelaría públicamente sus necesidades, incluso a ella misma.

Terapia psicológica para garantizar la curación

Las teorías sobre las causas de la anorexia y su desarrollo son abundantes.

  • Algunos analistas interpretan el rechazo a la comida como el rechazo a la madre, de quien la paciente anoréxica se está distanciando. Ver a la madre como comida en vez de como cuidadora es un error de simbolización, otra carencia ligada a las relaciones más tempranas de la niña con su madre.
  • Los psiquiatras biologistas vinculan la anorexia a la depresión. Ciertamente, la depresión de los padres puede desempeñar un papel importante en el desarrollo del trastorno alimenticio en alguno de los hijos. Si uno de los cuidadores padeció anorexia, puede haberle transmitido un sentido inapropiado de la realidad corporal a su hija o hijo.
  • Hay también algunos terapeutas que ven en la privación de alimento –con la consecuente desaparición de la menstruación y la anulación de las formas femeninas– un intento de reemplazar el cuerpo de mujer por uno masculino.

No obstante, todos los especialistas en anorexia, al margen de la teoría que defiendan, coinciden en un aspecto: el miedo y el rechazo de la persona anoréxica a la comida es también un rechazo a toda forma de intrusión (que es justamente lo que representa la terapia).

Este hecho dificulta cualquier tratamiento. Las pacientes anoréxicas sabotean permanentemente la terapia. Son tan agresivas con quienes intentan ayudarlas como crueles con ellas mismas. Teniendo en cuenta que, tal como señala Orbach, la alimentación forzosa refuerza los estereotipos de género, pues es ejercida por el poder de un médico varón que aplica tubos invasivos en el cuerpo femenino, dicho procedimiento supone una amenaza para la paciente anoréxica, que si se niega a comer es para demostrar que tiene el control y es capaz de vencer el apetito.

Por lo tanto, aunque la hospitalización puede ser necesaria y la administración de alimentos salve la vida de la chica en un primer momento, si no se lleva a cabo una terapia psicológica integral se producirá inevitablemente un nuevo ciclo de esta enfermedad. Solo unas pocas anoréxicas siguen la dieta hospitalaria sin otro tipo de ayuda.

La terapia de grupo, dentro o fuera del hospital, puede ser muy útil, pues consigue que la paciente se sobreponga a su soledad. También puede conseguir que llegue a ver la enfermedad fuera de sí misma, en lugar de desde su interior.

En cuanto al tratamiento individual, Orbach recomienda estructurar un pacto terapéutico mediante el cual la alimentación queda bajo el control de la paciente hasta que sea ella misma quien pida ayuda. Es esencial que haya una genuina empatía por parte del terapeuta, sobre todo porque es posible que la paciente haya pasado ya por muchos especialistas.

En el terreno abierto de la terapia, los sentimientos de disgusto y desesperación de la chica-mujer, sus mapas interiores, su imagen corporal, pueden apartarse a un lado gradualmente junto con la comida rechazada que les ha dado vida simbólicamente. Así, por fin, será posible trazar el mapa de un nuevo yo.

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