El arte del buen vivir

Cómo conseguir una vida feliz

¿Existen algunos ingredientes para la felicidad que resisten la prueba del tiempo? ¿Qué dice la sabiduría clásica y qué hemos experimentado nosotros?

Fu padre ya cincuentón, con la espalda menos flexible de lo que debiera y las energías, más justas. Y más consciente también de la enorme felicidad y responsabilidad que supone.

Pienso en el futuro y, como todos los padres, me pregunto ¿qué le voy a dejar? Si antes reciclaba, ahora reciclo más y procuro contaminar menos; si antes me preocupaba por el estado del río que pasa cerca de casa, ahora lo miro como si fuera nuestro y vigilo la salud de sus aguas; si antes procuraba comer bien, ahora quiero hacerlo mejor...

Mi hija ha causado estos y otros cambios en mi vida y cuando me pregunto por lo que quiero para ella, respondo como todos los padres: quiero que sea feliz. Pero es más fácil decirlo que procurarlo, porque no es solo una cuestión material.

¿Cómo se consigue una buena vida? Esa es la pregunta que voy a intentar responder en este artículo, como un repaso de las cosas que he aprendido y que me gustaría transmitirle.

El carácter se puede cambiar

La primera es que se puede ser razonablemente feliz al margen del carácter o de la forma de ser que se tenga, aunque evidentemente una disposición optimista facilita las cosas.

Simplificando, se puede ser de los que buscan el bien o de los que creen que solo podemos aspirar a evitar el mal y tener igualmente una buena vida, porque el carácter, pese a lo que se cansaron de repetir los románticos del siglo XIX y después nosotros hemos aceptado tal cual, no es el destino.

El carácter, o el "humor", como lo llamaban los clásicos, es otra cosa, es una inclinación, quién sabe si innata, que no podemos evitar, aunque podemos domeñarla con la fuerza de los hábitos y de la razón.

La psicología evolucionista dice que hemos heredado de nuestros ancestros una disposición natural para identificar antes las amenazas que los beneficios, lo negativo de lo positivo, algo necesario para nuestra supervivencia cuando esta dependía de ser extremadamente sensibles a los peligros.

Pero incluso así, la maleabilidad del ser humano, su capacidad de adaptarse a cualquier situación y superarse a sí mismo, es tan grande que le ha permitido gozar de la vida en situaciones extremas.

El "carácter" no es pues una camisa de fuerza, sino un punto de inicio. Y lo que tenemos que hacer, como decía Schopenhauer, es sacarle el mejor partido a nuestra personalidad, a nuestra forma de ser, apoyándonos en los aspectos positivos que tenga, y no utilizarla como excusa de nuestra falta de curiosidad, indolencia, valor o incapacidad para lo más variado.

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La felicidad no depende de la abundancia

Tampoco es un obstáculo para ser feliz vivir en condiciones difíciles, siempre que no superen ciertos límites. Si hacemos caso a lo que dicen algunos sociólogos, hasta podría ser contraproducente tener demasiado.

Es lo que dicen los estudios efectuados en estas últimas décadas: el nuestro es un tiempo sin obligaciones que no sean la propia satisfacción, algo que cada vez cuesta más alcanzar (Gilles Lipovetsky); estamos impúdicamente atentos a las muestras de aprobación y admiración de los demás y las necesitamos para ser alguien (Jean-Claude Kaufmann); vivimos en una sociedad de compradores y llevamos una vida de compras (Zygmunt Bauman).

Según Zygmunt Bauman, las mejoras en el nivel de vida de las naciones más desarrolladas no han ido asociadas a mejora alguna en el bienestar subjetivo de las personas, más bien lo contrario.

Esta insatisfacción no es algo nuevo, porque el ilustrado Alexis Tocqueville ya se sorprendió en 1831, durante su viaje a los entonces jóvenes Estados Unidos, de "la singular melancolía que demuestran con frecuencia los habitantes de los países democráticos en medio de la abundancia".

Una desgana de vivir que no existe, por ejemplo, en las más pequeñas y pobres aldeas del planeta o en los barrios más suburbiales, como tantas veces han constatado antropólogos, sociólogos, aventureros y periodistas.

Qué haces y cómo lo haces: la clave de la buena vida

Queda por tanto una pregunta en el aire: si el carácter no es determinante para tener una buena vida y las condiciones materiales tampoco lo son, siempre que se tenga lo suficiente para vivir, porque la miseria es el mayor obstáculo para la realización personal, ¿qué lo es entonces?

Lo que hacemos y cómo lo hacemos. Es lo que creo a estas alturas de la vida después de darle muchas vueltas. Y es lo que espero inculcarle a mi hija. El arte de vivir no apela a "ser" de una determinada manera, sino a actuar de una forma que libere en nuestra vida oportunidades de mejora y gozo.

Para muchos, el arte de vivir es algo de mayor trascendencia: es el arte de darle sentido a la vida de cada uno, algo, sin duda, importante. Creo, sin embargo, que hay algo previo que tiene igual o superior provecho: experimentar continuamente que estamos vivos.

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Encontrar el sentido de la vida hasta en momentos difíciles

El "sentido" no deja de ser muchas veces una mera narración de nuestra vida que nos contamos a nosotros mismos y a los demás; y en realidad no es muy diferente a cualquier otra narración: está llena de olvidos, exageraciones, mistificaciones o mentiras y solo, al final, cobra todo su valor, cuando lo vivido es mucho más que lo por vivir.

Mientras que la experiencia de la vida es algo fugaz y repetido, continuo... Un paseo por la playa, una tarde de charla con los amigos, las horas pasadas haciendo un trabajo que ha exigido lo mejor de nosotros, una comida que ha despertado sensaciones, el roce de una piel querida o deseada...

Todos son momentos en los que la experiencia de la vida se manifiesta y que no requieren explicación alguna. Solo dejarse llevar por ellos para colmarse de ese sentimiento único que es la alegría de vivir, aquí y ahora.

Que la alegría de vivir te mueva

Montaigne, una vida que admiro, no hacía nada que no fuera movido por ese sentimiento tan fuerte.

En sus últimos días, el gran diletante francés, lejos de dejarnos un testamento "trascendental", aunque vivió uno de los periodos más crueles e intolerantes de la historia de Europa, desgarrada entonces por las guerras de religión y por la peste que asolaba las ciudades, escribió solo esto:

"Amo la vida y la cultivo tal como le ha placido a Dios concedérnosla. No desearía que estuviera privada de la necesidad de beber y comer... ni que nos sustentáramos metiendo solo en la boca un poco de aquella droga con la cual Epiménides se privaba de apetito y se mantenía; ni que produjéramos estúpidamente niños por los dedos o los talones... ni que el cuerpo careciera de deseos y excitación... Acepto de buen grado, y agradecido, lo que la naturaleza hace de mí, y me alegro y me felicito...".

El arte de vivir, visto así, se acerca más a lo que dijo Schopenhauer: es el arte de conducir la vida de la manera más agradable posible. Es, pues, un arte práctico, positivo, y como tal se puede aprender y llevar a cabo. No apela a "ser" de una manera determinada, sino a actuar de una forma que libere en nuestra vida oportunidades de mejora y gozo.

O como diría Mihaly Csikszentmihalyi, es una forma de actuar, de fluir, que estimula las "defensas psíquicas naturales", que no son otras que la empatía, la creatividad, el sentido de la justicia, el agradecimiento, el perdón... Cualidades, valores, que, en palabras de este psicólogo, contribuyen a la felicidad individual y al buen funcionamiento de la sociedad, porque si algo es contagioso, es precisamente la felicidad.

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Vivir con atención plena

Pero, ¿cómo conseguir ese estado? Para Csikszentmihalyi consiste en obrar siempre de una manera concentrada, atento a lo que se hace, estimulado por el desafío que se tiene delante pero no sobrepasado por él... Vivir y obrar con los cinco sentidos puestos y con la mente enfocada en vez de embotada por el ruido y la dispersión, algo imprescindible en nuestra sobreestimulada sociedad y quién sabe si en la del futuro.

Se trata, sencillamente, de hacer las cosas en serio y no al tuntún, por banales que puedan parecer, porque de la calidad de nuestras horas depende la calidad de nuestra vida, como le repetía continuamente su abuela a la primatóloga británica Jane Goodall cuando era pequeña. Y depende también su mismo sentido añado yo, y así intentaré explicárselo a mi hija.

Tal vez a algunos les pueda parecer un bagaje escaso para llenar una vida y muy pobre como filosofía de vida. Después de todo, alguien proclamó hace algunos años que todos tenemos derecho a "cinco minutos de fama", la forma que ha adquirido la trascendencia en nuestra época. Pero si el arte de obrar con plena conciencia ha colmado vidas tan ricas como las de Csikszentmihalyi o Jane Goodall, ¿qué milagros puede obrar en la nuestra?

La justa medida de la felicidad

Para Montaigne, por ejemplo, la auténtica obra maestra a la que podemos aspirar no es a componer libros (aunque sus Ensayos han inspirado a personas de varios siglos), ni ganar batallas, conseguir grandes riquezas o ser admirado, para él "nuestra grande y gloriosa obra maestra es vivir de forma adecuada", alcanzar "el orden y tranquilidad en la conducta".

Y para Montaigne, como para algunos de los mayores sabios de la antigüedad, solo la moderación puede darnos algo así: moderación en el comer, en el dormir, en el trabajar... Una moderación que antes llamaban mediocritas, la "justa medida", aunque con el tiempo este término ha perdido su significado original y se ha ido cargando de tintes peyorativos, de manera que nadie lo reivindica hoy.

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Sin embargo, la justa medida es probablemente lo que más necesitamos en este tiempo que, incluso ahora que vivimos la mayor crisis económica que la mayoría podemos recordar, sigue llamándonos al exceso –más cosas que comprar, más alimentos que consumir, más sitios a los que ir, más deseos que sufragar...–, como si nuestro tiempo fuera incompatible con lo que Lao-Tse llamaba "la verdad del término medio".

No tenemos mil vidas que llenar, sino una, y dilapidarla persiguiendo o consiguiendo futilidades no es algo que desee para mi hija ni para nadie.

Procuraré enseñarle lo importante que es elegir en toda ocasión, para liberarse de las dominancias absurdas de cada momento y crear un espacio propio por el que pueda caminar dejando huella.

Porque tal vez, como dice Edmund en la obra El rey Lear de William Shakespeare, los hombres somos como el tiempo que nos ha tocado vivir, ni peores ni mejores. En tiempos malos, todos somos peores. Y en los buenos es más fácil sacar lo mejor de nosotros.

Pero yo no creo que sea totalmente así. No somos títeres en manos de las circunstancias. Con cada elección abrimos un espacio y un tiempo propios, lo que, en palabras del sociólogo Jean-Claude Kaufmann, nos hace más felices o nos acerca a ese estado.

Apreciar la habilidad de ser feliz

Conclusión no muy diferente a la que alcanzó hace bastantes décadas en A propósito de la felicidad el filósofo francés Émile Chartier, que firmaba sus obras como Alain: "Apreciar plenamente la felicidad es una cuestión de acción y de saber vivir... Al igual que la fresa tiene el gusto de la fresa, la vida tiene el gusto de la felicidad ". Y a mí me gustaría que mi hija supiera apreciar ese sabor único.

La felicidad es un arte que se alcanza con unas pautas de buen vivir. Lo dice él y lo dicen muchos de los que se han interesado con afán sincero por ese misterio que es la felicidad. El filósofo Arthur Schopenhauer lo llamó eudomología y a él dedicó numerosas páginas que en castellano se han publicado agrupadas en diversos libros: Aforismos sobre el arte de vivir, El arte de conocerse a sí mismo o El arte de ser feliz.

Para alcanzarlo propone no descuidar los siguientes aspectos:

  • Conservar los mejores atributos que la naturaleza nos haya dado: la salud, el vigor, la belleza, el temperamento, la inteligencia.
  • Conseguir los suficientes medios de vida para sentirnos protegidos de las adversidades.
  • Tener en cuenta lo que los demás piensan de nosotros, pero sin dejar que la autoestima dependa de ellos, sino que debe surgir de uno mismo.

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En tiempos de crisis como los actuales la felicidad puede parecer más esquiva, pero sigue estando a nuestro alcance.

  1. Moderación. Aristóteles dijo que lo mejor que podemos tener es salud, y después de él no ha habido sabio que no lo haya corroborado. Para mantenerla, lo fundamental, según Sócrates, es evitar las causas de la enfermedad: "Nada en exceso".
  2. Satisfacción. Se pueden evocar las pequeñas satisfacciones que se obtienen a lo largo del día y ver si existen motivos para buscar otras. De ese modo, como decía Séneca, se está satisfecho interiormente y con los bienes que nacen de uno mismo.
  3. Agradecimiento. No podemos evitar emociones como la tristeza o la ira. Pero siempre alegra pensar en lo que la vida nos ha dado, en lo mucho que debemos a algunas personas... y agradécerselo.
  4. Compartir. Los seres humanos necesitamos dar, amar y compartir tanto como necesitamos tomar, defender la privacidad y proteger lo que creemos nuestro.
  5. Elegir. A menudo pensamos, sentimos y obramos condicionados por puntos de vista adquiridos casi sin darnos cuenta, sin cuestionarlos nunca, lo cual favorece la repetición de determinados infortunios. Analizar las cosas que nos importunan o perturban amplía las posibilidades de elegir, y cada elección nos aproxima a la vida que queremos.
  6. Disfrutar. No hay que dejar pasar una ocasión para disfrutar de la vida, por pequeña que sea, porque en ellas está el sabor de la vida.
  7. Equilibrio. Dice el Tao-Te-Ching: «Quien se alza de puntillas no puede mantener el equilibrio; quien camina a grandes zancadas no irá lejos; quien se exhibe no puede sobresalir; quien se celebra pasará inadvertido; quien se ensalza no merece elogio; quien se vanagloria no es excelso.»

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