Género y salud mental

¿De qué sufren las mujeres?

Irene Muñoz

El sufrimiento de las mujeres se banaliza, se tacha de inespecífico y se asocia a la debilidad. Entender el contexto social es necesario para acabar con esto.

Cuando el silencio es sinónimo de fortaleza, y la queja de debilidad, existe un problema. Cuando se divide a la sociedad de forma tal que los roles bien diferenciados obedecen meramente a una cuestión pragmática, hay un problema. Que el sufrimiento de la mujer sea banalizado o tachado de inespecífico, y el del hombre tenido en cuenta y bien estudiado, es un problema. Que la naturaleza de la mujer y sus acontecimientos vitales como, por ejemplo, el embarazo, sea “cosa de mujeres” y no “cosa de la sociedad”, es un problema. Yo diría que se trata del mismo problema todo el tiempo.

La importancia de hablar sobre la salud mental femenina

Para quien no conozca la teoría de la sustancia que enunció Aristóteles, se trata de lo que él entendía como compuesto de materia. Es decir, lo que es en sí mismo el ser, lo que es indisoluble. Así, él explicaba que sobre esta sustancia podía ocurrir lo que denominó accidentes, y estos podían cambiar la forma de la materia, pero no la sustancia en sí misma. Pues bien, esto me ha hecho recordar el problema del que hablaba.

El sufrimiento de las mujeres ha existido desde siempre, esto podría ser la sustancia a analizar, lo que ocurre es que ha atravesado todo tipo de formas a lo largo de los tiempos. Se le ha minimizado, se le ha disfrazado de patologías diversas, cuando en muchas ocasiones proviene de un desequilibrio social o familiar. Y lo peor: se le ha silenciado.

Foucault apuntó: “No he querido escribir la historia de ese lenguaje, sino la arqueología de ese silencio”.

Muchas veces pienso que la historia de la mujer tiene que ver precisamente con lo que se calló más que con lo que se dijo. Por eso es importante dar voz al malestar cuando este permanece mudo. Quizás sea el momento de pensar en narrar, contar sin juzgar, ni sobrediagnosticar.

Con estos preámbulos, ¿qué nos queda? ¿Cuál es la realidad actual? Pareciera que, como dijo Judith Barwick, la insistencia en que la feminidad se desarrolla a partir de una masculinidad frustrada necesariamente convierte la feminidad en una especie de “patología normal”.

Y si ser mujer no implica necesariamente estar enferma, ¿qué es lo que hace que una mujer sufra? ¿Quién decide qué es sufrimiento y qué normalidad? ¿Quién traza la línea entre ser una mujer sana y una enferma? ¿A qué obedece que se trace esta línea? ¿Hay algo más, aparentemente desapercibido, detrás de todo esto? Y, todavía más relevante, habría que preguntarse cómo incide esto en nuestra salud mental.

¿Cómo se aborda la salud mental de las mujeres?

Como profesional de la salud mental, mujer, debo decir que se han cometido y se siguen cometiendo muchos errores en lo que respecta al tratamiento psiquiátrico y psicológico de las mujeres. El primero de estos errores ha sido el pensar a la mujer desde un estándar masculino. En otras palabras, estudiar a la mujer como un ser humano que no es hombre.

¿Es esto así? ¿Podemos realmente entender la condición femenina de ese modo? ¿Podemos concebir los sexos como dos entidades opuestas? ¿Existe un binarismo real? ¿Los acontecimientos vitales que le son propios y exclusivos a la mujer, como el ciclo menstrual, el embarazo, parto y menopausia pueden estudiarse desde lo opuesto a lo que le ocurre al hombre?

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Precisamente derivado de este hecho, de utilizar este doble estándar que menciono, aparece una patologización de los acontecimientos naturales de la vida de las mujeres. Lo nuestro es lo “otro”, lo que se desvía de la norma o de la normalidad, si se prefiere. Esto ha llevado a etiquetar como patológicos procesos por el mero hecho de ser diferentes al canon establecido a partir del hombre.

Hemos sido consideradas “perturbadas” o débiles, por ejemplo, por ser la sensibilidad un signo de debilidad. Irracionales, poco manejables, cambiantes, dominadas por nuestras hormonas. Somos biológicamente difíciles de medir o cuantificar por la alta variabilidad que suponen los cambios biológicos que operan dentro de nosotras… Representamos lo emocional que antagoniza con lo racional, con sus connotaciones negativas y positivas respectivamente.

El papel los roles de género en la salud mental

El segundo de los errores ha sido que, además de validar este binarismo, se le ha estudiado atendiendo únicamente a la diferencia de sexo y no de género cuando, en todo caso, el sufrimiento de la mujer no vendría dictado por el hecho de ser mujer biológicamente sino por la respuesta social de este hecho.

Los roles sexuales, de la mujer y el hombre, han sido alimentados por diferencias notables a lo largo de la historia. Hoy en día, aunque las mujeres son pensadas como iguales, no poseen una igualdad efectiva. El rol de las mujeres continúa implicando en muchas ocasiones una sobrecarga laboral, grandes responsabilidades y falta de poder.

Lo que quiero decir es que el virulento doble estándar de comportamiento masculino-femenino lleva aparejados unos atributos:

  • La convencionalidad masculina se relaciona con la acción, la lucha, la búsqueda de soluciones y el placer.
  • Sin embargo, la convencionalidad femenina implica inacción, sumisión, resignación e insatisfacción.

Esto se traduce en que tradicionalmente, y de forma implícita, a la mujer no se le ha supuesto “tener éxito” como objetivo prioritario, sino que se le han adjudicado más determinados roles de cuidados que a su vez permitían el éxito de sus homólogos del sexo contrario. Y si, llegado el caso, la mujer consigue dicho éxito, sigue resultando un fracaso si no ha triunfado en “todo”.

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Por ejemplo, si logra triunfar en el ámbito profesional, habrá fracasado si para ello ha descuidado la crianza de sus hijos o su aspecto físico. Es como si no se le permitieran ciertos logros de no haber satisfecho lo que le suponen sus obligaciones: la vida doméstica, la crianza de los hijos…

La mujer “de éxito” se ve confrontada a dos destinos posibles: o elige no ser madre biológica (pero no porque no lo desee sino porque se lo impiden, lo que supondrá probablemente un estrés emocional) o elige la sobrecarga doméstica y laboral.

No, las mujeres no tienen peor salud mental que los hombres

Esto impacta sobre la salud mental, es lo que hace que exista una sobrerrepresentación de mujeres en este campo de la psiquiatría. Lo doméstico puesto al servicio de ansiolíticos como el Valium® para que podamos aguantar la presión. Mejor ni mencionamos la escasez de mujeres que ocupan puestos de liderazgo, culpabilizadas por pasar tiempo lejos de sus hijos o criticadas cuando su comportamiento se aleja de los atributos propios de la feminidad y se las considera, por ejemplo, hostiles en vez de estrictas o rigurosas.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) relaciona los síntomas psíquicos padecidos por las mujeres con “factores de riesgo específicos como los roles de género, los factores de estrés, las experiencias vitales negativas (…), la violencia de género, las desventajas socioeconómicas, el bajo nivel de renta y la desigualdad en cuanto a ingresos (…) y la responsabilidad infatigable del cuidado de los demás”.

La OMS estima que “la tasa de prevalencia, a lo largo de la vida, de violencia contra la mujer oscila entre el 16% y el 50%” y que una de cada cinco mujeres sufre una violación o un intento de violación en su vida.

Me preguntaría si de verdad sufrimos más síntomas o es que a los hombres no se les realiza necesariamente un diagnóstico patológico por las alteraciones o problemas que manifiestan. ¿Dónde quedan las conductas disfuncionales y antisociales? ¿Dónde quedan las adicciones que son en su gran mayoría representadas por sujetos de sexo masculino?

Efectivamente, se ha demostrado que la creencia generalizada de que las mujeres tenían peor salud mental es falsa, siendo suficientemente probado que hombres y mujeres tienen simplemente perfiles de salud mental diferentes.

Además, no deberíamos extraer conclusiones de estudios que miden la prevalencia de los diagnósticos de salud mental por sexos basándose exclusivamente en las personas que consultan, lo cual no contabilizará en ningún caso el total de la población. En otras palabras, no se puede determinar que los hombres necesiten una menor atención psiquiátrica o psicológica por el hecho de que consulten menos.

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Por otro lado, se ha relacionado en mayor medida a la mujer con determinados síntomas como el estrés emocional, la ansiedad y la “infelicidad”. A menudo, nuestras quejas en la consulta se catalogan como “inespecíficas”.

¿Pero existen realmente las “quejas inespecíficas de la mujer” o somos como profesionales responsables de esta mala denominación? Es decir, ¿son estas “quejas inespecíficas” la consecuencia de no hablar lo necesario en una entrevista con una mujer y por tanto no llegar a recabar información suficiente que nos permita entender el sufrimiento de esta?, ¿nos falta interés, capacidad y tiempo?, ¿es mejor dejar las cosas como están, como dirían algunos?

El sexismo, factor de riesgo para la salud mental

Las mujeres han experimentado un factor de estrés nocivo que los hombres no han sufrido: el trato sexista.

Así lo concluyeron en el año 2000 las investigadoras Elisabeth A. Klonoff, Hope Landrine y Robin Campbell. Y ese sería el motivo por el cual las mujeres tenían más “síntomas depresivos, de ansiedad y somáticos” que los hombres: que ellas “han experimentado un factor de estrés nocivo que los hombres no han sufrido, el trato sexista”.

Las mujeres que habían experimentado un “sexismo frecuente o violento” presentaron de manera significativa más síntomas que los hombres o que otras mujeres cuya experiencia en cuanto al sexismo era menor.

¿Nos obliga esto a medicarnos más? No debemos olvidar que precisamente existe una mayor tasa de prevalencia en el consumo de ansiolíticos por parte de la mujer.

¿Qué ocurre en una consulta de psiquiatría para que una mujer reciba una prescripción farmacológica en vez de ser orientada a una psicoterapia?

¿Es la psicoterapia, motor de cambio y cuestionamiento individual, interpersonal y social, algo amenazante para los cimientos sobre los que reposa nuestra sociedad?

En mi opinión, la psicoterapia nos permitirá reflexionar y en su caso modificar ciertas ideas, creencias y comportamientos que obedecen a un constructo social en el que muy frecuentemente el rol femenino transmitido, de hijas aprendiendo a sobrevivir como han visto sobrevivir a sus madres y estas a las abuelas, ha supuesto un gran malestar y sufrimiento psíquico para la mujer.

Es muy difícil imaginarnos sin sacrificarnos a nosotras mismas (o incluso admitiendo que lo deseamos) por otros. Para realizar esta transición, que en muchos casos choca con el mandato familiar y social, es recomendable la psicoterapia. Pero la psicoterapia no debería ser amenazante; como dijo Hermann Hesse, solo es algo que ayuda a hacer visible el propio interior.

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4 pasos para el cambio hacia una mejor salud mental para las mujeres

1. Analizar el contexto sociocultural.

Los síntomas mentales son en su gran mayoría el resultado del choque de nuestra subjetividad con otras durante las relaciones interpersonales. Y todo esto ocurre en el contexto de una sociedad e influenciada por determinantes sociales, políticos y culturales.

2. Entender el papel del Otro.

Estos determinantes nos llevan a pensar el malestar psíquico en función de a qué le atribuimos gravedad.

El Otro, como interlocutor de uno mismo, juega un papel importante, tolera o ridiculiza en cada momento el malestar propio.

¿Podría ser este uno de los motivos por los que necesitamos pensar que lo nuestro es depresión y no una simple tristeza, para ser escuchados por el Otro?

3. Potenciar la responsabilidad del profesional.

Los profesionales de la salud mental ejercemos, sin querer, nuestra propia violencia, lo sepamos o no.

Deberíamos preocuparnos antes que nada por las repercusiones subjetivas en la biografía de cada uno. La libertad, tolerancia y pluralidad de la sociedad inciden directamente en los síntomas de las personas y su devenir.

4. Un necesario cambio social.

Vivimos en una sociedad que no tolera manifestación alguna de tristeza y que vive obsesionada por la idea de bienestar. De ahí que se necesite de una transformación de los profesionales de la salud mental y de la sociedad en general.

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