TDD

Trastorno de Despersonalización Des-realización: qué es y por qué ocurre

María José Muñoz (Psicoterapeuta)

En el Trastorno de Despersonalización Des-realización la persona tiene la sensación de no saber quién e incluso puede no reconocer su realidad. Siente que ha perdido totalmente la identidad. ¿Qué puede haber tras este trastorno?

El Trastorno de Despersonalización Des-realización (TDD o SDD) es un mecanismo psicológico muy peculiar. En el momento en que se produce la persona siente que ha perdido su identidad, que no se reconoce como ella, a la vez que puede sentir eso mismo hacia la realidad que la envuelve. El sentimiento de extrañeza, de parecer que se ha desgajado y desaparecido una parte de sí misma, la llena de angustia, incomprensión y desánimo. ¿Qué me está pasado? ¿Me estaré volviendo loca? ¿Se desvanecerá el mundo entero? ¿Esa sensación ha venido para quedarse?

Esta sensación de angustia ocurre porque, en general, estamos muy poco habituados a saber cómo funcionan nuestros mecanismos psicológicos, lo que no sucede cuando nos referimos a nuestro cuerpo. La sabiduría popular nos previene sobre la función que tiene la fiebre en una gripe o de cómo se desarrolla un proceso de cicatrización, o el de un hematoma. Sin embargo, cuando nos enfrentamos a la maquinaria mental, nos sentimos absolutamente desvalidos.

Nos asusta terriblemente y nos genera angustia cualquier tipo de manifestación que nos resulte incompresible. Por eso cuando aparece el TDD y de repente no nos reconocemos (algo que ocurre normalmente por algo que ha sucedido y nos ha generado ansiedad) incrementa más la angustia que sentimos, entrando así en un círculo vicioso. Comprender qué hay tras este trastorno puede ayudarnos a salir de este círculo.

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El origen del TDD o SDD

Este tipo de trastorno está muy asociado a las fobias, aunque puede obedecer a otros conflictos o situaciones que nos hayan llevado a un límite. Sucede que, ante fenómenos que puede que todos hayamos experimentado en un determinado momento de nuestras vidas (situaciones que nos exceden por ser repentinas e inimaginables, acumulación de diversas frustraciones en nuestras vidas, restos emocionales que han ido creando un poso...) en un momento determinado, sin que nada aparente lo promueva, explota en forma de una angustia suprema que colapsa la mente.

Una situación de colapso mental puede llegar a arrasar parte de muestro ego, e incluso, de nuestra realidad.

El proceso puede ser inverso: nos quedamos en blanco, sintiendo todo raro y, después, viene la ansiedad. También puede darse este estado ante cambios o proyectos importantes de nuestras vidas. Creemos que todo sigue su curso normal, pero hay algo de fondo que no acabamos de ver claro o que no acaba de encajar.

El grado y la duración de este estado mental dependerá de lo que haya detrás de esa reacción bloqueante.

Una fuerte traición emocional, un acoso laboral o familiar continuado, unas ideas fijas y obsesivas sobre el sentido de nuestra existencia o la inquietud sobre un futuro incierto, pueden llegar a desencadenar ese colapso mental que, por momentos, borra incluso nuestra imagen en el espejo. Ya no sabemos ni quiénes somos, ni adónde vamos.

Todas estas manifestaciones son el resultado de operaciones que realiza nuestra mente, en general, para defendernos de algo que no podemos asimilar del todo. Bien sea porque la situación es muy fuerte y traumática, desbordando las herramientas psíquicas con las que contamos en un momento determinado; bien sea porque nos faltan recursos vivenciales, emocionales o conceptuales para entender el conflicto de base.

La cuestión es que nos disociamos. Una parte de nuestro yo es testigo de lo que está pasando, la otra parte se ha quedado en blanco.

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¿Cómo podemos abordarlo?

Ahora nuestra lucha es la de restituir esa parte perdida. El dispositivo mental ha logrado neutralizar todo lo que no podíamos digerir, pero por el camino ha borrado parte de nuestro ser. Sería algo así como la quimio frente a un tumor, que logra cargarse a las células malas, pero arrasa también con las buenas.

No solo se trata de restituir esa parte perdida en la des-realización, sino de conseguir los recursos para enfrentar las situaciones de base, saber más y prevenir lo que nos ha llevado ahí.

  • No debemos quedarnos atrapados en una etiqueta de una nueva identidad patológica. No somos un determinado síndrome, sino que padecemos un estado de reacción frente a algo a subsanar. De la misma manera que no somos una enfermedad física, sino que la padecemos y la atendemos para encontrar una solución.
  • Hemos de considerar que los seres humanos nos hablamos a nosotros mismos constantemente. Lo hacemos como si lo hiciéramos a otro. Nos criticamos, excusamos, nos damos ánimos, etc. Cuando se produce un colapso mental se para ese diálogo y nos refugiamos en la parte negativa, creemos que ya solo existe esa parte. Pero no, están las dos. La prueba es que comenzamos a buscar información o ayuda y nos seguimos charlando en el proceso, solo que negativamente y angustiados.

Hay que restituir nuestro diálogo interno en su continuidad normal.

  • Comprender que se rompió un encuadre que, en mayor o menor medida, daba sentido a nuestras vidas hasta cierto momento. Nos resulta difícil aceptarlo y encontrar otros sentidos que no nieguen lo sucedido, pero que no nos ancle en ese lugar y que promuevan recomponer nuestras capacidades.
  • Volver al pasado puede ayudar. Ahí encontraremos un hilo valiosísimo. Recuperemos todo lo que hemos hecho en la vida. Rescatemos sus bondades y todo aquello por lo que apostamos. Preguntémonos por cuales han sido válidas, las que hay que reformular y las que hay que desechar. Rehagamos nuestro yo.
  • Busquemos ayuda. Escribir y hablar con amistades o con un psicoterapeuta que no nos etiquete puede ser necesario. Un buen trabajo terapéutico puede aportar, además de una puerta a ese callejón sin salida, un mayor conocimiento de nuestros recursos y de nuestros sistemas de defensa mentales. Cuanto más sepamos de ellos más preparados y más seguros estaremos en nuestra vida.

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