El duelo tras una pérdida: 7 pasos para transitarlo

Ante una pérdida nuestro mundo emocional se trastoca. Transitar cada etapa viendo qué necesitamos nos permitirá cerrar las heridas y salir fortalecidos.

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El duelo puede definirse como la experiencia de una persona después de una pérdida o el proceso de adaptación a esa pérdida, pero me gustaría aquí acercarme al duelo en un sentido más amplio, sin limitarlo a la pérdida por el fallecimiento de un ser querido.

El duelo es, como decía Freud, «la reacción de pérdida de un ser amado o de una abstracción equivalente: la patria, la libertad, un ideal...». Lo que quiero decir es que no se trata simplemente de despedirse de alguien. La pérdida puede ser de cualquier tipo y, como psicoanalista, voy a aventurarme aún más: la pérdida es aquello que nos acompaña como seres humanos toda la vida.

1. Aceptar la pérdida

A lo largo de la vida sufrimos continuas transformaciones. A los dos años, aprendemos a decir no, y ese «no», con el que viajaremos siempre decidiendo cuándo usarlo y con quién, nos separa ya un palmo de nuestros padres y madres. Después, en la adolescencia, necesitamos volver a soltar lastre para poder construir nuestra propia identidad más allá, de nuevo, de nuestros progenitores.

Comienza un largo camino de decisiones y elecciones. Y cada elección supone, queramos o no, una renuncia. Siempre que escogemos decimos que «sí» a algo y «no» a otra cosa. Ese «no» supone una pérdida, y esa decisión nos transforma… y así sucesivamente.

Este es el punto de partida en realidad: si aceptamos la pérdida, estamos preparados para poder amar. Y, si comenzamos a amar, es altamente probable, por no decir condición sine qua non, atravesar por diferentes pérdidas con sus respectivos duelos.

Al principio una estrategia habitual es actuar como si nada de lo ocurrido fuera real. Es una primera etapa en la que la persona está en «shock», la información aún no se ha asimilado y solo a veces se recuerda que el escenario de vida es diferente.

2. Darse tiempo para sentir

Queda entonces ocuparnos de cómo podemos despedirnos de aquello que nos acompañó y perdimos, que fue parte de nosotros y desapareció. Es decir, cómo podemos gestionar un duelo. Es díficil que la sociedad y que la propia persona doliente se permitan un tiempo suficiente para poder elaborar la pérdida. Queremos atravesarlo lo antes posible, lo que puede hacer que la tarea quede incompleta y requiera terapia más adelante.

No es mi intención utilizar tecnicismos ni palabras estrambóticas para explicar un proceso como el duelo, tan innato al ser humano. Como psicoanalista, siento que cuanto más avanzamos como sociedad, más se tienden a patologizar y psiquiatrizar procesos que antes eran experimentados de forma totalmente natural.

El duelo, bajo mi punto de vista, es uno de esos procesos. Como apuntaba Freud, el duelo no es un estado patológico, y en ningún caso se tiene que someter a la persona a un tratamiento médico ni mucho menos farmacológico, aunque imponga considerables variaciones en la conducta habitual. Sentir enfado, tristeza, fatiga, impotencia, ansiedad o culpa es algo esperable.

3. Escuchar qué se necesita

El duelo supone una alteración emocional. Pese a ello, muchas personas pretenden seguir con las mismas actividades al mismo ritmo. Exigirse más de lo que uno puede abarcar, o actuar fingiendo total normalidad, puede complicar el duelo

Tolstoi dijo: «Solo las personas que son capaces de amar intensamente pueden sufrir un gran dolor, pero esta misma necesidad de amar sirve para contrarrestar su dolor y curarles». Amor y dolor parecen condenados a caminar de la mano. En otras palabras, el ser humano experimenta una amplia gama de emociones a lo largo de su vida. No todas son positivas, y no por ello han de ser eliminadas. Existen momentos vitales en los que este tipo de estados afectivos no solamente deben ser tolerados, sino que, además, son necesarios para dar sentido a la experiencia de la pérdida.

Las emociones por sí mismas pueden favorecer un clima social que es necesario para elaborar el duelo. Me refiero, por ejemplo, a los funerales. La despedida de un ser querido necesita de un ritual en el que poder exteriorizar estos sentimientos. Esto nos coloca en una posición de vulnerabilidad en la que el otro es llamado a dar afecto, y nosotros a recibirlo.

4. Aceptar las emociones

El rechazo de las emociones difíciles, de la expresión de la tristeza, y la incapacidad de asumir una posición de vulnerabilidad pueden conducir a un duelo complicado. De hecho, cuando se niega esta experiencia afectiva se dificulta la aceptación de la pérdida: no solo aceptación intelectual de que esa es la nueva realidad, sino también la aceptación emocional que supone asumir como propios los sentimientos que causan malestar y dejar transitar al cuerpo por esas sensaciones.

La sociedad no ayuda demasiado, pues se tiende a pensar que es útil distraer a la persona en duelo de su dolor, asociado a algo mórbido e insano. Sin embargo, el duelo trata de lo contrario, de no bloquear los sentimientos ni pensamientos dolorosos, lo que permitirá atravesar y disminuir la intensidad de la experiencia angustiante.

Sentir dolor es esencial pero a veces se niega y eso lleva a arrastrar el dolor más tiempo. Destacan actitudes como bloquear lo que se siente, abusar del pensamiento positivo, el uso de tóxicos o buscar alivio viajando de un lugar a otro.

5. Entender el significado de la pérdida

Queda ahora recolocar el afecto que teníamos vinculado a lo perdido. Para ello, necesitamos primero comprender el significado de esta pérdida para poder simbolizar lo que representó y, a su vez, otorgarle otro lugar desde el que seamos capaces de avanzar.

No se trata de olvidar sino de entender qué aprendizaje supuso esa pérdida y mantener así un vínculo menos doloroso. Es lo más difícil, ya que el impulso es deshacerse de lo que nos ha herido o hiere. Escucharse tolerando el malestar cuesta.

La experiencia de pérdida suele acompañarse al inicio de una idealización. Como dice Serrat en su canción Lucía, en una forma brillante de ilustrar esa idealización: «No hay nada más bello que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo que perdí».

Y la canción sigue: «Si, algún día, después de amar, amé / fue por tu amor, Lucía». Parece que la persona de la que escribe Serrat ya ha podido simbolizar. Lucía representa para ella el inicio del amor, con quien comenzó a amar o incluso quien le enseñó a amar, y esto le permite avanzar, ya que da un sentido a esa existencia pese a que terminara en pérdida.

6. Seguir avanzando en compañía

Así como en una depresión se puede requerir terapia psicológica y farmacológica si procede, y estudiándose cada caso, en el duelo es distinto. No hay que tratarlo, ni procurar eludirlo o eliminarlo. Al duelo hay que darle un lugar, un espacio y un tiempo. Hay que atravesarlo si es nuestro, y acompañarlo si es de otro. No queda otra, o como decían las abuelas, «hay que pasarlo».

Las personas pueden sentirse culpables por disfrutar o estar alegres, incluso actuar como si hubiera un error que reparar. Pero albergar nuevas experiencias y emociones positivas es necesario para cerrar. El que no vuelve a amar no ha finalizado la tarea.

7. Poder recordar y sentirse en paz

Tendemos a apresurarnos para eliminar algo o a alguien de nuestra vida porque eso significó dolor, pero no podemos borrar las experiencias; si queremos elaborar un duelo sano debemos recolocarlas. Lo contrario supondría ocultar algo que forma parte de nosotros, querer aniquilarnos en cierto modo, y eso no tiene sentido.

Por último, si seguimos la canción, nos damos cuenta de que efectivamente no existe un olvido. Al contrario, el protagonista ha sido capaz de permanecer vinculado, pero sin experimentar ya dolor. Explica cómo las emociones se van transformando y el recuerdo termina por acompañarle e incluso protegerle de la soledad.

Y es que el duelo acaba cuando la persona ya no necesita rememorar continuamente la pérdida, ni mucho menos con una intensidad que le produzca malestar. Sin embargo, el recuerdo permanece, así como el vínculo. Y sobre todo persiste el fruto de la transformación que produjo en nosotros.

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