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Michel Foucault: La locura, el sexo y la libertad

Más que filósofo, fue un arqueólogo del conocimiento que criticó el sistema político y médico como métodos de control. Un defensor del derecho a ser diferentes y a no ser castigados por ello.

Rafael Narbona

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  • Su metodología era la arqueológica: buscaba los orígenes históricos de los hechos sociales.
  • Denunció la forma en que el cuerpo y la mente se veían alienadas por el poder.
  • Hizo una fuerte crítica de la psiquiatría occidental basándose también en su experiencia como paciente.

Más que filósofo, fue un arqueólogo del conocimiento. Foucault buscó en el pasado las raíces de las represiones que el poder ha ido construyendo para definir la "normalidad" en el comportamiento, la sexualidad o aspectos básicos de la vida cotidiana. Es una alienación de la conciencia y del cuerpo que el activista francés denunció, al tiempo que abogaba por un “pensar diferente” que liberase al ser humano de estas cadenas.

"No creo que sea necesario saber exactamente lo que soy. Lo más interesante es convertirse en algo que no se es al principio"

Una vida en permanente construcción

Michel Foucault fue una de las primeras víctimas ilustres del sida. Murió en 1984 en París, con tan solo cincuenta y ocho años. Durante más de dos décadas, había mantenido una relación de pareja con el sociólogo Daniel Defert. Amantes, amigos, cómplices, desafiaron a una época que aún concebía la homosexualidad como una enfermedad psiquiátrica.

Foucault escribió sobre sexualidad, psiquiatría, sociología, instituciones penitenciarias, medicina, literatura… Nunca ignoró el precio de discrepar, enfrentándose a la mentalidad dominante: “Hay que ser un héroe para no seguir la moralidad de tu tiempo”.

Publicó tres ensayos sobre la psiquiatría en el mundo occidental, claves en su crítica histórica de la modernidad: Enfermedad mental y psicología, Historia de la locura en la edad clásica y Nacimiento de la clínica.

"Cada individuo debe llevar su vida de tal forma que los demás deben respetarla y admirarla."

Su interés por el tema no era puramente teórico, sino fruto de su experiencia como paciente. Foucault necesitó largas sesiones de psicoterapia para aceptar su identidad homosexual.

Su sentido de la libertad le impidió estancarse en una identidad inmutable: “No me preguntéis quién soy, ni me pidáis que siga siendo yo mismo”.

Para Foucault, el saber no era simple erudición, sino una mirada penetrante que destruye mitos y prejuicios, invitando al ser humano a recuperar la inocencia de la niñez, cuando la conciencia aún no se ha convertido en una cárcel del pensamiento.

El origen de la psiquiatría

En sus ensayos sobre los orígenes de la psiquiatría, sostiene que el loco ha ocupado el lugar del leproso. En el siglo XVIII, aparecen los primeros manicomios, cuya función es esencialmente represiva. No se busca curar, sino apartar, segregar, excluir.

No es casual que en esas mismas fechas aparezcan las primeras escuelas obligatorias y las prisiones mejoren sus métodos de vigilancia mediante el panóptico, una estructura arquitectónica ideada por el filósofo utilitarista Jeremy Bentham, gracias a la cual es posible vigilar a todos los reclusos desde una torre central sin que ellos puedan advertirlo.

“Las cárceles, los hospitales y las escuelas presentan similitudes porque sirven para la intención primera de la civilización: la coacción."

La tarima del maestro y la torre de vigilancia provocan una poderosa intimidación, actuando como un gigantesco ojo que capta y escruta cualquier movimiento. La sensación es tan abrumadora que se interioriza y automatiza la sumisión.

En el caso del enfermo mental, dice Foucault, la coacción es más compleja, pues su mente es particularmente rebelde. Por eso, se recurren a supuestas terapias con un alto grado de violencia física y psíquica. Además, se asocia la locura al crimen, el libertinaje y la inmoralidad. El objetivo último no es tan solo alienar (separar) al enfermo mental de la sociedad, sino recluir en manicomios a rebeldes, extravagantes e inadaptados.

El manicomio y la enseñanza reglada no existirían sin un discurso dominante. El poder necesita controlar las ideas, monopolizar el saber, imponer su visión del ser humano y la realidad. Identificamos el poder con el Estado, pero el poder real no se ejerce solo desde las instituciones.

Foucault –que tenía como maestros a los filósofos alemanes Nietzsche y Heidegger– habla de “microfísica del poder” para explicar que el poder configura aspectos básicos de nuestra vida cotidiana, indicándonos cómo debemos vivir nuestra sexualidad, qué podemos comer o cuál es la forma adecuada de vestirse.

La sexualidad coartada

En su Historia de la sexualidad, investiga la coerción ejercida sobre nuestros impulsos en nombre del orden social. A partir del siglo XVIII, se invoca la Razón para radicalizar el sacramento católico de la confesión, convirtiendo la minuciosa expiación de los pecados en una experiencia terrorífica.

Al igual que el panóptico, el confesionario somete al individuo, violando su intimidad. “En Occidente –escribe Foucault– el hombre se ha convertido en una bestia de confesión”.

Se bendice el sexo reproductivo, pero se persigue implacablemente a “la mujer histérica, el niño masturbador y el adulto perverso”. El deseo sexual de las mujeres se interpreta como un desarreglo neurótico. La exploración del propio cuerpo se prohíbe de forma tajante, especialmente durante la pubertad. Las fantasías sexuales se consideran aberrantes, pues incumplen la expectativa de procrear.

"Los cuerpos deben encontrarse libremente. Eso es lo verdaderamente liberador."

Se podría esperar que Foucault celebrara la “liberación sexual” de las últimas décadas, pero no es así, pues entiende que el sexo se ha reducido a una compulsión. Si orientamos nuestra vida sexual al orgasmo, viviremos hipnotizados por un clímax que muchas veces solo produce un placer insuficiente.

La evolución de la identidad

En sus últimos escritos, habla de la necesidad de reinventar y reelaborar el yo: “Debemos promover nuevas formas de subjetividad, renegando del tipo de individualidad que nos ha sido impuesto durante muchos años”.

Una muerte prematura interrumpió su trabajo. Dejó varios manuscritos sin terminar. No sabemos cómo habría evolucionado su pensamiento: “Nunca sé, cuando comienzo un trabajo, qué pensaré al concluirlo. Cuando escribo, lo hago sobre todo para cambiarme a mí mismo y no pensar lo mismo que antes”.

Si Foucault viviera, tendría más de noventa años. ¿Cómo desearía que leyéramos sus libros? Probablemente como una aventura de la que saldremos transformados.

Derecho a ser diferentes

Las palabras y las cosas es la obra que hizo de Michel Foucault una figura intelectual relevante en todo el mundo. En ella divide la historia de la humanidad en tres épocas o epistemes: renacentista, clásica, moderna.

El signo de nuestra época es la medicalización del comportamiento humano. Al igual que el maestro o el policía, el médico ejerce una estrecha vigilancia sobre el individuo, reprimiendo cualquier conducta que se desvíe de la norma. Los manicomios no son centros de salud mental, sino espacios de reclusión con diferentes tipos de castigo: electrochoque, camisas de fuerza, internamiento indefinido, un arsenal farmacológico que colapsa la mente y el cuerpo del paciente.

“El control de la sociedad sobre los individuos no solo se efectúa mediante la conciencia, sino también en el cuerpo y con el cuerpo”.

Michel Foucault llama “biopolítica” a la alianza entre la medicina y el poder. La sobremedicación y la psiquiatrización del comportamiento son mecanismos para desactivar cualquier forma de rebeldía. El primer paso para gozar de una auténtica libertad consistiría en rescatar nuestro cuerpo y nuestra mente de esa trama represora, reivindicando el derecho a ser diferentes y a no ser castigados por ello.

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