Sexualidad

Orgasmos, frecuencia, duración, placer… ¿Qué mitos sexuales nos han hecho creer?

Demián Bucay

La sexualidad es un terreno fecundo para la aparición de ciertos mitos, como la necesidad de llegar al orgasmo, la frecuencia con la que debe practicarse el sexo o la obligación de satisfacer al otro a toda costa. Solo si nos liberamos de estos tópicos podremos disfrutar de un verdadero encuentro íntimo con nuestra pareja.

Los mitos sexuales son uno de los factores que más influyen en el sufrimiento que las personas podemos sentir alrededor del sexo, así como en las dificultades que podemos experimentar a la hora de practicarlo.

Los mitos siempre nos hablan de un ideal y, por eso, cuando los tomamos como verdades irrefutables, nuestra sexualidad aparece siempre empobrecida o, todavía peor, patológica.

Es de suma importancia desmitificar, desmentir, estas falsas creencias que pueden entorpecer nuestras relaciones.

Si logramos deshacernos de todos estos mitos, si conseguimos descubrirlos como lo que realmente son, falsas creencias que hemos convertido en verdades absolutas, estaremos en condiciones de no juzgar negativamente nuestra propia sexualidad.

Entonces haremos del sexo algo accesible, no una práctica sagrada que solo puede realizarse en las condiciones ideales… Dejaremos de pensar el sexo en términos de resultados finales, victorias y fracasos, y podremos estar más libres para disfrutar de lo que verdaderamente es, el encuentro de dos personas.

Hay prejuicios y creencias infundadas en casi todos los aspectos referentes a la vida sexual. Así pues, y a fin de realizar una refutación más sistemática, englobaré los distintos mitos sexuales en tres categorías: el orgasmo, el desempeño y el placer del otro.

Creencias erróneas sobre el orgasmo

El orgasmo se ha convertido en el depositario de infinitas creencias. Quizá por su fama como punto cúspide, como clímax de la relación sexual, es por lo que el orgasmo es el centro más frecuente y extendido de las idealizaciones en lo referente a la sexualidad. Ya en esto encontramos una primera idea perjudicial, pues el orgasmo no tiene por qué ser necesariamente el punto culminante de la relación.

El orgasmo no es otra cosa que un momento en el que hay una gran descarga energética y de tensión que, precisamente por eso, va acompañado de un gran placer, pero nada indica que la relación deba terminarse cuando este se produce, ni en el hombre ni en la mujer.

Muchas veces utilizamos como sinónimo de “tener un orgasmo” la palabra “acabar”.

Esto nos da una idea de lo extendida que está la identificación del orgasmo con el final de un encuentro físico. Pero no tiene por qué ser así. Una relación sexual no se desarrolla en una línea recta que asciende siempre hasta un punto máximo en el que todo “explota”.

Un encuentro verdadero tiene muchos momentos, unos de aceleración y otros de enlentecimiento, la intensidad baja y sube alternativamente. Es cierto que después del orgasmo, o de la eyaculación en el hombre, suele disminuir el ritmo porque la excitación disminuye; pero este instante tiene ciertas características que, de continuarse, pueden dar lugar a otro momento.

El mito del orgasmo como final es también el origen de otras creencias, tan o más perjudiciales, como la idea de que el orgasmo debe ser el objetivo de toda relación sexual.

Esto conduce a la creencia de que una relación es incompleta o insatisfactoria si alguno de los dos no alcanza el orgasmo. Y, entonces, nos perdemos lo verdaderamente placentero que puede resultar el encuentro en sí. Y no solo eso sino que, dado que el orgasmo se caracteriza por una breve pérdida de control, al perseguirlo tan deliberadamente no hacemos más que ponernos dificultades para alcanzarlo.

Por último, está la idea de que no solo debemos tener un orgasmo los dos sino que, además, debemos tenerlo de forma simultánea. Si nos ponemos todas estas restricciones, cada relación sexual se convertirá más en un esfuerzo por lograr que todo funcione “acertadamente”, como si se tratase de hacer funcionar una compleja maquinaria, más que de la intimidad de nuestro encuentro.

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Mitos sobre el desempeño sexual

¿Cuánto debe durar una relación sexual? ¿Cuál es la frecuencia óptima? ¿Y la intensidad? La respuesta más evidente está teñida de mitificación: cuanto más, mejor… Pero la realidad es que cada pareja tiene su propia respuesta; la única frecuencia, duración e intensidad que deben tener las relaciones sexuales de una pareja son, sencillamente, aquellas que sean satisfactorias para los dos en cuestión.

No existe ninguna referencia externa que deba ser tenida en cuenta por una pareja a la hora de definir estas cuestiones. Si para ellos es satisfactorio tener relaciones sexuales una vez al año, puntualmente en el cumpleaños de él o de ella, por poner un ejemplo, y si ambos están contentos con ello, no deben tener ni una sola relación más para acercarse a lo que creen que sería deseable o esperable.

Si, por el contrario, a otra pareja –o la misma pareja en otro momento de su relación–, lo que les satisface es mantener relaciones sexuales tres veces al día, tampoco deben disminuir ese ritmo por miedo a ser tildados –por otros o por sí mismos, da igual– de lascivos. Y lo mismo vale para la intensidad, la duración del acto o para determinar qué tipo de prácticas han de ser aceptadas o no en el encuentro sexual.

Las únicas condiciones a tener en cuenta son aquellas que determinen las dos personas involucradas en la relación: si para ellos es sano y placentero, los demás tendremos que llamarnos respetuosamente al silencio. Tildar de perversión cualquier práctica sexual solo porque nosotros no la elegimos es un acto profundamente discriminatorio.

Inhibir cualquier apetito o deseo propio porque no responde a los supuestos cánones sociales es un acto que va decididamente en contra de la propia salud, plenitud e integridad.

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Ideas infundadas sobre el dar o recibir placer

Finalmente, hay toda una serie de mitos que apuntan a que “es mi responsabilidad proporcionar placer a mi compañero”. Esta idea es muy perjudicial porque, en primer lugar, nos responsabiliza de algo que no podemos manejar.

Si no queremos entregarnos, soltarnos, si no queremos –por vergüenza o por orgullo– comunicar al otro lo que nos da placer…, ¿cómo se supone que podrá satisfacernos? Es imposible.

Esto lleva a que, durante la relación, cada uno esté pensando si el otro está pasando un buen rato y “monitorizando” el desarrollo del encuentro, lo que no es para nada excitante ni enriquecedor.

La única salida es devolver a cada uno la responsabilidad sobre su propio placer.

Por ejemplo, si nos gusta que nos rasquen la oreja izquierda mientras practicamos el sexo oral, es nuestra responsabilidad hacérselo saber a nuestra pareja, pues esta no tiene por qué –ni cómo– adivinarlo. Si no conseguimos disfrutar del encuentro, no significa que nuestra pareja esté haciendo algo mal. O es nuestro problema o, simplemente, no conectamos, pero de ninguna manera podemos acusar al otro de no satisfacernos.

Es cierto que es importante tener en cuenta a nuestra pareja, atender a sus demandas, procurar su bienestar, conseguir un ambiente de confianza y comunicación…, pero de ahí a que su placer sea nuestra responsabilidad, hay un largo trecho.

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