Más allá del modelo biomédico

Medicar la tristeza no es la solución

Nuestra sociedad medicalizada convierte ciertos estados de ánimo en patologías, reduciendo la complejidad del ser humano a un diagnóstico con su correspondiente pastilla.

Lisa Appignanesi

modelo biomedico antidepresivos patologias

En los años setenta del siglo XX la industria farmacéutica experimentó un gran crecimiento y, con este, apareció una nueva edición, revisada y ampliada, del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales o DSM).

Auspiciada por el psiquiatra Robert Spitzer, su finalidad era, a priori, dotar a la psiquiatría de mayor fiabilidad médica. Sujeta a sucesivas revisiones, esta clasificación que enumera y describe una enorme variedad de trastornos mentales ha pasado a ser utilizada internacionalmente.

Las descripciones de las categorías diagnósticas del DSM gobiernan hoy el mundo de la medicina y de la psiquiatría.

Este manual, respaldado por la comunidad científica, sirve, en general, para unificar la práctica de cara a los proveedores de seguros, los burócratas y los estudios estadísticos. También es posible que ayude a algunos enfermos que buscan la tranquilidad que puede proporcionarles un diagnóstico junto a su medicación correspondiente, que, a veces, es incluso útil.

Pero no hay que perder de vista la forma en que han aparecido tales enfermedades y la función primordial que cumple su descripción.

Una concepción química del ser humano

Buena parte de estos trastornos, a menudo clasificados como conductuales, aparecen asociados a un tratamiento farmacológico “recomendado”. De hecho, la mente humana, con sus confusas emociones, apenas se ha visto libre de fármacos a lo largo del siglo XX, ni del XIX.

En general, la depresión se ha convertido en el trastorno más común del que se ocupa la práctica psiquiátrica, llegando a alcanzar el 28 % de todas las consultas. En su página web oficial, el British Royal College of Physicians (el Colegio Real de Médicos Británico) señala que, en la actualidad, hay disponibles una treintena de antidepresivos distintos.

La depresión, el trastorno anímico más común, es también el que mayores ingresos reporta a las compañías farmacéuticas. Pero sin diálogo, conocimiento de uno mismo ni cambio social no puede haber curación.

Empezaron a prescribirse en los años cincuenta y se dividen en cuatro grandes grupos: los antiguos tricíclicos; los inhibidores de la MAO (monoamino oxidasa); los preferidos ISRS (inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina), entre los cuales se encuentra el famoso Prozac, más conocido actualmente como fluoxetina; y el IRSN (inhibidor selectivo de la recaptación de serotonina y noradrenalina).

El Royal College admite, de forma bastante franca, que no se conoce totalmente el funcionamiento de estos fármacos, pero que se cree que surten efecto porque aumentan la actividad de ciertos neurotransmisores que pasan señales de una célula cerebral a otra. Se cree que los químicos más involucrados con la depresión son la serotonina y la noradrenalina.

Las pastillas de la felicidad

Entre 1988, año en que se introdujo, y 2001, el Prozac se prescribió a más de treinta y cinco millones de personas en todo el mundo. En 1999 hubo constancia de que un millón de niños en Estados Unidos tomaban antidepresivos, entre ellos Prozac con sabor a menta.

Los presupuestos para publicidad de las mayores compañías farmacéuticas siguen siendo enormes, mayores que la cantidad dedicada a investigación y desarrollo.

Si bien es cierto que cuando alguien se siente vulnerable o deprimido necesita ayuda, deberíamos recordar que, como recoge la página web del Royal College of Psychiatrists (Colegio Británico de Psiquiatras):

  • Muchas de las depresiones más comunes desaparecen por sí solas, sin tratamiento, al cabo de unos ocho meses.
  • Entre un 24 % y un 35 % de las personas mejoran después de tres meses tomando un placebo.
  • Algunos de los pacientes que figuran en el 50 %-65 % que mejora con un tratamiento farmacológico, durante ese mismo periodo de tiempo, lo hace, también, debido al efecto placebo.

Dado que la Organización Mundial de la Salud reconoce que el 33% de las enfermedades actuales están causadas por tratamientos médicos (es decir, son iatrogénicas o inducidas por los médicos), quizá sea más seguro contar con una atención médica menos centrada en los fármacos, especialmente tras haber salido a la luz algunos de los aspectos ocultos de los ensayos clínicos que llevan a cabo las compañías farmacéuticas y la poca efectividad de ciertos “fármacos seguros”.

Obsesión por el ánimo

Uno de los problemas de nuestra sociedad dominada por la química es que la frontera entre las drogas ilegales de uso lúdico y la “psicofarmacología cosmética”, tal como la llamó acertadamente el psiquiatra Peter D. Kramer, es muy fina. A fin de cuentas, los antidepresivos son “mejoradores” del estado anímico, igual que muchas de las sustancias ilegales.

En ambos casos, la cuestión más importante de la vida se sitúa en el estado de ánimo, en los subidones y los bajones y aquello que los produce, por encima de cualquier otra cosa. ha creado una gran confusión acerca de las drogas, los estados anímicos, la enfermedad y el comportamiento. Lo lícito y lo ilícito, la honorable ciencia médica y los traficantes, crean una concepción química del hombre que lo reduce a dos categorías, trastorno mental o criminalidad, con poca distancia entre ellas.

La perspectiva neurológica de la vida no es suficiente para englobar la complejidad del ser humano.

La depresión como resistencia

Nuestra sociedad dominada por la química, con sus arrebatos periódicos de fe en las curas mágicas, logra a veces ilusionar a pacientes, médicos e investigadores con que las enfermedades pueden erradicarse o controlarse fácilmente, pero la realidad suele ir por otro lado.

Esto es especialmente evidente en los historiales de quienes la ciencia médica –y los mismos afectados– catalogan como deprimidos, bipolares o maniacodepresivos. En estos casos, el dolor es palpable, así como la confusión y el sinsentido. Estos historiales revelan que la vida escapa a las categorías médicas actuales y a lo que se etiqueta como curación.

Existe la tentación de preguntarse si no sería mejor pensar que estos trastornos crónicos (ya sean sus causas genéticas, constitucionales, químicas o medio ambientales) forman parte de la condición humana actual.

El célebre psicoanalista francés Pierre Fédida señaló que la única forma de entender la depresión es considerándola inherente a una sociedad de cambios rápidos que exige rendimiento e iniciativa a toda costa. En un mundo así, estar deprimido es una forma de resistencia, de estar inactivo y de rechazar el rendimiento.

Si ahora las drogas son menos tóxicas y pueden surtir efecto, Fédida sugiere que la verdadera tarea es conocerse mejor a uno mismo, mediante el diálogo que se establece en la terapia, para enfrentarse a las fuertes conmociones de nuestra época. Por fortuna, todavía hay profesionales de la psiquiatría cuyos métodos de trabajo no se reducen a los manuales de diagnóstico.

Trastornos de cada tiempo

Es útil recordar que los trastornos de hoy se han considerado en el pasado de otra forma.

  • Freud podría haber diagnosticado a un enfermo de depresión como histérico.
  • En la Norteamérica de mediados del siglo XX, hubiese sido esquizofrénico.
  • En el mundo prepsiquiátrico, con los horrores de la vida de un manicomio, habría tenido pocas opciones.

No condeno estos tiempos dominados por la psiquiatría farmacológica, pues gran parte de la asistencia, medicación y terapia verbal disponible mejoran efectivamente la vida de las personas que sufren. Pero nuestro viaje por la historia nos advierte de algo: la enfermedad mental es también un simple nombre dado por los doctores de la mente.

La enfermedad puede proporcionarle al paciente un significado y una definición durante un tiempo, pero también puede infligirle un estigma.

Muchas personas pasan, en algún momento de sus vidas, por algunos de los estados que ahora llamamos enfermedades mentales o trastornos mentales crónicos. Pero no hay, para la mayoría de estas afecciones mentales, independientemente de cómo las llamemos, una cura definitiva o curaciones químicas que produzcan una felicidad o una estabilidad emocional duraderas.

La recuperación, la salvación, la curación no son milagrosas; ninguna pastilla es el paraíso.

Artículos relacionados

¿Deseas dejar de recibir las noticias más destacadas de Cuerpomente?