Conflictos internos

¿Por qué nos estresamos? Comprender el verdadero origen del estrés es vital para reducirlo

Ignacio Morgado. Catedrático de psicobiología

Detrás de cualquier situación de estrés se esconde siempre una misma causa: el conflicto entre aquello que sentimos y lo que pensamos, entre nuestra emoción y nuestra razón. Entender que este desacuerdo interno, y no los condicionantes externos, es el origen de nuestra ansiedad, nos ayudará a encontrar la mejor manera de recuperar el equilibrio perdido.

En las sociedades tecnológicamente avanzadas, casi nadie se libra del estrés. Es un estado de ansiedad, o incluso de miedo, que, lejos de ser pasajero por responder a una situación puntual, se instala permanentemente en nosotros y provoca que se nos acelere el corazón, se eleve la tensión arterial, se movilicen las reservas energéticas del hígado y se activen las glándulas endocrinas, que producen cantidades anormales de hormonas como la adrenalina o el cortisol.

Todo esto daña el sistema cardiovascular y contribuye a que disminuyan las defensas en el sistema inmunitario y mueran más neuronas de las habituales en nuestro cerebro. Es como si un coche, en lugar de acelerarlo solamente cuando es necesario para adelantar a otro, lo lleváramos continuamente acelerado. Pero, ¿qué nos lleva a entrar en ese estado?

Dejémoslo claro desde el principio: el estrés no es la causa de lo que nos pasa sino su consecuencia.

Cuando alguien, aunque sea el médico, nos dice “eso que te pasa es estrés”, no nos está diciendo nada nuevo sino algo que ya sabemos; es decir, que estamos angustiados, cansados, desmemoriados, malhumorados, intolerantes y hasta es posible que enfermos. Eso es el estrés, el conjunto de alteraciones del cuerpo y la mente que resultan de una actividad intensa y sostenida de nuestros sistemas nervioso autónomo y endocrino.

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La ausencia de estrés es, por tanto, un componente importante de nuestro bienestar. Para reducirlo o eliminarlo, necesitamos identificar sus causas previamente. Si preguntásemos a diferentes personas por qué están estresadas, con toda seguridad nos hablarían de las prisas, el exceso de trabajo, la masificación urbana, el tráfico desmesurado, los conflictos interpersonales, la competitividad, la falta de adaptación a las nuevas tecnologías, las insatisfacciones personales, la polución, los ruidos…

Sonia Lupien, afamada neurocientífica canadiense especializada en estrés, considera que la principal fuente de estrés en la vida moderna son los medios de comunicación; es decir, la cantidad de información sobre accidentes, catástrofes y acontecimientos negativos con la que cotidianamente nos bombardean los periódicos, las radios, las cadenas de televisión y ahora también internet.

En este último caso, pensemos en la persona que, con poco conocimiento médico, escudriña en la red y se atemoriza al atribuirse por ignorancia falsos diagnósticos clínicos. Ciertamente, si evaluamos la esencia de las noticias que nos proporcionan los medios de comunicación, no tardamos en concluir que lo bueno, lo que no produce estrés, rara vez es noticia.

Pero limitarnos a hacer la lista de lo que causa estrés no nos ayuda demasiado a combatirlo. Lo que sí puede hacerlo es analizar cada una de esas circunstancias que son capaces de activar desmesuradamente nuestro organismo.

Por ejemplo, ¿por qué el exceso de trabajo o los embotellamientos de tráfico producen estrés? ¿Qué tienen de especial y/o en común que pudiera explicarlo?

No parece que la explicación se encuentre en el mero exceso, pues cuando algo nos motiva, los excesos para conseguirlo pueden ser gratificantes en lugar de estresantes. Pensemos en lo bien que nos sentimos cuando, tras realizar un gran esfuerzo, acabamos con éxito un trabajo importante o ganamos una competición, o en lo menos estresante que resulta el mismo tráfico cuando no tenemos prisa por llegara ninguna parte.

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Quizás el cansancio físico contribuye al estrés, pero hay algo más que deberíamos detectar como causa crítica y relevante del mismo. Ese algo, en mi opinión, no es otra cosa que el conflicto que, con frecuencia, tiene lugar entre nuestros deseos y nuestras posibilidades, es decir, entre nuestras emociones y nuestro razonamiento.

Si lo pensamos detenidamente, en casi todas las causas reconocidas de estrés encontramos un conflicto entre emoción y razón.

De hecho, una parte de nuestro cerebro, la corteza cingulada anterior, se activa especialmente en esos casos y funciona como una especie de alarma del desequilibrio relacionada quizá con la inducción de los cambios que ocurren entonces en nuestro organismo. Si el exceso de trabajo nos estresa es porque no le vemos sentido o porque, a pesar de haber realizado el esfuerzo, no hemos conseguido todo lo que nos habíamos propuesto con ello.

Lo que realmente produce estrés es querer más –emoción– de lo que es posible –razón–. Es decir, proponernos continuamente más de lo que podemos asumir, y experimentar con frecuencia la frustración de no conseguirlo. Por conocernos poco a nosotros mismos, muchas veces solemos adoptar la errónea estrategia de proponernos diez para conseguir cinco. Después resulta que no conseguimos ni dos. La frustración se apodera de nosotros, y el repetido ejercicio de esa mala estrategia instaura el estrés en nuestro organismo.

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¿Qué debemos hacer para evitarlo?

Muy sencillo, auque no siempre fácil: hay que ajustar emoción y razón. Esto es, o proponernos menos –cambiar nuestra emoción–o trabajar más y/o mejor –cambiar nuestro razonamiento–. Podemos poner el ejemplo de la infidelidad. Alguien que engaña a su pareja puede ser víctima de un sinvivir al afrontar el desequilibrio entre su nuevo amor –emoción– y su mala conducta –razón–.

También en este caso hay solo dos soluciones: o se abandona el nuevo amor o se encuentran motivos racionales para mantener la infidelidad. Observemos que –como en otros muchos casos– hay un desequilibrio emoción razón que, si no se corrige modificando uno de los parámetros, constituye una fuente de intensa y permanente respuesta emocional negativa, es decir, de estrés. Ese estrés desaparecerá cuando se recupere el mencionado equilibrio.

La clave para lograr el acoplamiento entre la lógica y los sentimientos, entre la emoción y la razón, está precisamente en utilizar la razón, porque tenemos sobre ella un control mucho más directo que sobre nuestras emociones.

Por así decirlo, la capacidad de razonar está en buena medida a nuestro alcance, es nuestra, mientras que la emoción se nos impone sin que podamos evitarla o controlarla con facilidad. Razonando podemos gestionar nuestras emociones para ajustarlas a nuestros razonamientos o, a la inversa, gestionar nuestros razonamientos para ajustarlos a nuestras emociones. La llamada “inteligencia emocional” consiste precisamente en la capacidad de cada persona para gestionar sus emociones utilizando la razón con el objetivo de acoplarlas.

Seamos realistas: el bienestar cotidiano solo puede basarse en el estado cotidiano.

Y lo que la inteligencia y el cerebro emocional nos dicen es que, para mejorar ese estado, la solución no consiste en vivir mejor unos determinados días sino en ajustar nuestras aspiraciones y ritmos diarios a la medida de nuestras posibilidades. Así, el resultado de nuestro trabajo y comportamiento, lejos de frustrarnos, nos producirá la sensación de que controlamos las situaciones que vivimos.

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El equilibrio emoción-razón nos permite vivir con la sensación de que, en la medida de lo posible, controlamos nuestra salud, nuestro tiempo, nuestra economía, las relaciones que tenemos, el trabajo, el ocio… Esta sensación emocional de autocontrol es la antítesis del estrés y un poderoso generador de bienestar.

No se trata de hacer menos de lo que hacemos sino de ajustar nuestras pretensiones a nuestras posibilidades en todos los ámbitos de nuestra vida.Y es que el bienestar no depende tanto de nuestro estatus como del estado orgánico y los sentimientos que genera el estar o no ajustados al nivel en el que nos desenvolvemos. Acabaremos parafraseando al escritor Baltasar Gracián: “¡Cómo se duerme cuando uno no yerra ni en el estado, ni en la ocupación, ni en la vecindad, ni en los amigos!”.

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