Salud mental

Angustia: ¿libertad o encerrona?

Mª José Muñoz

Se manifiesta en forma de miedo, desbordamiento, impotencia, culpa, o todas esas cosas a la vez. Sea como fuere, ese sentimiento siempre es una voz de alerta que conviene escuchar.

Somos libres de escoger nuestro camino y sabemos que de esa elección depende nuestro futuro. Esa libertad de poder elegir un buen o un mal destino, según decía el filósofo Kierkegaard, es la angustia. Sin embargo, para quien la siente, la vive más bien como una encerrona: ese mal destino está temerosamente ya ahí, y no puede huir de él.

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¿De dónde viene la angustia?

La angustia se produce en prácticamente todos los ámbitos de la vida: puede generarla una determinada situación, un objeto concreto o algún tipo de persona, pero en realidad siempre nace en nuestro interior.

De ahí surgen las palabras que, como un soliloquio, nos vamos repitiendo a nosotros mismos conduciéndonos hacia el desasosiego. El abanico de lo que nos decimos puede ser amplio: nos recordamos esa larga lista de deberes de la agenda familiar, social o laboral a los que no llegamos; nos exigimos cubrir determinadas expectativas hacia nosotros mismos o hacia otros; o repasamos situaciones que pueden habernos llevado a padecer consecuencias económicas o a desencadenar una ruptura de tipo sentimental o profesional.

Cada uno de estos tipos de mensajes da lugar a distintas clases de angustia.

Lo que aparece...

  • La angustia acumulativa es la que se presenta en el primer caso. El sentimiento se va gestando en pequeñas dosis hasta que en algún momento irrumpe de forma desbordada, sin aviso y, en general, acompañado de cierta depresión.

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  • El segundo caso surge cuando la identidad de la persona es muy dependiente de la imagen que le devuelven los otros. Es una angustia de “sube y baja”, tiene picos. Aparece cada vez que la persona siente que su pareja, jefe o compañeros no la reconocen, cuando critican algo de lo que hace o si se equivoca en alguna cuestión. Estas ideas quedan fijadas en su mente, dando vueltas, y entonces la ansiedad la corroe. Tras esta tensión desencadenada, la calma puede llegar de nuevo gracias a la terapia o a la ayuda de otros interlocutores que resuelven el entuerto, pero la angustia surge otra vez en cuanto vuelve a darse una situación similar.
  • En el tercer caso, cuando el detonante es algún tipo de relación que se desvincula –sea laboral o sentimental– o incluso una pérdida económica, la angustia puede provocar una despersonalización total. El sujeto, descolocado de un escenario en el que vivió, de repente se siente arrojado fuera de sí y ya no sabe del todo ni quién es, ni qué lugar ocupa ahora en el mundo.

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  • Otra forma de angustia similar –aunque distinta– es la psicótica. Se desencadena en personas que interpretan los fenómenos que los envuelven de una forma irreal. La realidad en ellas pierde su sentido y entran en una especie de abismo ante una fragmentación que intentan, pero que no consiguen, unir a través de un delirio imaginario.

... y lo que está ausente

En todos los tipos de angustia el problema es que falta algo. Se ha abierto una brecha en la que se deja entrever un agujero, un fragmento que no está y supuestamente debería estar.

  • En el caso de la angustia acumulativa, si pusiéramos el símil de un puzle con una imagen de nosotros mismos, siempre faltaría una pieza. Por más sobresfuerzo que hiciéramos por acabarlo, nunca lo lograríamos. Es lo que les pasa a los que pretenden ser supermán o superwoman y, además, se sienten culpables por no conseguirlo. La culpa, que es la agresividad que les produce la situación, se vuelve sobre ellos mismos.
  • En la angustia fluctuante, la que tiene picos, al dibujo se le tendrían que añadir las siluetas de los otros –pareja, compañeros, amigos– con los que tendría que darse una perfecta y continua sintonía que, sin embargo, solo se logra momentáneamente. Aquí los reproches por esa pieza que falta son alternantes: a veces se dirigen hacia aquellos que no los entienden; otras, hacia sí mismos. Al dormir tienen la sensación de haber estado toda la noche batallando.

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  • Para quien padece la angustia que ocurre tras un detonante como una ruptura brusca, es como si le hubieran desaparecido todas las piezas de su puzle y solo quedase un gran agujero blanco. Aunque en realidad esas piezas están allí, al verlas desordenadas, su perfil como persona parece desaparecer y solo queda una mezcla de tristeza, rabia, ansiedad y desconcierto.
  • En la psicosis, las piezas –es decir, la identidad de la persona– salen volando e inundan la realidad de fragmentos a los cuales se les intenta dar una interpretación que rehaga algún tipo de puzle. Los delirios y alucinaciones son sus intentos fallidos.

La angustia, en resumen, siempre surge por un conflicto entre lo que debería ser y lo que es. Esto produce la sensación de un fallo que la persona cree que no debería darse.

De esa frustración surge la agresividad, que puede estar dirigida hacia nosotros mismos y/o hacia los demás. Y los sentimientos de culpa, que también pueden ser hacia dentro y/o hacia fuera. Y vuelta a comenzar.

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