Madurez emocional

¿Por qué hay adultos que son inmaduros emocionalmente?

Damos por sentado que una persona adulta es madura y equilibrada. Pero hoy vivimos en la sociedad del desequilibrio, el narcisismo y la inmadurez emocional. ¿Qué significa ser una persona emocionalmente madura? ¿Qué podemos hacer para reforzar nuestro equilibrio personal?

Seguro que conoces a algunas personas que tienen reacciones totalmente inmaduras, a pesar de ser adultas, y que, en determinadas situaciones, se comportan como niños pequeños.

Los años de infancia y adolescencia del ser humano, un periodo mucho más largo que el de las demás especies del planeta, representan el tiempo de aprendizaje que se supone necesita una persona, desde su nacimiento hasta la adultez, para alcanzar, madurez emocional, equilibrio personal e independencia social y económica.

Esto en teoría, pues en la práctica, tras vivir estas etapas acumulando graves carencias de desarrollo, muchas personas no logran alcanzar la madurez emocional que corresponde a su edad biológica y siguen arrastrando rasgos y comportamientos infantiles en su edad adulta.

¿Qué significa ser una persona emocionalmente madura?

Si imaginamos el nivel de madurez emocional de las personas como una línea continua, en el centro podríamos hallar el equilibrio, mientras que en los extremos, nos toparíamos con personalidades opuestas entre ellas, pero igualmente inmaduras y desequilibradas.

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En una punta de esta línea imaginaria, encontraríamos a las personas que no pueden evitar dejarse llevar por los impulsos y que pierden el control con facilidad. En el extremo opuesto, tendríamos a aquellas personas que reprimen sus emociones y apenas dejan entrever lo que están sintiendo. Se muestran educadas y correctas, pero son frías y distantes en el trato.

Ambos extremos corresponden a personas con claros desequilibrios de personalidad y una grave inmadurez emocional.

Poseer un buen grado de madurez significa estar conectado con tus emociones, saber escucharlas y encauzarlas para que no nos dañen a nosotros o a otras personas.

Podríamos definir la madurez emocional como un equilibrio entre cabeza y corazón, entre razón y emoción. En una persona equilibrada y madura, a la hora de afrontar las más diversas situaciones, entre estas partes, se establece un diálogo sano y ponderado, ninguna domina a la otra.

El origen de la inmadurez emocional en la edad adulta

La mayoría de personas que acuden a terapia, en su infancia y/o adolescencia, no tuvieron un modelo sano de gestión emocional. Debido a esta carencia, alguna parte de su yo interior no pudo madurar de forma adecuada y este sujeto se quedó estancado en alguna fase de su proceso evolutivo.

Para hablar de cómo conseguir la, tan deseada, madurez emocional, podemos fijarnos en el caso de Rosa. Esta joven madre de dos niños, uno de 5 y otro de 2 años, acudió a mi consulta para tratar de cambiar las reacciones incontroladas y dañinas que se le escapaban a diario delante de sus pequeños. Según me comentó en su primera cita, perdía los nervios con mucha facilidad, les gritaba e, incluso, llegaba a insultarles cruelmente.

Me reconoció que, a veces, no era capaz de tomar distancia y terminaba "siendo más niña que ellos".

Cuando era niña, nadie se paró a escuchar a Rosa. Ningún adulto llegó a acompañarla o cuidarla de forma respetuosa o cariñosa. Sus padres estaban demasiado ocupados en sus trabajos y apenas pasaban tiempo con ella.

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Sus hermanos mayores se encargaban de cuidarla con poca paciencia y menos cariño y, en alguna ocasión, recordaba haber estado a cargo de alguna chica que sus padres alojaban en casa. El recuerdo de una de estas cuidadoras resultaba especialmente amargo, era una persona vehemente que no solo la gritaba sin descanso, sino que también había llegado a agredirla varias veces.

A lo largo de su infancia, fueron muchas las personas que se encargaron de cuidar a Rosa, pero ninguna de ellas poseía la madurez ni la dedicación suficientes como para poder ofrecerle un modelo sano de equilibrio emocional. La niña aprendió a afrontar las situaciones con gritos y a la fuerza, tal y como ocurría cuando surgía algún conflicto en casa.

La pequeña Rosa fue creciendo, pero su “niña” se quedó estancada en el pasado. No pudo madurar adecuadamente.

Cuando, en su presente, sus hijos discutían o se enfadaban, ella no sabía afrontar la situación de una forma realmente adulta (madura y equilibrada) y reaccionaba gritando o amenazando, tal y como lo había vivido en su casa en su niñez.

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Cómo lograr la madurez emocional

El objetivo que nos planteamos en terapia en este tipo de casos es encontrar y reforzar el equilibrio emocional que no se pudo aprender en el pasado. No se trata de que una parte (la emocional o la racional) domine sobre la otra, sino que aprendan a dialogar y a hallar un punto medio, desde el que poder tomar decisiones, al unísono, de forma adulta y empática, comprendiendo a los demás y expresando las emociones de forma asertiva.

A lo largo de sus sesiones, Rosa fue dejando a un lado el extremo de la impulsividad y el descontrol, para encontrar su centro, su equilibrio y su madurez emocional.

Cuando su corazón y su cabeza aprendieron a trabajar juntos, por fin, pudo comprenderse y empatizar con ella misma y con sus hijos.

Aunque en nuestra infancia, no hayamos tenido un modelo saludable de madurez y equilibrio emocional, no debemos perder la esperanza. Siempre estamos a tiempo de trabajar para abandonar los extremismos dañinos y convertirnos, por fin, en las personas maduras y equilibradas que podemos ser.

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