Un verano, cuatro elementos

Cómo conectar con las 4 fuerzas de la vida: fuego, agua, aire y tierra

El verano es una estación ideal para contactar con las fuerzas de la vida en estado puro. Su efecto positivo se agradece tanto en el cuerpo como en el ánimo.

Dr. Daniel Bonet
Dr. Daniel Bonet

Médico especializado en terapias naturales

Para estar sanos, la medicina natural utiliza justamente lo que la naturaleza nos ofrece. Los alimentos y las plantas medicinales son importantes en este sentido.

Pero también las fuerzas básicas de la vida en estado puro, los llamados cuatro elementos. Se trata a la vez de un simbolismo y de una realidad que experimentamos cada día.

Son cuatro modalidades energéticas cuyo dinamismo nos mantiene vivos y que también podemos utilizar como terapia.

Fuego

Sin un determinado grado de calor, no es posible la vida. Precisamos mantener una adecuada temperatura corporal.

El metabolismo es una combustión mediante la cual el organismo asimila nutrientes y elimina desechos. En la naturaleza ese fuego está representado por el Sol.

Recordemos la composición de las radiaciones solares. Tenemos por un lado el espectro visible (35%) y por otro el no visible, formado por los rayos infrarrojos (66%) –que calientan pero no broncean– y los ultravioleta (2%). Entre estos cabe distinguir:

  • UV-C. Pueden ser nocivos, pero la capa de ozono impide su paso.
  • UV-B. Se neutralizan en parte por la capa de ozono y las nubes. Son responsables del color rojizo de la piel tras una intensa exposición al sol. Proliferan especialmente, en nuestras latitudes, alrededor del mediodía. Debido a su capacidad de penetración pueden dañar las fibras de elastina y colágeno, con lo que disminuye la elasticidad cutánea.
  • UV-A. Se quedan en la primera capa de la piel (epidermis) y producen el bronceado verdadero, pero contribuyen a la formación de arrugas.

Hoy sabemos que una excesiva exposición a los rayos solares puede acelerar el envejecimiento cutáneo y provocar cáncer de piel.

Ante eso hay que tomar medidas preventivas, pero sin olvidar que el contacto con el sol es necesario para mantener la salud.

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La luz del sol como terapia

Beneficios de tomar el Sol

Ayuda a la piel a producir vitamina D, que a su vez contribuye a la absorción del calcio, protegiendo el cuerpo de la debilidad muscular y la fragilidad ósea.

También influye benéficamente en la sangre y el sistema endocrino, y previene tanto el cáncer (especialmente de mama y colon) como la esclerosis múltiple.

Bastan diez minutos de sol sobre el cuerpo dos o tres veces por semana para obtener la cantidad necesaria de vitamina D.

Se ha comprobado que las personas que viven en climas soleados tienen menos incidencia de enfermedades cardiovasculares. Esto es así porque la exposición solar tiende a disminuir los niveles de colesterol en la sangre. También porque baja la tensión arterial.

La piel se renueva cuando se expone a los rayos solares, tomando por supuesto las necesarias medidas protectoras.

La luz del sol mejora el sistema inmunitario, aumentando por ejemplo el número de glóbulos blancos. Por eso, tomar el sol disminuye la probabilidad de contraer la gripe o resfriarse.

Se produce asimismo un efecto positivo en otros aspectos: el sueño es más reparador, aumenta del tono sexual debido a una estimulación hormonal y mejora el estado de ánimo.

¿Cómo protegerse del Sol?

Frente a las radiaciones solares, el organismo dispone de varias protecciones naturales.

En primer lugar la capa córnea de la piel, la más externa, que es fotoprotectora (equivale a un índice de protección entre 2 y 4), debido a la presencia de sebo que lubrifica la epidermis y absorbe los rayos UV-B y de ácido urocánico en el sudor.

La melanina, un pigmento natural sintetizado en la capa profunda de la epidermis, es la responsable del bronceado y una defensa frente a los rayos UV.

Los pigmentos carotenoides, presentes en la hipodermis, protegen frente a las radiaciones visibles, lo que previene el envejecimiento cutáneo.

La incidencia solar depende del llamado fototipo, y es sabido que las personas de piel y ojos claros son más sensibles en este sentido. La utilización de filtros solares en función de la persona y el tiempo de exposición solar es importante.

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Sol sí, pero con bronceadores naturales para cuidar tu piel

En verano habría que evitar las horas de mayor intensidad solar y preferir la primera hora de la mañana o última de la tarde. El tiempo de insolación debería ser progresivo, evitando demasiada exposición los primeros días.

Una alimentación rica en vitaminas ofrece una buena protección:

  • El betacaroteno (provitamina A) mejora la hidratación y la flexibilidad de la piel; abunda en alimentos como la zanahoria, el albaricoque o el tomate.
  • La vitamina C, antioxidante y protectora, está muy difundida en las frutas y las verduras crudas.
  • La vitamina E, con función antienvejecimiento, se halla en los aceites vírgenes de semillas, el de oliva y, sobre todo, en el de germen de trigo.

Aire

Este elemento es móvil y diáfano. Simboliza la comunicación, así como lo sutil y esencial: tanto la palabra griega pneuma como la latina spiritus vinculan la respiración con lo espiritual.

Cada día inspiramos de media unas 20.000 veces (de 14 a 16 por minuto).

Mediante una sinergia de fenómenos mecánicos y químicos, la respiración cumple una doble función: en la inspiración, aporta el oxígeno vital para los tejidos; en la espiración, expulsa los productos tóxicos, como el dióxido de carbono.

Suele olvidarse, sin embargo, que la piel colabora en la función respiratoria. Al ser muy permeable, elimina toxinas por medio de la transpiración, pero también absorbe oxígeno y energía electromagnética.

Por eso es interesante practicar de vez en cuando los "baños de aire", permaneciendo sin ropa unos minutos en una habitación ventilada.

Practica la respiración completa

Existen tres formas diferentes de respiración: la torácica, la intercostal y la diafragmática. La combinación de estas tres maneras supone una respiración que podríamos llamar completa.

La respiración abdominal –o diafragmática– es de gran importancia. Su efecto beneficioso sobre los órganos abdominales, así como el automasaje que se ejerce sobre el aparato digestivo, resultan del todo convenientes. Sin embargo, muchas personas no suelen efectuarla, sobre todo las mujeres.

Para vencer la inercia de la respiración superficial, es conveniente hacer a lo largo del día respiraciones completas y conscientes.

Consiste en inhalar profundamente, mantener el aire unos pocos segundos y dejarlo ir luego lentamente.

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Practicando la respiración completa notaremos de inmediato que la mente se encuentra más calmada.

Un buen momento es por la mañana al levantarse, cerca de una ventana bien abierta. Paseando, de camino al trabajo y al cruzar parques u otros lugares con aire limpio, conviene hacer unas respiraciones profundas y rítmicas, caminando con el cuerpo bien erguido.

Antes de empezar cualquier tarea importante o delicada, unas respiraciones completas aumentarán el poder de concentración. No por casualidad, cuando estamos nerviosos respiramos más rápida y superficialmente.

La importancia de la nariz

Respirar por la nariz garantiza que el aire llegue a los pulmones con la tibieza y humedad ideales.

Además, es un potente filtro: las impurezas más gruesas se depositan en sus paredes y se expulsan con los estornudos. También poseen células especializadas que destruyen los microbios.

Por ello, conviene inspirar y espirar por la nariz con la boca cerrada. De hacerlo por la boca, la garganta se reseca y enfría, lo que aumenta el riesgo de sufrir faringitis y bronquitis.

Agua

El elemento agua, expresión de lo fluido, lo hallamos tanto en la naturaleza como en nuestro organismo. Lo acuoso se relaciona con la sangre, la linfa, la saliva, las lágrimas, los jugos digestivos y el líquido sinovial en las articulaciones.

El agua constituye cerca del 65% del peso de un adulto. Los huesos la contienen en un 30%, aunque la mayor proporción está en el cerebro, con un 90%.

Se calcula que la necesidad diaria de agua de un adulto es de unos dos litros y medio. A lo largo de un año, alrededor de mil litros de agua atraviesan el cuerpo.

Cuando empieza a faltar agua se experimenta sed, lo que implica un aumento de la concentración sanguínea de sales y proteínas. Pero ese instinto que nos hace buscar agua cuando el cuerpo lo precisa, se va atrofiando con la edad.

La medicina admite que aumentar la ingesta de agua es conveniente en diversas patologías: bronquitis (facilita la expulsión de mucosidades), infecciones urinarias (ayuda a eliminar microbios) o estreñimiento (hidrata las heces y mejora su eliminación).

Pero diversas investigaciones indican que podrían beneficiarse de una mayor ingesta de agua otras patologías: dispepsia y úlcera gástrica, reumatismo articular, lumbalgias, hipertensión arterial, migrañas, etc.

Hidroterapia: agua que cura

La utilización del agua con fines terapéuticos se conoce desde la antigüedad clásica, pues era común en Egipto, Grecia y Roma. Posteriormente volvió a popularizarse mediante la tradición balnearia europea –que renace actualmente– y el movimiento naturista.

La estimulación resultante de la aplicación del agua, fría o caliente según los casos, está en función de tres tipos de excitación: mecánica creada por el contacto con el agua, térmica y química.

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Ducharse con agua fría: los beneficios son reales

Las excitaciones parten de la piel, la cual es un órgano esencial en la regulación térmica del cuerpo. Sede de numerosas terminaciones nerviosas, hace repercutir sobre las diferentes partes del cuerpo la acción ejercida sobre ella.

Por ejemplo, las aplicaciones de agua fría producen una vasoconstricción sanguínea, lo que provoca un descenso de la temperatura corporal. Pero seguidamente tiene lugar una dilatación de los vasos, con enrojecimiento de la piel y sensación de calor. Cuanto más breve y enérgica sea la excitación del frío, más beneficiosa y rápida será la reacción.

El empleo del agua ayuda a mejorar diversos problemas de salud. Las posibilidades son muchas, así como las formas de aplicación: baños, duchas, lavados, envolturas, compresas, sauna...

¿Cómo aprovechar el agua del mar?

El agua de mar contiene todos los minerales y oligoelementos de la corteza terrestre y de la atmósfera. No es extraño que tenga cualidades reconstituyentes.

El clima marino influye en la respiración: el tórax se ensancha y la capacidad pulmonar aumenta. También actúa sobre la circulación, el corazón enlentece su ritmo y mejora el intercambio de oxígeno en los pulmones.

Tras una cura de mar, aumenta tanto el número de glóbulos rojos (transporte de oxígeno) como blancos (defensas), lo que es bueno en caso de anemia o bien de baja capacidad inmunitaria.

En el mar se incrementa la transpiración y la formación de orina. Y tanto los huesos como los músculos se fortalecen y tonifican. Una temporada junto al mar revitaliza física y mentalmente.

Por estas razones, la cura de mar es recomendable de modo especial para los niños en periodo de crecimiento. Igualmente es ideal frecuentar la orilla del mar durante el embarazo.

También se ha demostrado que ayuda a calmar el dolor y que mejora (entre otras dolencias) diversos problemas músculo-esqueléticos: esguinces, contusiones, fracturas, artropatías...

¿Cuáles son los beneficios de una cura marina?

En la orilla del mar se da una especial combinación de los cuatro elementos, lo que estimula la salud y contribuye a curar diversas enfermedades o dolencias:

  • Cansancio y estrés. La fatiga, sea por motivos físicos o mentales, el insomnio y las cefaleas derivadas del estrés, mejoran con el sol, el aire (cargado de yodo y beneficiosos iones negativos) y la práctica de la natación. Los convalecientes y los postoperatorios se curan con mayor rapidez.
  • Alteraciones metabólicas. Tanto el sol como la riqueza mineral del agua estimulan y equilibran el sistema endocrino (hipófisis, glándulas sexuales, tiroides, paratiroides, suprarrenales). Por eso en la cercanía del mar las personas obesas pueden rebajar peso y las delgadas, aumentarlo.
  • Problemas óseos. El sol aporta vitamina D, que potencia la absorción de calcio y previene la osteoporosis. La artrosis se alivia con curas en centros de talasoterapia. Tras un accidente u operación, se consolidan mejor las fracturas y se mitigan los dolores.
  • Mala circulación. El mar es positivo para la circulación arterial, venosa y linfática. Para las varices, es bueno caminar por la orilla, donde rompe el oleaje, dejando que el agua impacte en las piernas; pero es preferible cubrirlas si se toma el sol.
  • Aparato respiratorio. La humedad fluidifica las secreciones; el sol y los minerales presentes en el ambiente marino desinfectan y fortalecen la mucosa respiratoria. Por ello tras una estancia junto al mar mejoran los problemas de rinitis, asma, bronquitis e insuficiencia respiratoria.
  • Dermatología. Con el agua de mar muchas heridas leves se curan antes. Las sales marinas (sobre todo debido a la presencia de yodo, azufre y cinc) depuran la piel y mejoran sus funciones. El sol, a su vez, la estimula, bronceándola y revitalizándola. Por eso mejoran problemas como la psoriasis.

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Tierra

En la naturaleza, el elemento tierra corresponde a lo denso, la estructura más o menos rígida que sin embargo permite y sostiene la vida.

Es el suelo que pisamos, las montañas o nuestro esqueleto. Son también los minerales que el organismo precisa para cumplir sus funciones y que asimilamos a través de la alimentación.

Caminar de vez en cuando descalzos sobre la hierba o la arena no es solo un gesto poético mediante el cual nos acercamos a la "Madre Tierra", aislados de ella como solemos estar debido al uso de los zapatos o el asfalto.

Es también una práctica higiénica mediante la cual descargamos por así decirlo la electricidad estática: haciendo justamente una "toma de tierra", estimulamos las importantes terminaciones nerviosas presentes en la planta de los pies, liberamos por un tiempo la movilidad de sus articulaciones y activamos la circulación sanguínea.

La tierra se aplica médicamente desde hace milenios. Los egipcios se curaban con los lodos del Nilo, e Hipócrates, Galeno o ahora la propia NASA han estudiado sus poderes.

Geoterapia: el poder de la arcilla

La arcilla se puede incluso ingerir, diluida en agua, pero recomendaremos aquí la aplicación externa.

Contribuye a aliviar contusiones, heridas, abscesos, picaduras y dolores en general. Sucede así porque actúa como cicatrizante, antiinflamatoria, antiséptica y sedante, entre otros beneficios.

Se trata de una sustancia "viva" con notable poder adsorbente para retener las sustancias que se encuentran en la superficie del cuerpo.

Para preparar una cataplasma debe utilizarse una arcilla limpia secada previamente al sol o al aire, y machacarla para molerla (aunque también se puede adquirir ya preparada en tiendas de dietética):

  • Se pone en un recipiente que no sea ni de metal ni plástico, y se cubre con agua fría, dejándola reposar unos minutos para que se forme una masa compacta. Si quedara clara, puede añadirse un poco más de arcilla en polvo.
  • Se extiende con una espátula de madera una capa uniforme, de uno a dos centímetros, sobre una toallita o celulosa, aplicando esta en contacto directo con la piel o herida (aunque si hay demasiado vello, puede colocarse una gasa entre la arcilla y la piel) de una a tres horas, según el caso.
  • La cataplasma ha de ser más grande que la zona afectada.
  • Se lava después con agua fría o tibia.
  • Una vez utilizada, se debe desechar la arcilla, ya que ha absorbido las impurezas.

El polvo de arcilla en seco puede emplearse en sustitución del talco para los bebés y para tratar úlceras, eccemas y enrojecimientos de la piel, así como para cicatrizar heridas.

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4 tipologías humanas en función de los elementos

Los médicos de las medicinas tradicionales como la ayurvédica o la de la Grecia clásica observaron que los seres humanos pueden ser diferentes a nivel físico o psíquico en función del "humor" o elemento predominante en ellos.

Utilizamos aquí una clasificación según la medicina griega o mediterránea, recordando que los tipos puros son difíciles de hallar, pues somos una determinada combinación de elementos o humores que pueden variar a lo largo de la vida:

  1. Fuego. Son personas de constitución longilínea, con poca grasa corporal y musculatura marcada. Rostro aguileño, tez olivácea, mirada penetrante, cabello espeso. Su órgano central es el hígado. Sus enfermedades suelen relacionarse con la función hepático-biliar y las venas. Psicológicamente son personas de acción, pragmáticas, apasionadas.
  2. Aire. De estatura media, con tórax amplio, piel sonrosada y cabello fino. Destacan el aparato respiratorio y cardiovascular. Por eso deben cuidar su tendencia a la hipertensión o los problemas bronquiales. Tienden al optimismo, les gusta el arte y las relaciones sociales.
  3. Agua. Constitución brevilínea, de aspecto redondeado y piel blanca. El aparato digestivo y los riñones serían predominantes. Deben procurar no recargar su organismo así como cuidar la dieta, pues, además de acumular grasa, pueden tener diabetes o exceso de ácido úrico. Suelen ser más bien pasivos y soñadores.
  4. Tierra. Aspecto enjuto, delgadez con poca masa muscular, rostro afilado, ojos inquietos, piel cetrina. La estructura ósea y el sistema nervioso son predominantes. Tendencia a problemas óseos o psicológicos. Acostumbran a ser retraídos, poco sociables, pesimistas, tienden a la melancolía o a la ansiedad.

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