Estimulación precoz

Los beneficios de la piscina para los bebés

Familiarizar a los bebés con el agua de la piscina ofrece un marco incomparable de aprendizaje, relajación y juego que reporta numerosos beneficios.

Mayra Paterson
Mayra Paterson

Periodista y traductora especializada en salud, bienestar y alimentación natural

El líquido amniótico de la placenta no tiene cloro ni filtros pero es a lo que más puede recordarle a un recién nacido el agua de una piscina. Se ha pasado nueve meses en un medio acuático, sin contacto con el aire. El agua es el medio que más conoce.

Si en cuanto se le cae el cordón umbilical se aprovecha esta familiaridad con el agua para meterse con él en la piscina, la experiencia puede resultar muy enriquecedora tanto para él como para los padres.

Manel acaba de cumplir diez semanas. Tenía poco más de tres cuando se metió por primera vez en la piscina. "Me lo traje en cuanto se le cayó el cordón y, aunque todavía es muy pequeño y ha pasado poco tiempo, veo que está ya mucho más despierto, como si estuviera más abierto a todo", explica Sandra, que es quien acompaña siempre a su hijo a la piscina.

Sandra había llevado antes a su hija Carla, que con tres años y medio no solo nada sola en la piscina sino que además esquía, habla inglés y se mueve con una soltura poco habitual en niñas de su edad.

Viendo a Manel sumergirse en la piscina, ayudado por su madre, uno se da cuenta de que el miedo al agua no es innato. El monitor del centro da instrucciones a varios padres y madres con bebés de meses. El niño parece tranquilo, mueve las piernas ágilmente para propulsarse, adelante y mira a su madre con los ojos bien abiertos. Experimenta bajo el agua sensaciones motrices que luego aplicará en su vida cotidiana.

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¿Qué se busca con la natación para bebés?

Aunque haya quien hable de natación para bebés, enseñar a nadar no es el objetivo. "Lo que se busca es una estimulación motriz a edad temprana, dar al bebé pautas y sensaciones de movimiento que luego pueda utilizar sobre el suelo", explica el monitor.

"A medida que avanzan las sesiones, el bebé irá ganando autonomía, aumentará su confianza y desarrollará su capacidad de supervivencia".

Un bebé de 0 a 3 meses suele estar bastante quieto, pero en el agua mueve las piernas y los brazos, tonifica la espalda y aprende a aguantar la cabeza. El agua se lo pone fácil, porque flota de forma natural y tiene mucha más libertad de movimiento.

Esa estimulación precoz, que fuera del agua no suele empezar hasta los cinco o seis meses, le permite aprender a sentarse, gatear, caminar o trepar mucho más temprano.

Reflejo de apnea en bebés

Otra de las ventajas de trabajar con bebés tan pequeños es que aún conservan el reflejo de apnea. Los niños sobreviven en la placenta sin ahogarse porque cierran la glotis para no tragar agua. Ese reflejo lo conservan hasta los seis meses.

"Con tiempo y constancia, ese movimiento involuntario de la glotis, a base de entrenarlo, se vuelve voluntario y la capacidad de supervivencia del niño en el agua aumenta. Cuanto más tarde en comenzar a sumergirse, más habrá perdido ese reflejo y más le costará aprenderlo".

Hacia los tres años, lo habitual es que ya puedan empezar a nadar solos. A esa edad, la mayoría de niños viven su primer contacto con el agua al coincidir con el paso de la guardería al colegio.

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Las sesiones típicas transcurren en una piscina bien acondicionada, con un sistema de desinfección sin cloro, y duran unos 45 minutos, aunque los más pequeños se retiran antes, pues se cansan y cogen frío:

  • Los padres caminan primero sosteniendo al bebé por las axilas y mirándolo mientras experimenta la sensación de flotar y desplazarse por el agua.
  • Luego lo giran y lo aguantan por la cabeza con una mano.
  • A continuación vienen las inmersiones. Los más pequeños ponen cara de sorpresa, pero parecen querer repetir.

Otro de los beneficios de estas clases, y quizá el más importante, es que estrecha el vínculo afectivo entre padres e hijos.

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