El órgano de la vida

El corazón sí siente emociones

Tomás Álvaro

El corazón es la estrella en torno a la cual orbitan los otros órganos del cuerpo. La ciencia empieza a estudiar ahora el efecto que ejercen su latido y su campo magnético sobre la vida y las percepciones.

La exquisita sensibilidad del corazón a las emociones es bien conocida por todos nosotros y probablemente sus cambios inmediatos de funcionamiento ante un sentimiento de empatía o amor han constituido el paradigma sobre el que el corazón ha sido reconocido como fuente de pensamiento, emoción y conocimiento espiritual.

La alteración del ritmo coherente del corazón produce un poderoso impacto en el organismo, incluyendo un importante deterioro de la capacidad cognitiva, ansiedad o depresión, o un incremento del riesgo de demencia y enfermedad de Alzheimer, por mencionar apenas unos cuantos de los campos estudiados hasta el momento.

¿Por qué el corazón es el órgano de la emoción?

La actividad del corazón influye sobre el tallo cerebral y los automatismos vitales cerebrales del resto de órganos, sobre el sistema inmunitario y sobre las capacidades cognitivas del individuo, incluyendo el aprendizaje, la atención, la concentración y la memoria. Pero también afecta al sistema límbico y sus emociones.

  • Nuestros corazones se sincronizan

La sincronización entre los corazones de un hijo y su madre, de una pareja de amantes, de un terapeuta y su paciente o de los músicos de una orquesta, nos habla de su poder de adaptación y de resonancia. En esos casos será el ritmo más armónico el que será contagiado al resto de los miembros del grupo.

Cuando hablamos en sentido figurado de conexión entre corazones nos estamos refiriendo sin saberlo a un hecho cierto desde el punto de vista físico y energético.

  • Un órgano que se relaciona con los demás

Además de ser una bomba impulsora, el corazón transmite información, que es comunicada al resto del organismo en cada latido. Informar en este caso equivale a dar forma, misión de las cerca de 50.000 neuronas del corazón, que alcanzan cada tejido y cada rincón del organismo, incluyendo las señales enviadas al cerebro –muchas más que las que el corazón recibe de él–.

Esas señales tienen un efecto significativo sobre el funcionamiento cerebral, pues afectan a la atención, la percepción, la memoria y la capacidad de resolución de problemas.

  • Las emociones cambian el ritmo cardíaco

Las emociones negativas y el estrés desordenan el patrón del ritmo cardíaco; entonces su señal sobre el cerebro limita la capacidad de pensar con claridad, recordar, aprender, razonar y tomar decisiones, propiciando en su lugar los actos impulsivos e imprudentes, que se realizan bajo el efecto del estrés o de la agresividad.

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En cambio, los patrones estables y coherentes facilitan la función cognitiva y refuerzan los sentimientos positivos y la estabilidad emocional.

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Emoción, ritmo cardiaco y salud

El sistema nervioso autónomo regula el funcionamiento de las vísceras, incluyendo al corazón, a través de sus dos ramas de efecto contrapuesto: el simpático y el parasimpático. El primero actúa de acelerador y cuando se estimula por efecto de la activación o el estrés, el corazón se acelera.

El freno es el parasimpático, que disminuye la frecuencia cardíaca y se estimula con el descanso y la relajación. Del equilibrio de las dos ramas depende una función cardíaca armónica.

El sistema nervioso autónomo aporta a su vez el substrato neurofisiológico de los estados emocionales y afectivos y su función está relacionada con el comportamiento.

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La inhibición de la influencia del sistema simpático produce estados de serenidad y calma, mientras que el tono del nervio vago o pneumogástrico (la rama del parasimpático que alcanza el corazón) es un marcador fisiológico de la vulnerabilidad al estrés.

Para la biología, por tanto, las emociones podrían considerarse como subproductos evolutivos de la regulación neural del sistema nervioso autónomo.

Fruto de este pulso entre los sistemas simpático y parasimpático, en condiciones de salud el ritmo del corazón es sorprendentemente irregular, siendo el intervalo entre dos latidos consecutivos siempre diferente. Esa variación, que se mide en milisegundos, se conoce como variabilidad de la frecuencia cardíaca (VFC; en inglés HRV), viene dada por el sistema nervioso autónomo y constituye un indicador de salud y del estado de forma física.

Los factores que afectan al sistema nervioso autónomo y con ello a la VFC son diversos: el patrón respiratorio, el ejercicio físico y también los pensamientos, sentimientos y emociones que se experimentan en cada instante. A través de sus fluctuaciones entre cada latido, que responden a ese conjunto de factores, el corazón envía un mensaje al cerebro; cuanto más varíen, más rico es ese mensaje.

Por el contrario, la reducción de las fluctuaciones de la VFC se asocia a diferentes situaciones patológicas de tipo vascular y cardíaco o a enfermedades endocrinas, neurológicas y psiquiátricas.

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