Entrevista a Dekyi Lee Oldershaw

"Todos tenemos capacidad de crecer, mejorar y cambiar"

Begoña Odriozola

Dekyi Lee Oldershaw aplica técnicas de atención plena al cuidado de la salud y en el trabajo social. Ha creado programas de rehabilitación para pacientes cardiacos, de tratamiento del dolor crónico y de recuperación de adicciones.

Me pregunto si a la mujer a la que acompaño no le diagnosticarían hiperactividad si ahora tuviese ocho años. Habla con entusiasmo de sus últimos encuentros profesionales, de los resultados de sus técnicas de investigaciones neurocientíficas, acelera el paso sin motivo aparente por las calles de Barcelona… y yo, ¡empeñada en que descubra a Gaudí!

Al final, ya en el parque Güell, utilizando el sagrado arte de la paráfrasis, consigo pedirle que emplee la "atención plena", en la que es experta, para admirar los remates de unas chimeneas. Y después de decirme que le recordaba unos dibujos de Disney pregunta: "Oye, ¿Gaudí no tomaría algo más que café para inspirarse?".

Natural de Burlington (Canadá), donde reside, Dekyi Lee Oldershaw es profesora asociada en las universidades de Florencia y Toronto. Sin embargo, no posee títulos universitarios, pero "siempre he tratado de aprender con los mejores", explica. No es una autodidacta clásica. Estudió Ecología Social en la Fundación Findhorn y Filosofía Budista a través de un exigente programa residencial de cinco años. Actualmente

Budismo y meditación para mejorar la salud física y mental

Dedica su vida al desarrollo y a la enseñanza de métodos sencillos para aplicar el budismo y la meditación a la vida cotidiana y a la mejora de la salud física y mental. Acumula ya una dilatada experiencia en su aplicación al trabajo social, y en el campo médico y sanitario en programas de rehabilitación para pacientes cardiacos, de tratamiento del dolor crónico, en unidades de cuidados paliativos y en la recuperación del alcoholismo.

–Usted empezó siendo una deportista de alto nivel….
–Nací en una familia que llegó a tener cinco atletas olímpicos y fui entrenada para competir a nivel nacional. Mis padres tenían expectativas muy elevadas respecto a todo. Pero yo no tenía una tendencia natural al desempeño competitivo. De adolescente, aprendí a anestesiarme, a congelarme, a no sentir, para ser capaz de actuar y de rendir. Día tras día, entrenando con mi kayak, mi objetivo principal era superar la resistencia al dolor. Sentía que para ganar tenía que odiar a las otras niñas, aunque solo fuese durante la carrera. Hasta que un día pensé que si hacía eso con mi mente, ¿cómo repercutiría en mi cuerpo?

–¿Y ese pensamiento surgió sin más?
–No, enfermé. A los 18 años tuve que abandonar el deporte debido a una enfermedad de la sangre. Empecé a pensar en qué me había enfermado y en cómo podía yo contribuir a mi salud. Había entrenado mi mente para el rendimiento; porque, en cierta medida, el cuerpo no tiene mucha iniciativa, sigue lo que la mente le pide que haga. Si se visualizan una y otra vez los resultados positivos de una carrera, el cuerpo se entrena para responder de ese modo. Mi cuerpo no es muy fuerte; la única manera de mantenerme en competición era trabajar con la mente para que le dictase al cuerpo lo que tenía que hacer. Solo hallé una manera de resolverlo: entender la relación entre el cuerpo y la mente. Y aprendí en profundidad qué debía hacer para relacionarlos mejor. Enfermar para mí fue la manera más amable de no competir.

"Las sensaciones permiten ir más allá de lo emocional y lo racional. Son la vía para hallar las causas subyacentes."

–Lo dejó pero empezó a entrenar a otras niñas…
–Sí, durante un tiempo. Hasta que un suceso me catapultó a uno de esos puntos cruciales en la vida. Había dos gemelas que tenían que competir entre sí. Una de ellas se puso enferma y fue ingresada. La carrera se anuló y la hermana que estaba en el hospital se curó en seis horas mientras que la otra tuvo una reacción dramática. Eso me hizo pensar que quizá también la mente podía ayudar a sanar el cuerpo. Desde entonces he buscado técnicas que contribuyan a ello, eficaces y, sobre todo, sencillas.

–¿Y para ello se ordenó monja budista?
–En cierto momento fui a la Fundación Findhorn, una comunidad cooperativa con una base espiritual, y allí empecé a meditar. Eso y una serie de acontecimientos vitales me llevaron a ordenarme en la tradición budista tibetana mahayana. Quería profundizar para ayudar mejor a las personas, ser más sincera en mi práctica, en mi compromiso y en el estudio de los textos antiguos. Al cabo de unos siete años, durante un retiro en Dharamsala, supe que mi padre se había roto el cuello en un accidente de tráfico. Decidí volver a la vida laica por el deseo de cuidar a mi padre. Sigo comprometida con la práctica espiritual pero desde otro lugar.

–¿En qué se distingue su mindfulness "transformador" del de Jon Kabat-Zinn?
–El mindfulness implica estar atento a cuanto sucede con actitud de no juzgar, de no aferrarse a la experiencia ni rehuirla. Se trata de mantener la atención en el presente y de ser consciente de pensamientos, emociones, sensaciones y de cómo se reacciona a ellos. Mi sistema de Transformative Mindfulness comparte esta visión universal. Toda práctica empieza por ahí pero luego va más allá, en busca de una transformación. Incluye meditaciones de sanación sencillas para modificar la actitud o la respuesta a los problemas, y fortalece las cualidades positivas.

–Me llama la atención que se centre más en las sensaciones corporales que en los pensamientos o emociones…
–Cierto. Uno se centra primero en una situación y puede tomar conciencia de pensamientos o emociones, pero luego se fija en su reflejo en el cuerpo. Se busca la transformación a través de las respuestas somáticas. Las sensaciones permiten ir más allá de la parte emocional y, sobre todo, del relato racional. Lo somático es una vía rápida para acceder a las causas subyacentes y eso es algo que puede no ser evidente en las prácticas clásicas de mindfulness para reducir el estrés. Además, lo bueno de la sensación corporal es que siempre se sitúa en el presente.

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–Habla mucho de "causas subyacentes". ¿A qué se refiere?
–Nuestra respuesta a una situación particular está teñida por nuestro pasado, pues el modo en que la vemos se ve influido por percepciones creadas a partir de experiencias anteriores. Por eso una misma situación puede representar un trauma para una persona y resultar neutra para otra. Si alguien quiere sanar puede tratar el síntoma que aparece, pero también hay que ir hacia lo que subyace, a sus causas.

–Conclusiones del tipo "si tengo cáncer es por haber sido inseguro" o "si tengo sida es por mi victimismo" despiertan en mí cierto rechazo o temor. ¿La enfermedad no es algo complejo y multifactorial?
–Claro, no se trata de eso; entiendo el temor. La medicina oriental no quiere decir que si te echan del trabajo, por ejemplo, se deba a que cuando eras pequeño alguien amenazó a tu padre. Se habla de causas pero, en el lenguaje oriental, debería usarse el término "condiciones", es decir, factores que contribuyen o hacen posible el trastorno. Como decía Shantideva: "Si puedes hacer algo respecto a un problema, no te preocupes: hazlo. Y si no puedes, no te preocupes". Hay actitudes o condiciones que pueden dificultar la curación o la convivencia con una enfermedad o situación dura. Alimentan la dolencia porque impiden su curación o aumentan el estrés y el sufrimiento. Lo que se intenta es detener cuanto esté interfiriendo y hallar un poco de paz y de comprensión de lo que pasa; hacer que surjan el conocimiento interno y la increíble energía positiva que todos tenemos.

–¿Cómo se practica la Atención Plena Transformadora?
–El primer objetivo es alcanzar tranquilidad interior y cierto control sobre las distracciones de la mente, perfeccionar la atención. Se empieza llevando la atención a la respiración y se sigue con lo que se conoce como una exploración del cuerpo: mentalmente se observan los principales órganos vitales tratando de captar bien la sensación (pensando en su dimensión, color, densidad, temperatura…) y luego se invita a dibujarlos en una hoja de papel con lápices de colores y a identificar zonas "problemáticas". Se intenta, a la vez, estar receptivo a toda la información que se pueda recibir del cuerpo. En una segunda fase, se busca, mediante una serie de procedimientos mentales, la aceptación plena, sin juicios de valor ni comentarios críticos, de las zonas problemáticas y se pide ayuda para aumentar los procesos espontáneos de recuperación a otros centros funcionales y saludables. Por último, se refuerza la creencia en la recuperación espontánea.

–¿Hay en su método conceptos de la filosofía budista?
–Sí. Con la práctica, de manera paulatina se entendien mejor conceptos como la interdependencia. Al observar la enfermedad, lo primero que se percibe es la interconexión entre los diferentes sistemas del cuerpo. Lo que pensamos influye en lo que sentimos y, a su vez, eso se acaba reflejando en el cuerpo, en lo somático, y al revés. Poco a poco se entiende cómo un bloqueo energético en la garganta, por ejemplo, puede interferir en el flujo natural de la energía hacia el resto del cuerpo y dar síntomas en otra zona.
Si entendemos la interrelación e interdependencia en el cuerpo, empezamos a entenderla en lo externo. Vemos cómo todo influye a muchas personas bajo efectos muy variados e interconectados.

–¿Trabajan también el concepto de la impermanencia?
–Al realizar los ejercicios, se transforman conflictos, se alimentan cualidades positivas… Todo cambia, nada permanece.

–Ahora sí que me lo tendrá que explicar un poco más…
–La primera noble verdad del budismo implica, en cierta medida, que aceptamos el problema, que no tiene sentido temerlo. Se trata, simplemente, de observarlo por feo o inquietante que pueda parecer. Y a través de la sensación reflejada en el cuerpo, de la visualización o la metáfora que surge a partir de ella llegamos a algo más causal, a aquello que subyace, que es lo que sí podemos cambiar. Esa es la segunda noble verdad del budismo. A veces, aunque no se puedan cambiar los síntomas ni la situación, entendiendo lo que está por debajo, lo que causa tanto sufrimiento, puede llegarse a sentir: "yo puedo cambiar esto". Quizá no pueda cambiarse física o externamente pero, en el plano interior, puede haber modificaciones. Es la tercera noble verdad: en la mente sí puedo cambiar cosas. El sufrimiento proviene de la propia mente y, si se entiende esto, se puede cambiar la perspectiva. Además, en budismo se habla del camino. Serían las técnicas que podemos emplear para tratar de sanar, mejorar o convivir con el dolor. Kabat-Zinn ofrece unas, la Atención Plena Transformadora otras, la psicoterapia otras…

–¿La mente es tan poderosa?
–Ese es otro de los presupuestos de estas técnicas que provienen del budismo: la mente es esencialmente positiva. Todos tenemos capacidad de crecer, mejorar y cambiar. Se trata de desbloquear o erradicar aquello que impide a la mente mostrar todo su potencial.

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–Solo falta la compasión…
–Vamos allá: los ejercicios ayudan a generar compasión hacia uno mismo, a no juzgarse –ni mucho menos a boicotearse–. Con ello se empieza a entender que otras personas experimentan las cosas de modo similar a nosotros; se entiende todo a un nivel más profundo. Se puede captar, por ejemplo, cómo detrás de la rabia puede haber algo que es muy importante para quien la sufre o que, cuando uno alimenta la propia ira, indirectamente alimenta la de los demás. La compasión surge de modo natural, sin ser forzada.

–Leí que, en la India, un asistente personal del Dalai Lama le hizo cierta predicción…
–Era monja budista tibetana y estaba en un retiro en Dharamsala, donde vive el Dalai Lama. Acudí a ver a su médico, un hombre de 81 años. Iba cada dos semanas para que me mirara los pulsos y chequease mis órganos. También me daba pequeños consejos. Un día se le veía triste y me dijo: "En Occidente, debido a la sobreestimulación de la electrónica y a la complejidad de la vida en general, el cuerpo sigue a la mente. Y si vivimos desconectados del cuerpo lo único que el cuerpo podrá hacer es manifestar enfermedades complejas; imitará aquello que nuestras mentes están haciendo". Me dijo que él veía que con el tiempo tendríamos enfermedades complejas que ni la ciencia ni la medicina occidentales ni la medicina oriental sabrían cómo manejar. Me miró y me dijo: "Vuelve al retiro y empieza a meditar sobre qué vas a hacer con esto". Me dejó con esa sensación, pensando que lo más importante es poder llegar a las causas subyacentes y transformar las semillas, que son las que producen unos u otros resultados. Me quedó claro que ese iba a ser el trabajo al que me dedicaría el resto de mi vida.

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