Lugares de culto

La apasionante historia de los espacios sagrados: ¿seguimos necesitándolos?

Lugares a los que acudimos en busca de experiencias valiosas e intangibles: paz, claridad, conexión... ¿Somos diferentes cuando regresamos? ¿Dónde encontrarlos?

Los dioses, se ha escrito, fueron inventados para legitimar el poder de los reyes sobre las nacientes primeras ciudades de la historia, hace unos seis mil años, en el sur de Mesopotamia. Los reyes mandaban porque eran los únicos que mediaban con el cielo, y eran capaces de lograr bienes y beneficios que desde lo alto recaían en los humanos.

A los dioses se les destinaban espacios acotados, construidos o no, en los que solo reyes y sacerdotes estaban autorizados a entrar. Estos recintos, desde los puntos más elevados, dominaban las ciudades construidas a sus pies. Los palacios, empero, se subordinaban con dificultad al imperio de las alturas.

Espacios sagrados, espacios profanos como las ciudades, reyes y panteones eran organismos con los que los hombres fueron dominando el mundo.

La sociedad divina estaba hecha a imagen de la humana, y los dioses eran como reyes inalcanzables –salvo para los mismos monarcas que debían su poder a un don celestial.

Göbekli Tepe: el primer templo de la historia

Este modelo explicativo de la historia ha estado vigente hasta unos años cuando, en lo que es hoy el sudeste turco, sobre un modesto montículo cercano a la ciudad de Urfa, conocida hasta entonces por haber sido la patria de Abraham, un arqueólogo alemán halló unos restos que desmontaron la tan bien construida, y quizá, cínica o desencantada, historia.

Hace casi doce mil años, a finales del Paleolítico (las pinturas de la cueva de Altamira son de hace catorce mil años), unos hombres, aún nómadas, que desconocían la ganadería y la agricultura, y que desde luego no vivían en ciudades ni tenían reyes, levantaron quizá el primer santuario de la historia.

Un conjunto de unos veinte espacios sagrados, de planta circular, posiblemente con una cubierta vegetal sostenida por doce monolitos de grandes dimensiones, en cuyo centro se alzaban dos monolitos aún mayores, pero tan bien esculpidos que quizá representaran a dioses, ancestros o a seres de otro tiempo, de los inicios de los tiempos.

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Este santuario, llamado Gobekli Tepe, se sitúa en lo alto de una colina, a cuyos pies se extiende la llanura mesopotámica, que se pierde en el horizonte. Constituye la primera muestra de arquitectura de la historia, en un momento en que los hombres eran nómadas (cazadores-recolectores) o vivían en modestas chozas de ramas y hojas secas.

Eran todavía hombres de las cavernas. Y, sin embargo, construyeron lo que sin duda eran santuarios para seres que no eran humanos: demasiado altos y altivos, dioses o seres primordiales.

La invención de los dioses y del espacio sagrado, entonces, no estaba ligada a la realeza ni a la ciudad. Precedía estos modelos espaciales y políticos unos siete mil años. ¿Por qué, entonces, Gobekli Tepe fue construido? ¿A qué respondía?

Espacios acotados para conectar con lo sagrado

Parece que los humanos sintieron la necesidad de ir más allá del mundo natural o visible. Buscaron o se imaginaron lugares en los que podían entrar en contacto con entes que solo podían alcanzar con la imaginación, o con los ojos interiores que se abrían cuando, en trance, dejaban de ver lo que tenían alrededor.

De algún modo, los humanos de finales del Paleolítico ya supieron que no formaban parte enteramente de la naturaleza, contrariamente a los animales, y que estaban destinados, o legitimados, para dominarla.

Una huella de esta revelación la hallamos en el espacio sagrado de Gobekli Tepe. Allí, se sintieron en conexión con algo que les rebasaba. El ser humano se reveló como el que fue capaz de dotar al mundo de sentido, sentido que plasmó en obras de arte o de arquitectura como, por ejemplo, los primeros espacios sagrados.

Contenga o no edificaciones, un templum requiere la presencia de muros o de surcos visibles que visualicen los límites. ¿Por qué?

Templum es el nombre que en latín designaba al espacio sagrado. No se refería solo a un templo. La traducción moderna circunscribe el espacio sagrado a una construcción. Sin embargo, la palabra latina se refería solo a un espacio acotado.

En su origen, templum nombraba al rectángulo imaginario que el sacerdote (el augur) trazaba con su cayado en el cielo, y que servía para "leer" el destino en el vuelo de los pájaros que cruzaban esta figura, según la dirección y el ángulo de vuelo, para determinar buenos o nefastos augurios.

Templum derivaba del griego antiguo temenos. Este sustantivo significaba terreno acotado. En efecto, temenos estaba emparentado con un verbo, temnoo, que se traduce por cortar, deslindar. En sánscrito, tamâlas, es un cuchillo. Un templum, entonces, es un lugar separado del espacio circundante. Se trata de un puesto especial, cuyas fronteras están nítidamente marcadas.

Espacios sagrados al borde del abismo

El adjetivo sagrado proviene del latín sacer. Este adjetivo se refería sobre todo a lo que tenía que ver con el mundo infernal. Cuando se calificaba a una persona de "sagrada" esta podía ser ejecutada sin que hubiera cometido crimen alguno, y entregada o sacrificada a las potencias infernales.

Todo lo sagrado, pues, tenía que ver con los muertos, y los hombres tenían que cuidarse mucho de los lugares sagrados, pues en ellos se entraba en contacto con el inframundo, poniendo la vida en serio peligro.

Otro adjetivo latino, sanctus, acentúa la inquietante realidad de lo sagrado. Sanctus significaba inviolable. Un lugar o una figura santos no podían estar al alcance de cualquiera. No se los podía tocar ni hollar. El contacto debía ser indirecto dado el peligro que encarnaban. Entrar en un lugar sagrado sin la debida preparación podía conducir a la muerte o la locura, pues se entraba en contacto directo con lo invisible.

Por este motivo solo determinadas personas (reyes y sacerdotes) estaban capacitadas para penetrar, sin poner su vida en grave peligro, en los espacios acotados, sagrados.

Se acudía a estos lugares para recobrar la confianza. La vida de los fieles se transfiguraba, acaso porque allí habían visto los humanos la luz por vez primera.

Los muros, los surcos, tenían una doble función: advertir al hombre común de la peligrosidad del lugar, y protegerlo evitándole entrar por descuido en contacto con las fuerzas que emanaban del mundo de los muertos. Los lugares sagrados estaban, entonces, proscritos. Requerían una larga y difícil preparación para poder ser hollados.

La "malignidad" del lugar explica que los espacios sagrados se hallen habitualmente fuera de los espacios habitados. Son lugares remotos y de acceso difícil. Ubicados en cumbres, en grutas, o en valles profundos; en el desierto o en islas inaccesibles. Configuran espacios casi imaginarios ya que solo la imaginación los alcanza a reconocer.

Hasta llegar al umbral, el peregrino debe emprender un largo y dificultoso viaje, durante el cual se prepara espiritual y físicamente para soportar o afrontar lo que le aguarda. El viaje, por tierra o por mar, conlleva la ruptura con el mundo cotidiano. Se parte pero no se sabe si se retornará.

E incluso si uno vuelve, lo hace transfigurado, tan cambiado que parece "otra" persona, que nada tiene que ver con la que partió. Se diría que el peregrino hubiera renacido. Y en efecto de un nuevo nacimiento se trata, pues el peregrino ha afrontado peligros mortales de los que ha salido fortalecido, como si hubiera vuelto a vivir.

Lugares de culto: el centro del mundo... aislado de él

La mayoría de los mitos cuentan que los grandes santuarios se hallan siempre allende las fronteras. El camino es incierto. Conlleva esfuerzo e incertidumbre.

El gran santuario panhelénico, Delfos, en el que moraba el dios Apolo, a quien se imploraba para conocer el futuro, se ubica en el monte Parnaso, al que, aún hoy, se asciende a través de una senda abocada al abismo.

En época arcaica, Delfos no poseía templo alguno, sino tan solo una piedra "sagrada", llamada ónfalo, que en griego significa ombligo, y que muestra bien que Delfos, como todo espacio sagrado, tenía la paradójica virtud de estar lejos de todo, y de ser, al mismo tiempo, el centro u ombligo del mundo.

El peregrino exponía su vida cuando decidía emprender el viaje a Delfos. Ya en el umbral del santuario tenía que pasar una o varias noches, solo, en la oscuridad de una sala. Se enfrentaba así a su propia muerte. La cámara oscura evocaba el mundo de los muertos. Y su soledad, la ruptura con los vivientes. Solo tras la debida preparación, se le consideraba apto para encaminarse hacia la capilla más recóndita donde se hallaba el dios Apolo.

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Acteón, nieto de Apolo, se adentró con sus perros en la tupida selva, persiguiendo a un ciervo herido. De pronto los árboles rodeaban un claro, en cuyo centro destacaba un lago de quietas y cristalinas aguas: un claro de luz. Acompañada por las ninfas, Diana se bañaba. Acteón quedó deslumbrado. Ningún humano había podido contemplar el cuerpo desnudo de la diosa. Enfurecida, Diana metamorfoseó a Acteón en un ciervo sobre el que su propia jauría, cegada por ella, se precipitó hasta despellejarlo.

Los hombres saben que existen lugares remotos en los que moran divinidades, a los que hay que aproximarse tomando toda clase de precauciones, porque la vida, inevitablemente, sufrirá un cambio definitivo. No se retorna indemne de un espacio sagrado.

De modo parecido, cuando Alejandro decidió conocer su destino,viajó durante semanas a través del desierto de arena –cruzó, pues, un espacio muerto, se retiró en él–, hacia el oasis de Siwa donde se hallaba el santuario de Amón, sobre el único montículo rocoso que se alza por encima de las nervaduras de la cúpula de las palmeras, alrededor de un lago de aguas templadas, grises y azules como el acero.

Las cavernas como santuario

¿Por qué los hombres de las cavernas se adentraron en lo hondo de las grutas para pintar animales y manos?

Los hombres de la prehistoria vivían en cabañas en los valles o, en todo caso, en la entrada de las cavernas de mayor boca, allí donde había aire y luz (huesos, restos de alimentos y sílex así lo confirman).

Antes que hogares o espacios profanos, esos enclaves eran, posiblemente, espacios sagrados, ocupados temporalmente en días de fiesta. Las cavernas suelen estar en puestos elevados. Desde la boca se controla el paso de las manadas, se vislumbra una ancha franja del mundo, se está más próximo a lo más alto.

No es fácil llegar a las salas más recónditas. Se requiere cierta preparación para ascender a la cueva en la montaña. ¿Evocarían las profundidades, húmedas y oscuras, el vientre de algún ente sobrenatural?

Los pintores se enfrentaron a sus temores y a toda clase de dificultades: falta de luz, espacios angostos, humedad... Los frescos no eran visibles; a la luz de las antorchas solo se divisaban algunas formas que danzaban a la incierta luz y entre el humo. Las figuras debían de parecer efigies de otro mundo, acaso emanadas de la roca.

¿Por qué se pintaban, si su contemplación era casi imposible? Tal vez señalaran lugares en que se practicaban ritos de paso; es decir, transformaciones que afectaban a la vida de los jóvenes y la pautaban. Las cuevas eran espacios donde los humanos se enfrentaban a seres cuya faz se inscribía en la roca. Tras el encuentro, empezaba una nueva vida, o una vida renovada.

Las cuevas quizá constituyan los primeros espacios sagrados. Responden o determinan todas las características de los lugares de culto. Espacios fuera del control de los humanos en los que los hombres se juegan la vida.

¿Qué hace falta para que un espacio sea sagrado?

¿Por qué los hombres escogieron unos espacios en detrimento de otros? Seguramente es imposible o vano responder a esa pregunta o, al menos, ofrecer una única respuesta.

La mayoría de los espacios sagrados, ciertamente, poseen hitos naturales: piedras, picos, fuentes, ríos que los singularizan. Las piedras y las montañas parecen haber sido elementos naturales predilectos. Piedras que podían llegar a parecer el cuerpo de alguna potencia superior.

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En la Biblia, el patriarca Jacob se durmió en un lugar donde acontecieron hechos sorprendentes. Apoyó la cabeza sobre una piedra y en su sueño vio a seres alados subir y bajar por una escalera que unía el cielo a la tierra. El nombre con que se designaba esa piedra esasherat. Pero asherat es también el nombre de la diosa madre y esposa de Yavhé (al menos hasta que los sacerdotes del templo de Jerusalén trataron, en el siglo VI aC, de borrar las huellas de la diosa, a quien Salomón rendía culto en ese templo).

Quizá fue la forma de uno o varios picos, semejantes a las astas de un toro, de unos valles o una grieta en la tierra que pudiesen evocar a una gran vagina –eso significa delfos en griego–, o de unos estanques de aguas mansas y profundas, en las que pueblos como los sumerios veían una gran matriz que, al romper aguas, alumbró al mundo.

Tal vez fueron esos los indicios que permitieron que esos lugares se cargaran de sacralidad y no pudieran hollarse impunemente. Se tenía la sensación de que algo decisivo había estado en juego en esos espacios, quizá la creación del mundo, de los dioses o de los hombres.

Lugares a los que, por ello, era necesario rendir el debido culto, tomando todas las precauciones; lugares a los que se acudía para recobrar la fe, es decir, la confianza en la vida; lugares en los que la vida de los fieles se transfiguraba porque quizá era allí donde los humanos habían visto la luz por vez primera.

Hoy en día, los espacios sagrados siguen estando presentes y vigentes. Su número y tipo ha aumentado incluso. A los santuarios más comunes e inmemoriales, en los que el humano se siente renacer, se suman hoy museos y estadios; acaso centros comerciales, en los que se rinde culto al consumo: espacios perfectamente acotados en los que la multitud comulga con sus astros y dioses, del espectáculo, el arte y el deporte.

Hoy, más que nunca, lo sagrado se infiltra en un mundo que, paradójicamente, caracterizamos como profano y descreído.

Para saber más...

Si te ha interesado este artículo, disfrutarás de estos títulos:

  • Lo sagrado, de J.J. Wunenburger. Ed. Biblos (B. Aires)
  • Sacred Architecture, de A.T. Mann. Ed. Vega (Londres)
  • Sacred Spaces. Religious Architecture in the Ancient World, de G.J. Wightman. Ed. Peeters (Lovaina)

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