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Hay mucho que entender: 3 pasos para lograrlo

Jesús Aguado

El entendimiento nos ayuda a saber quiénes somos, para vivir, amar y disfrutar de la vida en el sentido más amplio del término.

Nos pasamos la vida tratando de entender. La mayor parte de nuestras energías se van, de hecho, en eso: en intentar entender a los padres, a los hijos, a las parejas, a los compañeros de estudio y de trabajo, a los profesores y a los jefes, a los que pertenecen a otras culturas, a los frutos del arte o la filosofía, a las medidas de los políticos, a una operación matemática, al recibo de la luz, a una receta de cocina…

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El verbo "entender" necesita de: ideas claras, disposición a querer merecerse los frutos que emanen de él y capacidad para aplicar esos frutos a los distintos ámbitos mentales y cotidianos. Vamos a ver cómo:

1. Tener las ideas claras

Para entender cualquier cosa se necesitan, en primer lugar ideas claras, pero las ideas claras son escurridizas y, por lo tanto, difíciles de adquirir.

Estas ideas claras, que son las que le encaminan a uno hacia el sentido profundo de algo y las que nos hacen entender y entendernos, odian el despotismo irritado y arbitrario que ejerce sobre nosotros el pensamiento dogmático, opaco, alucinado e inhumano que, por desgracia, impera en una parte central de la sociedad.

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2. Merecérselo

Las ideas claras huyen del ruido y de las interferencias y, en consecuencia, solo se abren a quienes las interpelan sin prisas, sin prejuicios, sin miedo y sin maldades ocultas. Los maestros zen y de otras tradiciones espirituales lo exponen con contundencia: quienes quieran entender han de merecérselo.

El entendimiento (la sabiduría, el conocimiento y la liberación) no es un don que pueda darse a cualquiera aunque cualquiera, eso sí, tiene derecho a ello.

Uno tiene que superar ciertas pruebas y, sobre todo, ciertos hábitos negativos que ensombrecen la inteligencia: el egoísmo, la arrogancia, el exceso de racionalidad, la desinformación en lo que se refiere a lo esencial, los apegos injustificados y la necedad autosatisfecha.

Algunas cosas concretas (un silogismo, un gesto o un verso) se pueden entender de golpe, de manera súbita e inexplicable, pero el entendimiento hondo y verdadero de la existencia ha de lograrse gradualmente, poco a poco, mérito a mérito, purificación a purificación.

Para eso no hace falta adscribirse a un camino codificado, como por ejemplo el zen, aunque a muchos les viene bien hacerlo, pero sí que hacen falta grandes dosis de amor incondicional a la bendita complejidad de la vida.

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3. Incorporar lo aprendido

El tercer paso en este proceso de ir entendiendo la realidad sería saber aplicar lo aprendido en situaciones equivalentes. Es la prueba irrefutable de que uno ha entendido algo de verdad. Entender es incorporar lo entendido de manera natural a los actos, las reflexiones y los objetivos de uno, de manera que formen parte indisoluble de él.

Cuando alguien ha entendido lo que tiene que hacer para no caerse de la bicicleta, para que sus palabras no hieran al de enfrente, para que funcione la lavadora o para resolver raíces cuadradas, cada vez que haga alguna de esas cosas ya no tendrá que empezar desde el principio y, de hecho, hará todo eso sin pararse a pensárselo demasiado.

Cuando una persona entiende algo lo incorpora a su estructura mental y emocional y, gracias a ello, aprende a no tenerlo en cuenta para concentrarse en otra cosa que todavía no entiende.

Entender es también un regreso a la inocencia en estado puro que rige el comportamiento de todos los seres cuando este es natural e incondicionado; esa inocencia originaria es la que irradian a manos llenas niños y animales, razón por la que es tan luminoso observarles e implicarse en sus juegos, y es el fin último de todo entendimiento.

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Entender para entenderse, es decir, vivir para vivirse, amar para amarse, entusiasmar (llenarse de lo divino) para entusiasmarse (para hacerse uno mismo parte de la divinidad en sentido amplio), disfrutar (de los dones del universo o del regalo de la existencia) para disfrutarse (del hecho de convivir con otros, de respirar o de formar parte de las redes que conectan todo con todo).

Entender tiene que ver con las ciencias técnicas (informática, ingeniería, astronomía... )y con las ciencias del espíritu (filosofía, literatura, antropología...) pero sobre todo tiene que ver con las ciencias de la personalidad o de la transpersonalidad.

Nadie puede llegar a ser el que es si antes no entiende que eso que es, para desarrollarse en plenitud, tiene que ver más con la vocación de hacerse partícipe a tiempo completo de lo que es (o de lo que Es, si uno es creyente o seguidor de alguna religión codificada) que con la mera acumulación de conocimientos. Todo ello es más fácil de expresar que de cumplir.

La felicidad está en juego

Si para entender lo más pequeño (armar un mueble, hacer una suma, interpretar unas palabras) hemos de recurrir a las distintas cualidades del alma (intuición, capacidad de razonamiento, memoria o empatía), para entender la vida el alma ha de movilizarse de manera total.

La vida, cualquier vida, ha de realizar esta entrega absoluta, porque de su éxito o fracaso dependerá nuestra felicidad y la de quienes se relacionen con nosotros.

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