En calma

6 ideas para relajarse en un día frenético

Gerard Arlandes

Realizar pequeñas pausas durante el día y descansar bien ayuda a evitar el estrés, pero también es útil aprender a relajarse cuidando la respiración, la postura y la actitud.

Cultivar un huerto, tricotar, hacer ejercicio, aprender un idioma, tocar un instrumento, cantar góspel, conocer la historia de la propia ciudad, mantener un blog, cocinar... las actividades propuestas desde los más diversos ámbitos pueden ayudar a relajarse y a rebajar la carga de las responsabilidades diarias.

Al mismo tiempo, es fácil que se conviertan en una fuente de bienestar y realización, pues permiten fluir y canalizar las aptitudes personales en el ámbito que uno ha elegido. Pero cuando esas actividades se acumulan o se han de encajar en un horario ya de por sí muy apretado, pueden convertirse en una obligación más que no logra disipar la tensión generada en otras áreas vitales.

Entonces es posible que se busque la relajación de un modo rupturista, interrumpiendo la actividad, acudiendo a un balneario o haciendo unas breves vacaciones. Estas pequeñas evasiones constituyen, sin duda, buenas opciones para relajarse, pero no son las únicas ni las más eficaces, o por lo menos no las más duraderas.

También es posible, y mucho más efectivo, hallar la relajación en las mismas actividades, desempeñarlas de manera que, en vez de acumular tensión, ayuden a soltarla. Para ello hay que seguir unas pautas en el mismo momento en que se realizan, dejar entrar el proceso de la relajación conjugándolo con la actividad y evitar así la temida espiral del estrés.

Este artículo trata de cómo encontrar el sosiego aun cuando se compaginan múltiples actividades. Veamos cuáles son las cualidades de la relajación, las condiciones para que acompañe nuestra actividad y lo que podemos hacer cuando la perdemos.

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El espacio de la relajación

La relajación no es un estado indolente. En su punto justo, es activa y estimulante. La relajación permite a la persona que la siente una gran adaptabilidad que mejora su relación con el espacio y con el tiempo. Se puede ir rápido si es necesario y bajar la velocidad en cuanto termina el impulso que nos provoca la rapidez.

Segregar la adrenalina necesaria para, por ejemplo, presentarse a un examen y salir de él con la tranquilidad de quien lo ha hecho lo mejor posible, sabiendo que ha ganado simplemente con haberse presentado y haberlo realizado. La relajación forma parte de un proceso dinámico en el espacio interno del ser humano.

Cuando lo que se hace impone velocidad y exigencia, como por ejemplo una clase de danza moderna, el espacio interior se adapta a esas circunstancias: se proyecta hacia el exterior reduciendo la relajación y aumentando la tensión, para poder abarcar la acción.

Cuando la presión termina se recupera el espacio interior amplio y relajado, y se disfruta de un estado interior óptimo, tanto para la relajación como para la estimulación que conlleva toda tarea.

El espacio interior de un ser humano posee en cualquier momento una parte relajada y otra tensa que interactúan constantemente. No existe la relajación ni la tensión completas, porque con solo una de ellas no podríamos vivir.

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Tensión y relajación van unidas

En la relajación más profunda hay una semilla de tensión y viceversa. Algo tan relajante como dormir precisa una determinada tensión para que la musculatura, el sistema nervioso y el cerebro que participan en la respiración puedan funcionar.

En el otro extremo, una entrevista de trabajo que suponga mucha tensión requiere cierto grado de relajación; de lo contrario, no podríamos hablar. Es el yin y el yang. Cuanto más espacio ocupa la relajación, menos la tensión, y al revés.

Por una parte, la relajación nos amplía y libera; por la otra, la tensión nos contrae y concentra. Lo importante es la maleabilidad, la velocidad y la fluidez para pasar de la una a la otra. La pérdida de la relajación es una pérdida de flexibilidad que produce un atasco y bloquea el espacio interior.

En ese espacio bloqueado reina solo una tendencia: se ingresa en una espiral de estrés que lleva a la desazón, la insatisfacción, la incapacidad para aprender y la angustia. Para ayudar a recuperar ese espacio dinámico óptimo hay que buscar la respuesta en las actividades mismas, en el cuerpo y en el ánimo.

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Organizar las actividades, una cuestión de equilibrio

Para recuperar la capacidad de adaptación del proceso dinámico de la relajación conviene ordenar las actividades de manera adecuada atendiendo a sus características.

Es un trabajo de compensación: equilibrar la inacción con la acción, el cuerpo con la mente, lo mecánico y repetitivo con lo intelectual y cambiante, lo sedentario con lo dinámico, lo visual con lo auditivo, lo electrónico con lo manual... teniendo en cuenta que aquello que produce más satisfacción y relajación fomenta el aprendizaje.

Si lo que produce tensión durante el día es un trabajo sedentario, se puede después jugar a ping-pong o apuntarse a una clase de cardio. Si se trabaja en una actividad en la cual es muy importante el sentido de la vista, convendrá una actividad en la que predomine otro sentido, como el oído; por ejemplo, el aprendizaje de un instrumento musical.

Cuando en la rutina diaria prevalece el trato con personas, una buena opción son las técnicas meditativas, sea yoga, chikung o taichí. Si se pasan muchas horas ocupado intelectualmente, pueden realizarse trabajos manuales, desde hacer punto o dibujar hasta aprender cerámica o esculpir.

Por otra parte, el orden facilita el desempeño de cualquier actividad. Es importante tomarse un tiempo para ordenar el lugar donde se practica la actividad y dejarlo preparado para el próximo día.

De la misma manera que la naturaleza sintoniza con el ritmo del día, es más provechoso seguir el ritmo natural del cuerpo en el entrenamiento, el trabajo, la nutrición, el descanso, el vestir y cualquier tarea que se desempeñe. Mantener una periodicidad constante mitigará el ruido y desasosiego internos.

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Atención a la respiración

Detectar cuándo se detiene el movimiento de nuestro espacio interior es fundamental para poder llegar a realizar cualquier actividad con el máximo provecho. Es un arte fácil de aprender que precisa un elemento importantísimo en el quehacer diario: la atención.

Si atendemos advertiremos que los cambios o el bloqueo de la relajación deja huellas cercanas y fáciles de seguir. Se notan en el cuerpo y sobre todo en el movimiento que caracteriza a la existencia: la respiración.

Cada actividad precisa un tipo de respiración y el ritmo de esta dependerá de cómo sea aquella: al correr aumentará el ritmo de la respiración, pero será distinto según se trate de un sprint o de una carrera de fondo, mientras que en una clase de idiomas o de dibujo la respiración será más tranquila y profunda.

La mejor respiración para relajarse es la que se adapta rápidamente al movimiento y la que, cuando el movimiento ha terminado, vuelve a ocupar lo más rápidamente posible el espacio profundo y generoso del tiempo de reposo.

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Postura y movimiento

El cuerpo posee herramientas que influyen en la respiración y en la relajación: la postura y el movimiento. Una buena postura permite respirar libremente y moverse sin esfuerzo.

Tanto si estamos sentados como si estamos de pie, la buena postura es la que tiene en cuenta la fuerza de la gravedad, tanto en la dirección del cielo como en la del suelo.

Se lleva la consciencia a los puntos de contacto del cuerpo con la tierra: si estamos sentados, son los ísquiones y los pies; si estamos de pie, son las plantas de los pies. A partir de ahí se alinea el centro de la crestas iliacas con los hombros, las orejas con los hombros y la fontanela coronando el edificio corporal.

Para recuperar una buena postura y la posibilidad de mantenerse relajado en cualquier actividad, se puede realizar el siguiente ejercicio poniendo en él la máxima atención:

  • Nos tumbamos en el suelo boca arriba, preferiblemente sobre una colchoneta.
  • Percibimos las superficies de contacto con el suelo y, sin juzgar nada ni cambiar la posición, observamos cómo descansa el pie derecho en el suelo y cómo lo hace el izquierdo. Los comparamos, advertimos cuál pesa más, qué parte del talón se apoya en cada uno, qué dedo pequeño del pie está más cerca del suelo, qué pie se siente más lejos de la cabeza...
  • Recorremos el resto del cuerpo observando y comparando del mismo modo: piernas, cadera, espalda, omoplatos, brazos, manos y cabeza. Después doblamos las piernas y con las plantas de los pies en el suelo separadas la distancia de los hombros o más, basculamos la pelvis suave, lenta y ligeramente con el cóccix, que se moverá hacia las rodillas y el suelo alternativamente. Observaremos que la columna recoge el movimiento, se desliza por el suelo e implica a la cabeza. La basculamos diez veces.
  • Estiramos las piernas, descansamos y observamos cómo es ahora el contacto con el suelo, advirtiendo los cambios que se han producido. Nos levantamos del suelo y prestamos atención a la postura: tocamos mejor con los pies en el suelo porque nos hemos alineado y la respiración se ha hecho relajada, expansiva y generosa.

Como el cuerpo tiene una memoria acumulativa, no será preciso repetir el ejercicio cada vez que se vaya a iniciar una actividad.

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El desapego y la perfección

Tener una meta permite acercarse a la actividad con optimismo, placer y ganas de mejorar. Se puede, por tanto, ser ambicioso en lo que se hace, pero esa ambición se debe equilibrar con dosis de desapego para que el ánimo no se resienta.

Las metas extremas generan insatisfacción; alimentan el miedo a no estar a la altura, la duda, la infelicidad y otras emociones dolorosas. La ambición sana considera los fallos que acontecen como una oportunidad para crecer en el camino, como un aprendizaje, y así los acepta.

Para no caer en el perfeccionismo lo mejor es ponerse metas realistas e intentar disfrutar del camino para llegar a ellas. En el proceso hay que prestar atención a las emociones para comprobar que no nos estemos saboteando diciéndonos que no somos suficientemente buenos.

Los pensamientos influyen en el estado de ánimo y este, en la actividad. Hay que vencer el miedo a cometer errores, ser menos exigente, fijarse en todo el proceso de la actividad y no solo en las partes que no se han hecho bien, escuchar el tono en que nos hablamos a nosotros mismos y eliminar los "tengo que", "debo", "no debo"...

Y, así, con la relajación se amplía nuestro ser hasta en las células más pequeñas, se reactiva el ánimo. Se tiene la sensación de estar ahí ocupando el espacio que nos pertenece y nos merecemos; un espacio grande y dinámico que es interior, sosegado, liviano y luminoso.

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