Conócete

Acepta la vida tal como es y siéntete en paz

Jesús Aguado

Estar abierto a la vida, a los demás y a uno mismo requiere aceptar lo que surge sin resistirse. Esa actitud receptiva es esencial para saborear la riqueza del presente.

La expresión "aceptar sin pensárselo dos veces", que parece, a simple vista, una invitación a la inconsciencia, a dejarse llevar por la corriente sin calcular las consecuencias de ese gesto, también puede entenderse, sin embargo, como un acto de legítima defensa contra los excesos de la razón.

El que se lo piensa dos veces (un amor, un negocio, un viaje, una salida con los amigos, una frase o un verso) es posible que así se blinde contra la precipitación y los errores que se comenten por culpa de ella, una ventaja que no conviene desdeñar, pero el plus de prudencia que propone provoca que uno pierda muchas oportunidades maravillosas que no volverán a repetirse.

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Pensarse algo dos veces suele abocar, de hecho, en la no aceptación de un regalo que nos hubiera hecho más ricos (en emociones, en sentimientos, en ideas, en proyectos) y más felices. La razón racional es miedosa y timorata por naturaleza, y por eso solo se siente a gusto en terreno conocido.

Aceptar es un verbo que se conjuga mejor de pronto

La intuición, la empatía o las simples ganas de abrir nuestra existencia a la alegría de compartir (modelos de razón irracional o poética o cordial o vital, como la han nombrado algunos filósofos) suelen ser, por el contrario, audaces y certeras, una fuente de dicha y de ensanchamiento de los límites subjetivos y objetivos, una luz que no acostumbra a dejarnos a oscuras sin avisar en medio de la nada.

Aceptar, por eso, es un verbo que se conjuga mejor de pronto, porque sí, de buenas a primeras, sin pararse a reflexionar, cogido por los pelos, al paso, sin permitir que se esfume en el aire o vendaval de un pensamiento, con los ojos cerrados.

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Reconocer los vínculos

Vivir es aceptar la vida, decirle sí y tener confianza en las sombras y en las luces que arroja sobre nosotros. Aceptar la vida para que esta nos acepte a nosotros y para que, al hacerlo, esté atenta y dispuesta a pactar con nuestras propuestas, circunstancias y deseos. Aceptar, por tanto, la responsabilidad de estar vivos y hacer todo lo posible para disfrutar, aprender, cumplirse como persona y ser felizmente contagiosos para los demás.

Y es que vivir, en general, es un regalo. El problema es que, como no siempre el regalo está envuelto en papeles satinados de colores y atado con un lazo bien hecho, en ocasiones dan ganas de no abrirlo, de no aceptarlo, de devolvérselo al remitente (de pensárselo dos veces).

Hay regalos, en efecto, que nos desconocen minuciosamente, que parecen hechos contra nosotros (una corbata a quien nunca la usa, un perfume de aroma incompatible con los gustos de uno, un libro alejado de nuestros intereses), pero incluso en esos casos lo importante no es eso que se regala sino el triple vínculo que se establece entre el que regala, el regalo y el que recibe el regalo.

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Quiérete tal como eres

Aceptar el regalo es, más allá de que se ajuste o no a nuestras necesidades o caprichos, aceptar estos vínculos y, como consecuencia de esto, aceptar que ninguna vida lo es de verdad si no se desarrolla en relación, si en ella no hay muchos otros dispuestos a dar y a recibir.

Un gran sí a la vida

Aceptar es, entonces, un acto de humanísima irreflexión, un gran sí a la vida y una asunción de los hilos que nos cosen a las otras personas. Es, además, un acto de humildad: porque el que acepta algo (una caja de bombones o unas disculpas, un error o un jersey, una invitación a cenar o un argumento, una crítica y un elogio o una cesta de frutas y una botella de vino) acepta también que no está completo, que el otro tiene algo que él no tiene, que necesita seguir recibiendo buenas cosas materiales e inmateriales para alcanzar su mejor versión; y porque el hecho de aceptar le enfrenta a uno a la radical menesterosidad de toda existencia, que no sería sino una mostrenca sombra en el mundo, no muy diferente de una piedra o de un trozo de madera, sin el alma comunitaria que la enciende y la conecta a los demás.

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Aceptar es, sea lo que sea lo que uno acepte, aceptar al otro, aceptar la irrenunciable presencia del otro en el mismo corazón de lo que somos. El que acepta en este sentido, desde la humildad y la confianza en el prójimo, se reserva el derecho de admisión (el derecho de aceptación) de una manera distinta a como se entiende en bares y otros recintos: como invitación a dejar las puertas abiertas de par en par para que nadie se quede fuera, para convertirse uno en el punto de encuentro de lo diferente, de lo otro, incluso de lo que le niega o le perturba.

Los mares interiores

Aceptar es querer ser lo que se es, alcanzar la certeza de que uno también, y sobre todo, es un regalo en sí mismo (un regalo para él y un regalo para los otros). Esto es lo más difícil de todo. Aceptar no sirve si antes uno no se acepta en plenitud, con ganas, también sin pensárselo dos veces. Aceptar lo que viene de fuera es incluso una triste trampa, una especie de crucigrama para matar el tiempo, si antes uno no acepta lo que es dentro de sí mismo.

El verbo aceptar, antes de viajar al lugar donde los demás nos esperan con sus ofrendas y sus posibilidades, requiere que uno bucee previamente en sus mares interiores, aprendérselos bien, estar orgulloso de ellos. Una tarea esta, por cierto, que no debemos nunca descuidar porque es para toda la vida y porque de ella depende, en última instancia, que podamos ser felices y hacer felices a los demás.

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