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Interiorización

Ama y aprende de lo que te depara la vida en cada momento

La vida implica experiencias de todo tipo. Para fluir por ella lo mejor es amar y aceptar todo aquello que aprendemos.

Cristina Sáez

A lo largo de la vida vamos hallando en nuestro camino un sinfín de vivencias. Algunas las abrazamos rápidamente porque nos alegran, como el nacimiento de un hijo o una nueva y bella amistad. Otras, en cambio, nos cuesta aceptarlas, porque nos han herido, como la pérdida de un ser querido.

Si el dolor es profundo puede incluso que lleguemos a cerrar nuestro corazón intentando protegernos. Si bien en un primer momento ante una experiencia que nos ha lastimado –una enfermedad, una ruptura amorosa o un despido laboral– es totalmente normal y legítimo intentar apartarla, oponerse demasiado tiempo a aquello que la vida depara puede llevar a instalarse en posiciones de rechazo, de sentimientos de injusticia, tal vez de rencor o de rabia, que son las galerías del sufrimiento humano.

Y así dejamos de crecer como personas y de enriquecer nuestro abanico de experiencias. "Llegar a apreciar o a aceptar, a incluir en nuestro corazón, las experiencias que hemos tenido, incluso aquellas que fueron difíciles, es a la larga una buena estrategia. De esta manera también nos mantenemos más abiertos a la vida y nos enraizamos más en nosotros mismos", considera Joan Garriga, cofundador del Institut Gestalt de Barcelona.

Intentar aceptar y apreciar las cosas complicadas que nos suceden no implica que dejen de hacernos daño. Pero no se trata tanto de no luchar como de aceptar y seguir avanzando. En el fondo, es cuestión de agradecer aquello que nos va ocurriendo e ir soltando lastre, para moverse sin carga.

Porque tomar consciencia y dejar ir genera amplitud, espacio para observar. A partir de ahí se puede elegir qué hacer, qué pasos dar, dónde poner la mirada.

Abrazar los aprendizajes

Ser delicado y cuidadoso con los procesos de aprendizaje, amar lo que surge y lo que se adquiere en cada momento, aunque a veces duela, nos reconcilia con partes valiosas de nuestra humanidad.

Amar aquello que se aprende, amar sin la dimensión que tiene amar a un hijo o a un amigo, sino más bien como acto de conformidad, de no oposición, de aceptación. De tratar de extraer alguna semilla fértil de aquello que fue difícil. Porque entonces sí que puede brotar amor, que no es tanto un estado emocional como una actitud de acogimiento, de bienvenida a las cosas tal como se manifiestan.

Todo puede tener un lugar. Hay quien considera que padecer enfermedades tan graves como el cáncer es lo que genera un verdadero aprendizaje; no obstante, todo en la vida es una puerta abierta para aprender, desde casarse a tener un hijo o comenzar una nueva etapa laboral. Amar todos esos variados aprendizajes que se nos plantean permanentemente es un largo camino con diversas fases.

Cada uno tiene unos tiempos y procesos para avanzar en ese viaje. Si algo le sucede a un hijo o a la pareja, eso nos sumerge en una especie de remolino emocional interno. Recuperarse de esa vivencia y poder emprender el camino de nuevo –separándose un poco del dolor para poder continuar–, suele requerir más tiempo que, por ejemplo, una mala experiencia laboral.

Para Garriga, "en vez de perder mucho tiempo en quejas, en preguntarse ‘¿por qué a mí?’, resulta más valioso aceptar que eso ha sucedido, ha venido y hacerle espacio".

Eso sí, sin forzar nada. Hay personas que viven una pérdida reciente y al poco tiempo ya hay quienes les preguntan qué aprendieron, sin tener en cuenta que este proceso natural requiere tiempo, que no se puede imponer ni presionar desde fuera.

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Discípulos de la realidad

Aprender es casi inevitable. No hay experiencia que de una forma u otra no sea nutritiva y que no deje una huella indeleble en nosotros. Aunque, eso sí, "no es igual ser víctima de la realidad que discípulo, porque este trata de aprender algo, mientras que a la víctima la realidad le pasa por encima", apunta, sabio, Garriga.

Muchas personas que han vivido experiencias muy complicadas aprenden a no identificarse tanto con ciertas facetas de su identidad. Con ello se quedan más vacías, más livianas, y también, por paradójico que resulte, más luminosas y llenas de vida.

Caminar por ese aprendizaje que nos depara la vida cuesta más o menos en función de las expectativas que se tengan, apunta Constanza González, psicóloga clínica al frente de Sentit Procesos Transformadores. Si son positivas, si sabemos que de nuestro esfuerzo saldrá algo bello, resulta más fácil atravesar el dolor.

Es lo que sucede, por ejemplo, cuando se empieza una terapia psicológica a fin de ganar perspectiva sobre patrones de comportamiento o actitudes que suponen un obstáculo.

O, en otro nivel, al iniciarse en alguna actividad física –deporte, baile, yoga...– en la que es preciso vencer la pereza y ciertas limitaciones físicas. Ahora bien, si las expectativas que hay detrás del malestar son negativas o están dominadas por la incertidumbre, entonces será más difícil caminar a través de ese dolor.

También se puede caer en la ilusión de pensar que siempre va a salir algo positivo de una dificultad cuando puede que no sea así, puntualiza Constanza González. Y pone como ejemplo a una mujer que perdió a su madre hace cinco años, en un momento en que la necesitaba mucho. Aún se lamenta de que no haya podido conocer a sus nietos ni que hayan podido compartir juntas su reciente maternidad.

"Seguramente, ella no verá qué tiene que agradecer ahí ni entenderá que debe amar ese dolor con el que vivió su pérdida. El aprendizaje está en el proceso, ver qué hiciste con el momento vital en que estabas. Y depende de la conciencia con la que camines por ese dolor. La gratitud es algo que surge cuando hay un determinado tipo de conciencia, cuando la transformación ha sido profunda y te percatas de ello", añade esta psicóloga.

Amar, más que una emoción, es una actitud de acogimiento, de bienvenida a las cosas tal como estas se manifiestan.

Una dificultad necesaria

La vida es una dialéctica constante entre nuestros deseos y la realidad. Y en este diálogo tenemos que aprender con fuerza a invertir en nuestros deseos pero también a sintonizar con aquello que la realidad plantea, aunque sea distinto a lo que queremos. Porque la vida usa mucho la contrariedad y esta toma muchas formas, desde un descalabro amoroso hasta un problema con un hijo o dificultades en el trabajo o la salud.

"La contrariedad abre al alma una luz que la prosperidad le niega", dice Joan Garriga. Si siempre estamos en expansión, abrazando experiencias positivas, nos faltará una parte de la realidad, no estaremos viviendo la vida plenamente. También hay que saber perder, afrontar la contrariedad, lo doloroso, la muerte, que forman parte intrínseca de la vida desde su origen.

Se dice que en su despertar a Buda le fueron reveladas las "cuatro nobles verdades", entre ellas que el dolor forma parte de la vida pero que el sufrimiento es evitable. Le podemos hacer frente no agarrándonos con tozudez a nuestros deseos y miedos. Si siempre se deseó tener un hijo pero este no llegó, anclarse en ese dolor dificultará seguir avanzando.

Se puede elegir vivir esa situación con amargura o intentar aceptarla y abrirse a otras posibilidades que supone estar sin hijos. "Si nos oponemos a la realidad, sufriremos. Si nos abrimos a ella y la aceptamos, podremos ir más allá", comenta Garriga.

Y ese abrirse a la vida pasa por el corazón, por las emociones y no solo por la razón. Por mucho que nos esforcemos ante una vivencia dolorosa por intentar entender desde la mente y la razón qué toca aprender en esa situación, a fin de ahorrarnos el camino y saber qué hay al final y estar tranquilos, la única forma de que haya aprendizaje es caminándolo.

Cómo amar y aprender

1. No anclarse en el dolor

Cuando una enfermedad es grave y amenaza la existencia nos pone cara a cara con nosotros mismos. Y aunque el primer sentimiento puede ser de rabia y de injusticia y nos preguntemos por qué nos ha tocado lidiar con eso, no es aconsejable perder demasiado tiempo ni energía en este proceso.

Cuando al Dalai Lama le preguntan cómo lo hace para no estar enfadado con China, suele responder que ese país ha hecho tanto daño a su pueblo que no está dispuesto, encima, a regalarles su rabia todo el tiempo. Todos tenemos heridas y hemos atravesado experiencias dolorosas.

Ante ellas podemos o bien quedarnos anclados en el sufrimiento o bien abrazar esas vivencias aceptándolas, lo que no quiere decir resignándose.

2. Dejar atrás el miedo a cambiar

Con frecuencia aguantamos en posiciones que nos lastiman vitalmente, sin atrevernos a movernos, por miedo al dolor que creemos que vendrá.

Tememos soltar, variar de posición, sin darnos cuenta de que así ya estamos sufriendo. La flexibilidad es una cualidad esencial para asumir los aprendizajes de la vida. Permite cambiar y adaptarse a las situaciones, abandonar la obstinación de enrocarse en un punto de vista que tal vez sea equivocado u obsoleto.

Algunos comportamientos interiorizados durante la infancia, pese a que no funcionan, se siguen repitiendo. Un ejemplo sería gritar para que el otro responda. Y si no lo hace, quizá gritar más, sin cuestionarse si gritar es el camino.

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