Plenitud

El poder sanador de las caricias

Jesús Aguado

Las caricias son como el sueño: tienen el poder de reconstituirnos, con la diferencia de que cuando las recibimos estamos despiertos.

Vivir es algo que siempre se hace a flor de piel. Es la piel la que se roza con el mundo, la que lo descifra y se lo cuenta al resto de lo que somos. Vivir es poner la piel en juego, pensar con la piel.

Pero la piel, que es un misterio y a la vez un instrumento de alta precisión emocional, necesita, para cumplir bien su labor, cargarse periódicamente de energía, recuperarse del desgaste de la vida cotidiana.

Es entonces cuando acariciar adquiere su pleno sentido: la caricia relaja, limpia, llena los depósitos del alma, ilumina, humaniza. Cuando acariciamos o somos acariciados estamos reivindicando la piel como centro de la existencia, como lo más bello y profundo de la existencia.

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Cuando todo el cuerpo se sincroniza, el alma deja de sufrir

Acariciar es, como saben los amantes y los sanadores, entre otras cosas, poner en hora el reloj del cuerpo. Poner en hora significa: lograr que todas las partes del cuerpo de pronto den la misma hora.

En condiciones normales la cabeza está en un sitio, el corazón en otro, los pies van por su cuenta, la espalda tironea en una dirección distinta: somos, en esta sociedad de la prisa y la angustia, cuerpos fragmentados cuyas piezas con frecuencia se enfrentan y que solo en unos pocos instantes quieren una suerte de unidad esencial.

Demasiados relojes discutiendo dentro de nosotros cuál será la hora verdadera de lo que somos. Al acariciar, esos relojes (el del trabajo y los sueños, el de la realidad y el deseo) firman la paz: el cuerpo se recompone, el alma deja de sufrir.

Por eso suspiramos y entrecerramos los ojos cuando somos acariciados: porque se para la discusión de los relojes, porque el tiempo de repente se detiene a esperarnos, porque gracias a las manos y al amor que otro pone sobre nosotros cesan las preocupaciones y comienza la alegría.

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Inteligencia a flor de piel

Las manos lo saben, la piel lo sabe: acariciar es uno de los verbos más importantes de la vida. Es lo que le da sentido, lo que la sana, lo que educa su sensibilidad, lo que enciende la luz, lo que la calma.

Al acariciar el alma vuelve a confiar en el cuerpo y el cuerpo vuelve a anhelar un alma. La caricia es un acto de afirmación de la existencia, una reivindicación de la alegría de vivir. Acariciar, ser acariciado: no hay inteligencia mayor.

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Quédate con todo lo bueno

Acariciar es borrar de la pizarra las palabras que sobran (las palabras gastadas, angustiosas, falsas). El gesto se parece: una mano que se mueve de izquierda a derecha, en diagonal, de arriba abajo. El cuerpo, la pizarra: esa mano los vuelve a dejar en blanco, disponibles, atentos a las nuevas propuestas de la vida.

Acariciamos un gato y se pone a ronronear. Acariciamos un perro y mueve la cola con fuerza o se tumba boca arriba para ofrecer más superficie sensible a nuestras manos. Acariciamos un caballo y agacha la cabeza para que nos sea más fácil hacerlo.

Acariciamos un bebé y notamos cómo se entrega. Acariciamos una planta o la corriente de un río o el viento o la arena de una playa y, si somos receptivos, si estamos conectados con la naturaleza, sentimos que son ellos quienes nos hacen esas caricias a nosotros.

Acariciar es participar de la felicidad esencial de todo lo que existe, conectarse al flujo de vida que atraviesa cada ser, por minúsculo que sea, del mundo.

Acariciar es un acto de amor y de reconocimiento. No puede haber nada más hermoso y necesario. Es la manera de decirle al otro que su cuerpo forma parte del nuestro y viceversa.

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Huye de las caricias que no nacen del amor

Sin embargo, hay quienes, con tal de no sentirse solos, aceptan lo que los psicólogos denominan caricias negativas, que son caricias que le tachan a uno, caricias que nacen de algún sentimiento negro (apropiarse del otro, hacerle daño, separarle de los demás...) antes que del amor.

Con tal de no sentirse solos, de acuerdo, porque la soledad no deseada es una tortura insufrible, pero sin darse cuenta de que esa negación, esa tachadura y ese daño son algunas de las modalidades más oscuras de la inexistencia.

Son caricias inhumanas que nunca deberían aceptarse porque es mejor estar a solas con la poca luz que a uno le quede, o con la mucha sombra que uno proyecte, que convertirse en el fantasma de uno mismo.

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De las neuronas a la piel

Acariciar es, también, sinónimo de ambicionar, de desear algo con fuerza: acariciar el proyecto de cambiar de vida, acariciar la idea de tener más hijos.

Caricias abstractas, caricias en el aire, que remiten a esas otras caricias concretas, piel a piel, de las que hemos hablado antes: porque para cumplir esos objetivos (cambiar de vida, tener más hijos, irse a otra ciudad, despedirse del trabajo, escribir una novela…) hace falta, primero, confiar en que sea el cuerpo quien tome las decisiones por uno.

Es, de hecho, desplazar el centro de decisión para los asuntos importantes de la vida de la cabeza al cuerpo, de las neuronas a la piel.

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Acariciar es acercarse al otro, atreverse al otro, ser el otro.

Acariciar es viajar con las manos al corazón del otro. En el transcurso de ese viaje la piel se reconoce como piel, el vello se reconoce como vello, los poros se reconocen como poros, las yemas de los dedos se reconocen como yemas de los dedos, la espalda se reconoce como espalda, el sexo se reconoce como sexo: acariciar es despertar el autoconocimiento de cada fragmento de nuestro cuerpo.

Autoconocimiento, alma: eso que no es cuerpo pero sin lo cual el cuerpo no sería nada. Al acariciar le ponemos alma al cuerpo, despertamos el alma del cuerpo. No puede haber nada más necesario ni más humano.

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