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Caminos de sabiduría

Bhagavadgita: el libro de instrucciones para la vida

¿Cómo actuar en el mundo? ¿Qué esperar a cambio? La tradición hindú apunta tres vías como respuesta en una de las obras más trascendentes de la cultura mundial: el Bhagavadgītā o Gītā.

Juan Arnau

Cuatro años antes de la toma de la Bastilla a manos de los revolucionarios parisinos, un tipógrafo inglés llamado Charles Wilkins, que trabajaba como impresor en la Compañía de Indias Orientales, publicó en Calcuta la primera traducción europea de la Bhagavadgītā. Se trataba de un antiguo poema sánscrito que formaba parte de la gran épica india, el Mahābhārata.

El Bhagavadgītā te orienta en los caminos de la existencia

La Gītā es un canto a lo divino que hay en el hombre pero, fundamentalmente, es un libro de instrucciones para la vida. Y lo curioso es que, frente a otros libros que enseñan cómo vivir, dichas instrucciones no son las mismas para todos, sencillamente porque para la India, ni los hombres nacen libres, ni nacen iguales. De la divisa revolucionaria Liberté, Égalité, Fraternité, en la India solo se cumple la última.

El karma de las vidas pasadas

Rousseau, que había alentado la Revolución, pensaba que el hombre nacía libre (la sociedad lo corrompía) y que todos los hombres eran iguales por naturaleza. Pero en la India la persona se encontraba muy lejos de nacer libre.

De hecho, cuando nacía llevaba ya mucho camino recorrido y llegaba cargada con una pesada mochila de inclinaciones, preferencias y manías. Y ello se debía a que no era nueva en este mundo y portaba en sí todo el karma pretérito; es decir, las consecuencias de todo aquello que había hecho en vidas pasadas.

Dicho recorrido es el que establece una jerarquía en la escala del ser. El cerdo es cerdo porque merece serlo, y lo mismo puede decirse del duende del bosque o del brahmán. Siendo esto así, las instrucciones de cómo vivir no pueden ser las mismas para todos.

Y dentro de este talante, jerárquico y pluralista al mismo tiempo, la obra ofrece, de un modo general, tres grandes caminos, tres formas de vida, a las que habrán de adaptarse los seres si quieren progresar en el arduo camino de la existencia.

Una ética no universal

Las normas de conducta cambian según la casta, y lo que puede ser una virtud para el brahmán puede ser una falta para el campesino, y viceversa. Un paria puede beber y jugar a las cartas, algo que al brahmán le está estrictamente prohibido.

Y, de un modo similar, los niños, los estudiantes, los ascetas, las mujeres y los padres de familia tienen todos ellos sus normas particulares. La idea fundamental, que choca a la mentalidad occidental, es que más allá de ciertos principios generales, no existe un código moral de conducta que sea universal.

En este sentido, la Gītā es también un tratado de ética, aunque ello no es óbice para que la obra tenga además su trasfondo filosófico y metafísico.

El alma inmortal

La historia es bien conocida. El héroe Arjuna aguarda en su carro el comienzo de la batalla. En las filas enemigas ve a muchos de sus amigos de infancia y algunos familiares y maestros. Su ánimo comienza a desfallecer. Entonces se vuelve hacia Krishna, su auriga, y le pide consejo.

Lo primero que le enseña Krishna es que la muerte del cuerpo no conlleva la del alma y, comparado con esta, aquella apenas tiene importancia: "Quien piense que el alma puede morir no entiende nada".

El alma nunca muere ni nace, es eterna y antigua, y al igual que el hombre se deshace de sus viejos vestidos para ponerse otros nuevos, así hace el alma, que se deshace de cuerpos ya inútiles para encarnar otros nuevos. Pero ni las armas ni el fuego podrán destruirla. Y es a partir de aquí que el dios expone sus instrucciones para la vida.

Obrar sin apegarse

En primer lugar se niegan las viejas virtudes que la tradición atribuía al quietismo y el ascetismo, dos valores clásicos del pensamiento indio. "Quien tortura su cuerpo me está torturando a mí." Y tampoco es correcta la inactividad del que medita. Dejar de enfrentarse a los obstáculos que plantea la vida, apartarlos como si no existieran, es imposible e inútil.

La misma divinidad se encuentra enfrascada en una continua actividad. No necesita nada y sin embargo no deja de actuar. El hombre debe hacer algo parecido, debe actuar y emprender, hasta las últimas consecuencias, pero de un modo particular, sin adherirse al fruto de sus acciones, con cierta distancia y desprendimiento, y con la mente puesta en Dios.

Decía el ensayista Charles Péguy que la oración es el trabajo de los hombres libres y que el trabajo es la oración de los esclavos. Pues bien, lo que aquí se propone es ser libre y esclavo a la vez, trabajar sin desmayo pero sin encadenarse a los resultados, con la mente puesta en lo alto, viéndose uno mismo trabajar y distanciado de esos empeños. Un empeño, por así decirlo, irónico. Un atender a lo que uno hace con indiferencia del resultado.

Dejar de enfrentarse a los obstáculos de la vida es imposible e inútil. Hay que actuar, pero con desprendimiento y la mente puesta en Dios.

Cumplir con el dharma

En una sociedad organizada por la jerarquía del karma cada uno tiene el papel que uno mismo se asignó con el paso del tiempo. En este escenario, la conducta correcta se define por dicha circunstancia. En ella no deben influir los sentimientos o intereses personales. Y este es el modo de servir a lo divino, cumplir con el propio dharma.

Desde la época de los Gupta a la actualidad, la Gītā ha sido elogiada por hindúes, cristianos y musulmanes. Nadie admitió tan generosamente su deuda con el canto sagrado, con su doctrina de entrega incansable y desinteresada, como Mahatma Gandhi, aunque Gandhi se opondría a dos aspectos centrales de la antigua sociedad india: el militarismo y la sociedad de castas. Los clásicos tienen esa virtud, pueden seguir inspirando y al mismo tiempo ser críticos de sí mismos.

Las tres vías de la sabiduría

En líneas generales hay tres caminos distintos en la aventura de la existencia, tres modos de aproximación a lo divino, aunque todos compartan el prerrequisito de la acción desinteresada y consagrada a lo divino.

  • El primero, destinado a los hombres de acción, es el camino de los emprendedores y de aquellos que quieren hacer algo importante en sus vidas.
  • El segundo, más discreto, es el del discernimiento, destinado a aquellos que, por temperamento, se consagran a la filosofía y al conocimiento intelectual.
  • Y por último, el de la devoción, para aquellos que quieran profundizar en la emoción cósmica, o en la identificación afectiva con lo divino. Este último se considera superior a los otros dos y es heredero de las antiguas tradiciones devocionales de los bhagavatas.

La morada interior

Según esta escala de valores, las formas primitivas de la devoción se encuentran dominadas más por el respeto y el sobrecogimiento que por el amor: "Postro mi cuerpo ante ti y solicito tu gracia". Esa gracia es la dádiva de soberano poderoso y distante, la gloria lejana de un emperador que los mortales no son dignos de contemplar.

Pero con la influencia del budismo y las upanishad –y su transformación de los elementos rituales y sacramentales del sacrificio védico, en la experiencia interior de la meditación– aparece una nueva forma de devoción que la Gītā encarna a la perfección.

La obra sugiere que los seres menos evolucionados ahondan en el temor de dios, mientras que los más avanzados espiritualmente lo consideran un espíritu omnipresente que mora en todas las formas de vida.

Cuando Krishna se revela como el dios supremo y muestra su aspecto trascendente, Arjuna es incapaz de soportar la visión y se desploma aterrorizado. Y es entonces cuando el propio dios le muestra que habita en todas las criaturas y muestra su lado compasivo: él es el que rescata del océano del sufrimiento a quienes cultivan esa morada interior, como se hace con el amigo o el amante.

Muchos dioses, una divinidad

Se ha dicho muchas veces que el hinduismo es una religión más propensa a asimilar que a excluir. En este sentido, la Gītā es una de las manifestaciones más antiguas de la tolerancia religiosa. La tendencia general fue considerar los diferentes dioses de los diferentes pueblos como aspectos complementarios de una misma divinidad.

Los diversos temperamentos y los diversos niveles de evolución espiritual harán que unos parezcan más oscuros y otros más brillantes, y esas impresiones determinarán la elección. Pero sin importar la secta o escuela a la que se pertenezca, el devoto adora, aun sin saberlo, a la divinidad en su conjunto.

"Incluso quien adora a dioses extranjeros, si lo hace con reverencia y devoción, me adora a mí." Una aguda conciencia de un horizonte religioso que permite reconocer a los demás.

JUAN ARNAU es escritor, filósofo y profesor en la Universidad Europea. Antes fue marinero, viajero por África, astrofísico y doctor en sánscrito por El Colegio de México. Es el responsable de la edición bilingüe de Bhagavadgītā (Ed. Atalanta). Es también el autor de las novelas El cristal de Spinoza y El efecto Berkeley (Ed. Pre-Textos), así como de los ensayos Manual de filosofía portátil (Ed. Atalanta) y La palabra frente al vacío (FCE), entre otros.

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