Menos es más

18 claves para descubrir lo esencial

Brenda Chávez

¿Qué pasaría si rompiéramos con la rutina del consumo sin sentido y de gastar energía persiguiendo una acumulación material innecesaria? Nos hallaríamos mucho más cerca de la felicidad. ¿Lo intentamos?

Simplificar la vida en todos los sentidos, en todo aquello que no nos aporta valor, implica poner el foco sobre lo fundamental, tanto en la esfera material (consumo, uso de tecnología…), como en las relaciones (de pareja, de familia, laborales…) y en la gestión de nuestro tiempo y de nuestro dinero.

1. Depurarse

Se trata de un ejercicio de depuración, de elogiar lo esencial, lo que nos reconecta con quienes somos, con lo que es importante para nosotros, y que además nos libera de muchas preocupaciones, agiliza nuestra experiencia diaria y nos motiva a vivir una existencia más llena de significado que de bienes materiales.

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2. Definir las necesidades reales e irreales

La sociedad de consumo nos incita a adquirir bienes y servicios sin que sean tan necesarios como nos hacen creer.

Sin embargo, si lo pensamos bien, reducir el consumo sí es una necesidad planetaria muy real pues, según cifras del ente genovés Global Footprint Network, actualmente consumimos 1,7 planetas Tierra en recursos naturales al año.

Es decir, estamos produciendo y consumiendo por encima de la capacidad de la Tierra para renovarse. Y en 2030, según WWF (World Wildlife Fund) estaremos consumiendo el doble de recursos.

3. Reducir las brechas sociales

En las últimas cuatro décadas de esplendor de la economía neoliberal se han cuadruplicado la producción y el consumo, lo que ha creado graves problemas como el cambio climático, una brecha mayor entre ricos y pobres o un mercado laboral cada vez más precario.

Todo esto tiene mucho que ver con los impactos ambientales y sociales, con cómo se producen y consumen los productos y servicios hoy.

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4. Consumo y felicidad

El dinero y el consumo no compran la felicidad. Pueden provocar una satisfacción momentánea, pero la felicidad implica poseer un propósito más allá de lo meramente material y de lo que se espera de nosotros.

5. Dos paradigmas

El "tanto tienes, tanto vales", el poseer y aparentar nos empujan a la competición de unos contra los otros, a la comparación con los demás y, por tanto, a la insatisfacción constante. Frente al paradigma del "tener" está el paradigma del "ser", que valora quiénes somos y cómo nos realizamos como individuos plenos.

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6. Más renta, ¿mejor?

Como dice el refrán, "es más rico el que menos necesita", pero además la acumulación material no nos hace más felices.

Como se estudió en la década de 1970 en Estados Unidos, pese a que la renta per cápita se había triplicado, no habían aumentado apenas los niveles de felicidad: era, y es, uno de los países con peor salud mental y con más suicidios, muchos vinculados a afanes económicos frustrados.

7. Generosidad y satisfacción

En 1974, la llamada "paradoja de Esterling" confirmaba que el dinero influye en la felicidad hasta cierto nivel de renta; más allá no hay incrementos significativos. Es decir, la riqueza no crea felicidad por ella misma.

El único dinero que "compra" felicidad, una vez cubiertas las necesidades personales, es el gastado con intención prosocial porque, según Michael Norton, de la Universidad de Harvard, es la generosidad lo que nos hace felices.

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8. Consumo inconsciente

Sin embargo, consumimos y acumulamos pertenencias como si nos fueran a hacer más felices y sentirnos plenos. El psicólogo Geoffrey Miller, de la Universidad de Nuevo México, apunta que gran parte del placer que reporta el consumo deriva del deseo inconsciente de que lo adquirido aumente o comunique mejor nuestras virtudes y nuestra personalidad.

9. Manipulación

Las marcas lo aprovechan para construir universos aspiracionales a los que nos incitan a pertenecer. Y aunque deberíamos consumir solo lo necesario, la mayoría de las veces adquirimos bienes y servicios por razones emocionales, compulsivas, conducidos por la publicidad, el marketing…

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10. Qué esconde el consumismo

Consumimos para calmar insatisfacciones, para compensar malestares (en el trabajo, en casa…), para encubrir (consciente o inconscientemente) estados de ánimos desagradables como el aburrimiento, la frustración o el desánimo; por necesidad de pertenencia a un grupo real o imaginario o por anhelo de seguridad, estatus, aprobación social…

11. Expectativas y tiempo

Además consumimos por las expectativas que tienen otras personas sobre nosotros, sobre cómo deberíamos ser, cómo deberíamos comportarnos o cómo deberíamos vivir.

Y también consumimos acuciados por la falta de tiempo para cuidarnos, para cocinar, para pararnos a reflexionar qué necesitamos de veras adquirir, qué es lo mejor para nosotros, para quienes nos rodean y para el planeta.

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12. Un lastre personal

Dicen los expertos en comportamiento que el pensamiento genera una acción, que la acción repetida da como resultado un hábito, y que ese hábito, cuando se mantiene a lo largo del tiempo, acaba provocando una transformación determinada.

Por ello, el consumo inconsciente y acrítico no solo impacta en nuestros bolsillos, sino que además puede ser un lastre en nuestra realización personal.

13. Cuando comprar te desmotiva

El consumo inconsciente puede actuar inmovilizando otros recursos, herramientas o soluciones de que disponemos, que podemos desarrollar o que incluso ya podemos implementar para transformar positivamente nuestras vidas (cambiar de trabajo, poner límites a la pareja, a la familia…).

Es preferible actuar sobre la raíz de los problemas (trabajo, relaciones, objetos…) que encubrirlos a base de consumir.

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14. Elige lo positivo

De esta forma, si generamos hábitos de consumo responsables, sencillos y centrados en la propia salud y la de los demás, y si evitamos los impactos sociales y ambientales negativos (optando por productos de comercio justo, alimentos agroecológicos…), obtendremos una satisfacción duradera y trascendente más allá de lo material y de usar el consumo como un subterfugio de otros problemas o inquietudes.

Estaremos utilizando el consumo como una herramienta de transformación socioambiental que premia los buenos modelos productivos, así como los servicios y productos bien hechos, con impactos positivos en el planeta y sus seres.

15. Centrarse en lo importante

Como en cada acto cotidiano, poner consciencia en el acto de consumir (por qué lo hacemos, qué lugar ocupa en nuestra vida…) nos ayuda a centrarnos en lo importante y significativo, a reducir el consumo a lo necesario, concediéndonos algún capricho, pero ciñéndonos a comprar menos y mejor, a disfrutar más que tener (por ejemplo, alquilar en vez de comprar) y a que el ocio no implique siempre la obligación de consumir.

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16. Qué queremos apoyar

Podemos reparar o reciclar los enseres estropeados o inutilizables.

Y reflexionar al comprar sobre el origen de los artículos, sobre el modelo productivo del que provienen (industriales, ecológicos, comercio justo…), sobre su posible impacto en la salud, en el planeta y en otros seres o personas implicadas.

Y decidir conscientemente si de veras queremos apoyar eso con nuestro dinero y consumo.

17. Menos para disfrutar más

Se trata de poseer menos y disfrutar más (hay más opciones además de la compra) y cuando vayamos a adquirir algo, que sea poco y de calidad. No solo su resultado es mejor, sino que a corto plazo se gana espacio (mental y físico) y a la larga se ahorra dinero (por todo lo que dejas de consumir).

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18. Somos seres únicos

Solo vivimos una vez. Lo que hace significativo este viaje que es la vida no es lo que poseemos, sino cómo somos. Cada ser humano es mucho más especial que cualquier objeto de consumo porque cada uno de nosotros es completamente único e irrepetible.

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