Fluir con el otro

Cómo acompañar al otro con respeto y espacio

Jesús Aguado

Quien sabe acompañar da apoyo, calor y aliento a quien lo necesita. Basta con una presencia atenta y serenidad en el corazón.

Vivir es acompasar el ritmo propio al ritmo de otra persona y, por eso mismo, no olvidarse de que siempre hay alguien a nuestro lado haciéndonos compañía. Estamos entrelazados, estamos concertados: entre todos tejemos una red de relaciones que debemos tener cuidado de que no se enmarañe; y entre todos hacemos sonar una sinfonía que hemos de procurar que no desafine.

Incluso en soledad hay alguien a nuestro lado que nos toma de la mano, que nos mira a los ojos, que nos escucha o nos habla, que nos alienta, que guía nuestros pensamientos o sentimientos, que nos ayuda a enhebrar la aguja o a interpretar la partitura. Vivir es, por encima de casi cualquier otra cosa, acompañar y ser acompañado.

Ocuparse de un enfermo durante el proceso de su enfermedad, tanto si uno es allegado suyo como si pertenece al equipo clínico que le trata, es un tipo de acompañamiento terapéutico. Estar pendiente de un niño, como padre o como maestro, mientras crece y aprende es un acompañamiento pedagógico. Sostener a alguien durante una pérdida dolorosa es acompañarle en el duelo. En todos estos casos el verbo «acompañar» está ligado a una plena disponibilidad (a ese estar ahí, preparado y atento pase lo que pase, para lo que el otro necesite) que requiere de quien la ofrece fuertes dosis de amor y de falta de egoísmo, inteligencia y madurez emocionales, y la voluntad de cualificarse en los ámbitos donde debe desarrollarse (el familiar, el educativo, el médico, el psicológico, etc.) esa labor de acompañamiento.

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Un apoyo que no invade

Este acompañar en positivo tiene que ver con el hecho de ir junto a alguien sin invadir su territorio, sin empujarle, sin molestar y sin imponer nuestro diapasón al suyo, errores frecuentes de ida y de vuelta (del que acompaña, del que es acompañado) que estropean tantas relaciones cuando las circunstancias se vuelven exigentes.

Pero también tiene que ver con estar intensa y apasionadamente pendiente de que el otro no se extravíe, de que no tome decisiones inapropiadas, de que sea fiel al mapa y al proyecto de su vida. Acompañar no es colaborar con las mentiras que el otro se cuenta ni hacerse cómplice de sus meteduras de pata, sino ayudarle a conocerse mejor y enseñarle a usar las herramientas apropiadas para construirse una felicidad a su medida.

Por eso es tan importante y verdadero ese tópico que, generación tras generación, lleva a padres y a profesores a solicitar a los adolescentes que aprendan a elegir buenas compañías y a evitar malas compañías (pero a hacerlo, habría que precisar, según intuiciones y criterios amplios, no según los prejuicios sociales): porque las primeras encaminan, clarifican y enriquecen, y porque, al contrario, las segundas descarrían, enturbian acaban arruinándole a uno.

Acompañar bien es lo que hacen los buenos vinos, que se ponen al servicio de una comida para mejorarla. Y es, en este sentido, tener en cuenta cómo el otro cocina su vida, y qué ingredientes va usando a medida que lo hace, para contribuir a potenciar y matizar sus sabores. Acompañar bien es, también, actuar uno como el tiempo atmosférico en la vida de los demás: soleado cuando sale de excursión, ventoso cuando quiere hacer volar una cometa, lluvioso cuando conversa o lee junto a una ventana resguardado en una habitación o en un café, frío cuando quiere sentir el abrazo incondicional de un buen jersey, neblinoso cuando desea que ese exterior que es la calle se solidarice con ese adentro que es su corazón. Que el vino case bien con la comida, que el tiempo se ajuste a los planes: el acompañante o compañero ideal sabe lo que tiene que hacer en cada caso, y lo hace de manera natural, instintiva, completa y feliz.

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El espacio de cada uno

Acompañar a un hijo al colegio no es lo mismo que acompañar o hacer que acompañen a alguien a la puerta, pero hay algo en lo que se parecen. Al primero se le lleva de la mano cuando es pequeño, se le cuentan historias, se le anima para que pueda beneficiarse de ese lugar de aprendizaje y de socialización. Al segundo se le invita, porque ya es la hora o porque se le quiere expulsar del hogar, a que abandone nuestra casa. En lo que se parecen es que en ambos casos se incita a unos y otros, al hijo y al invitado o intruso, a que se vayan fuera, a que encuentren un modo personal de relacionarse con el afuera. Aunque el hijo regresará a casa por la tarde, poco a poco irá transportando en su mochila una porción más grande de afuera, algo que le ayudará a independizarse cuando sea mayor. El invitado o intruso, por su parte, no tendrá más remedio que caer en la cuenta de que su sitio, en relación a uno, es ese afuera al que ha sido acompañado. Acompañar bien es, en consecuencia, saber cuál es el lugar de uno en relación al afuera del otro, a todo eso del otro que le excluye a uno, y no intentar invadirlo, minimizarlo, borrarlo o ignorarlo.

Caminos en compañía

Necesitamos a los demás para poder asimilar nuestras penas y alegrías. Necesitamos que los demás nos acompañen en el sentimiento, en todos los sentimientos, porque sin ellos no tendrían sentido ni eco. Nuestros sentimientos (y nuestras ideas, proyectos vitales, ilusiones o deseos) solo se sostienen cuando son acompañados, cuando saben acompañar. Ir juntos por los caminos de lo visible y de lo invisible: uno de los secretos de la felicidad.

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