reconciliarse

Plenitud

Deja atrás el rencor y reconcíliate con la vida

El rencor nos mantiene atados a quien nos ofendió. La reconciliación, por el contrario, permite desprenderse de esa carga y volver a fluir con la vida.

Jesús Aguado

Vivir consiste, en buena medida, en aprender a manejar las distancias. Gracias a la distancia, a que hay un espacio y unas fronteras entre los seres y las cosas, nos distinguimos los unos de los otros, existimos como individuos conscientes de serlo y no como masa informe, y tenemos perspectiva para conocernos mejor a nosotros mismos y a los demás.

Vivir, por eso, es saber trazar el mapa de las distancias que significan algo para uno (la distancia que hay con la pareja, con los hijos, con los compañeros, con nuestros múltiples yos, con las ideologías posibles, con otras costumbres, con otros ritmos, con paisajes lejanos, con épocas pasadas, etc.) y conducirse procurando no desdibujar ese mapa.

Pero esto, no desdibujar el mapa, no equivocarse a la hora de calcular la velocidad y la oportunidad de acercarse o de alejarse, es casi imposible. En ocasiones, malinterpretando las indicaciones de ese mapa, uno se aleja cuando debería acercarse y se acerca cuando debería alejarse, y además usa para hacerlo gestos y palabras extemporáneos.

La mayor parte de los equívocos y de los enfados producidos entre personas que se quieren o que, temporal o habitualmente, colaboran en algo, tiene que ver con esa mala lectura que se ha hecho del mapa de los sentimientos, de los ideales, de los objetivos (amorosos, profesionales...) o de las circunstancias.

Y al traicionar el mapa traicionamos a los demás y nos traicionamos a nosotros mismos.

Defenderse sin atacar

Psicología

Defenderse sin atacar

Aprender a dejar el rencor atrás

Es justo en ese instante crítico en el que las distancias se rebelan y conspiran contra nosotros (porque esas equivocaciones nos vuelven obtusos, desleales, inamistosos, erráticos, ciegos) cuando conviene pararse. Pararse para reconciliarse con el mapa que uno es antes de que este le expulse de sus coordenadas y le deje a la intemperie, perdido, solo, desvinculado.

Pararse, también, para darle al otro, a ese otro del que uno se ha separado bruscamente, la oportunidad de detenerse y de aplicar a su propio mapa esos instrumentos de alta precisión sentimental que son las intuiciones, las emociones, la historia común o el buen uso de la ética y de la objetividad.

Una vez parados los dos, reconciliarse es fácil: basta con comparar y volver a encajar esos mapas personales; basta con que uno cualquiera le pida prestada la brújula al otro y con que este otro, como al descuido, le roce la mano al pasársela.

Para reconciliarse hace falta creer en que ese otro, el de dentro o el de fuera, tiene parte de la razón.

Un mapa perfeccionado

Reconciliarse es un acto de valentía y de sentido común (y es que para tener sentido común en un mundo como este que desvaría tanto hay que ser muy valiente) porque pone a prueba nuestra relación con el otro, lo otro y uno mismo.

Porque para reconciliarse hace falta creer en que ese otro, el de dentro o el de fuera, tiene parte de la razón, y no solo de la razón suya, algo que damos por descontado, sino también de la razón nuestra. El otro tiene en muchas ocasiones la clave de lo que somos o de lo que nos falta para ser.

De hecho, en el otro está, muy a menudo, el interruptor que enciende o apaga la luz que somos o, si queremos expresarlo así, la luz que nos habita.

Reconciliarse es confiar en que, en efecto, el otro tiene esa clave, o ese interruptor, y abrirse a reconocerlo, a aceptarlo. Antes uno se ha peleado con esa persona por discrepancias, las que sean, que le alejaban de ella

Más tarde llega la hora de volver a acercarse para comprobar dos cosas: que por lo general esas discrepancias eran más fruto del momento que de la verdad de la relación, y que toda discrepancia tiene un poder regenerador y positivo que, bien usado, mejora a las personas y mejora las relaciones.

El que se reconcilia vuelve a tener en sus manos el mapa de su vida en condiciones perfeccionadas, ya que ese acto ha limpiado algunos de sus signos y ha clarificado los detalles, las indicaciones, de ciertos caminos principales o secundarios.

El universo recupera su sentido

Reconciliarse es volver a unir lo separado. Reconciliarse es sentir de nuevo la unidad esencial que atraviesa todo lo que está vivo. Al reconciliarse uno regresa al tejido que le anuda al Universo: a las estrellas, a las raíces de los árboles, a los ríos, a los animales, a los demás seres humanos.

Por eso es un acto catastrófico que dos personas se separen por las malas: porque no solo pone distancia y desunión entre ellas, sino porque descoloca todo lo demás (las estrellas, las raíces, etc.) y lo pone en cuestión, es decir, porque emborrona y rasga ese mapa de mapas que es el Universo.

Reconciliarse, entonces, es volver a confiar en que todo, o Todo, vuelva a tener sentido. No solo ella, no solo él, no solo uno mismo: todo. Y cogerse de la mano para que no se desmorone, sí, el Universo.

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