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¡Cultiva la confianza y entrégate a lo que viene!

La confianza es una actitud que permite encontrar fuerza y apertura para afrontar lo que sucede sintiéndose sostenido por la vida.

Cristina Martínez Gómez

Los actos cotidianos están llenos de momentos en los que uno se entrega y confía. Cuando subimos a un autobús, confiamos en que el conductor nos llevará a destino, no tenemos ninguna duda, sabemos que vamos a llegar. Sin embargo, cuando se trata de otro hecho que nos preocupa o en el que entramos en confusión, la tarea se hace algo más complicada.

Confiar implica dar un paso adelante sin saber exactamente lo que va a ocurrir, y a la vez tener muy presentes los recursos personales para desenvolverse ante cualquier situación. Por eso la confianza está íntimamente relacionada con la autoestima.

Cómo construimos la autoconfianza

Consejos para ejercitarla

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La confianza es una energía interna que nos impulsa en la vida

El concepto que alguien tiene de sí mismo marca la diferencia a la hora de afrontar las distintas situaciones. Esa imagen es resultado de la propia personalidad y del balance que uno hace de sus experiencias, resultados, sensaciones, pensamientos y sentimientos que surgen al respecto. Como consecuencia, cada ser humano aborda las situaciones de la vida con un talante diferente.

Algunas personas, a pesar de haber tenido experiencias muy duras, pueden afrontar lo que les ocurre con serenidad y confianza, mientras que otras tienden a tener una actitud más escéptica. En función de la visión que uno alimente de sí mismo o de los demás, la confianza surgirá con mayor o menor fuerza.

A veces una persona puede llegar a engañarse y alimentar una falsa confianza. Pensar que todo es posible cuando uno quiere o que no necesita a los demás es una fantasía que lleva a perder la perspectiva vital. Tarde o temprano se vive la frustración de encontrarse con la experiencia de la realidad.

Roberto, por ejemplo, es muy hábil en su entorno social, cae bien a los amigos y parece una persona bastante segura. Sin embargo, en casa todo su personaje se desmonta, no soporta ningún tipo de crítica porque eso le convierte en una persona muy vulnerable. Para evitar sentirse así se defiende ante los demás entrando en discusiones, con lo que consigue lo contrario de lo que desea: apartarse de los seres que ama.

Es frecuente que personas con una falsa confianza muestren un sentimiento de excesiva superioridad con objeto de ocultar la inseguridad que sienten dentro de sí mismas.

Ciertas vivencias tempranas de la infancia pueden llevar a algunas personas a enfrentarse con los demás por temor a ser atacadas. Por ello es esencial un reconocimiento sincero de aquello que nos resultó doloroso y una actitud de amor hacia uno mismo que ayude a aliviar las carencias y fomente la auténtica confianza. De lo contrario se puede llegar a crear una máscara con la que se intenta mostrar al mundo aquello que, en su fuero interno, uno no llega a creerse ni a encontrar.

Valentía y humildad

A lo largo de la vida la mayoría de personas acumulamos experiencias dolorosas que nos pueden llevar a pensar que no somos capaces o lo suficientemente válidos. Desde ese sentimiento de inadecuación surge lo contrario a la confianza: el miedo.

Pensar que nada va a cambiar o que lo bueno le ocurre a los demás puede llegar a crear una convicción interna de fracaso tan rígida que condicione las experiencias de la vida. El miedo nos cierra a lo que está por venir. Dejarse dominar por esta emoción puede llevar a mermar las propias capacidades y con ello a reducir las posibilidades de vivir plenamente.

En estos casos ayuda tomar conciencia y practicar una actitud de apertura, que no de inconsciencia. Cuando una persona está dispuesta a eso también asume que entra en el terreno de la vulnerabilidad. Abrirse a lo que surge de uno mismo sin necesidad de poner una pantalla protectora es un acto de valentía y humildad. La confianza requiere de este mirar auténtico y honesto.

Las creencias y actitudes internas nos llegan desde nuestra propia infancia. Probablemente vivimos circunstancias que nos afectaron y de las que no logramos salir airosos. Quizá faltó un adulto que nos protegiera o guiase para superar cierta situación. Esas sensaciones de miedo suelen quedarse grabadas en el cerebro emocional y se disparan ante una vivencia de peligro.

Amelia sentía pánico cada vez que su jefe la llamaba al despacho. Cuando profundizó sobre qué era realmente lo que temía, tomó conciencia de que el tono de voz y la actitud de su jefe le evocaban a su padre cuando la regañaba por llegar tarde o la castigaba sin salir.

Experiencias no digeridas de la infancia

El cerebro emocional no entiende de tiempos: pasado, presente y futuro no se diferencian en el inconsciente. Emociones muy antiguas que nos limitaron causando dolor se solapan con otras similares del presente y nos atrapan si no las hemos resuelto. Podríamos llamarlas "experiencias de vida no digeridas". Es habitual aferrarse inconscientemente a estas emociones porque resultan familiares, aunque ya no nos sean útiles.

El trabajo o la terapia consisten en hacerle ver a nuestra emoción que aquel peligro que vivimos en el pasado hoy no es el mismo. Ahora somos adultos y capaces de desarrollar recursos para gestionar las situaciones difíciles de una manera más eficaz.

Tomar cierta distancia emocional de lo que sucede ayuda a relativizar la situación y hace más fácil encontrar una respuesta. En este sentido la meditación puede ser una herramienta muy útil, pues permite entrenar la actitud de abrirse a lo que viene o a lo que surge sin resistencias y, por tanto, a aceptar lo que depara cada momento.

Aceptar implica dejar de luchar con lo que está ocurriendo, sea lo que sea. Desde ahí es factible recuperar la fuerza y reconducir la energía hacia el encuentro de soluciones.

Si acecha la inquietud:

  • Tratarse con amor y comprensión. Cuando uno es capaz de asumir que eso que le ocurre no es absurdo sino que quizá tuvo su sentido en otro tiempo y fue útil para sobrevivir, entonces aquello que nos pasa deja de ser rechazado para ser acogido.
  • No dejarse arrastrar por una única emoción. Tomar distancia de uno mismo y darse cuenta de que lo que está ocurriendo es pasajero, aunque no sepamos cómo ni cuándo terminará, libera y ayuda a disminuir la intensidad de la emoción.
  • Aceptar la vulnerabilidad y los sentimientos. "Soy humano y vulnerable", esta sería una actitud adecuada para poder afrontar una situación difícil con plena dignidad y vivirla tal cual se presenta, sin juicios que aumenten el malestar.

La confianza en el otro

Para que la confianza se desarrolle entre dos personas se requiere tiempo. Tanto en la amistad como en la pareja, la confianza desempeña un papel muy importante, pues sin ella no existe la posibilidad de que la relación perdure. Confiar en alguien es un acto de entrega que se consolida poco a poco. Uno aporta, con su actitud, una predisposición a favor de la relación. En la medida en que vamos dando y recibiendo crece la confianza y se fortalece el vínculo.

La amistad se apoya en el amor incondicional. Confiar en un amigo es tener la certeza de que estará ahí para apoyar y reflejar su opinión desde el respeto. La amistad implica permeabilidad y flexibilidad; es sentir el aliento que el otro da, más allá de su criterio personal.

En la pareja se puede dar prioridad a la profundidad o a la diversidad. Por eso es importante aclarar primero esas necesidades con uno mismo y después con el otro. ¿Estamos dispuestos a crear un proyecto común con la otra persona o preferimos la libertad?

La auténtica confianza en uno mismo no está en relación con si acecha nuestros logros sino con nuestro ser.

Tener muchas aventuras y distintas relaciones permite hallar diversión y diversidad pero impide profundizar en la confianza. Esta solo crece cuando se le dedica tiempo, como una planta que vamos cuidando y que cada día se va abriendo más, mostrando sus colores y capacidades.

Para que dos personas puedan profundizar en una relación tiene que aparecer el compromiso mutuo de querer abrirse el uno al otro, pues la confianza también se apoya en la honestidad.

La mirada abierta y sincera mostrando lo que uno es constituye el camino para unas relaciones auténticas. Abrirse al otro implica estar dispuesto a dejarse ver sin artificios y así nutrir el acercamiento mutuo y la confianza.

Cultivar la confianza es:

  • Sentir serenidad interior sabiendo que, más allá de lo que suceda, será posible salir de esa situación.
  • Darse permiso para volver a intentarlo. Siéntete en pleno derecho a tener nuevas oportunidades.
  • Tener flexibilidad mental. Con creatividad podremos imaginar y diseñar lo que deseamos de distintas maneras, tanto para lograrlo como para no sufrir en el camino.

La vida nos sostiene

En ocasiones la vida nos sorprende con imprevistos, situaciones que no habíamos imaginado: una mudanza, la aparición de una enfermedad, la pérdida de un trabajo, una separación... Estas circunstancias nos ponen en situación de afrontar y potenciar todos los recursos personales disponibles para hacer frente a la nueva situación, aunque uno se resista al cambio.

El Dr. Thomas Trobe (Krishnananda) en su libro De la confianza ficticia a la confianza real dice: "La confianza real se basa en el conocimiento interno de que nuestras experiencias, ya sean positivas o negativas, agradables o dolorosas, son parte integral de nuestro crecimiento como seres humanos. La confianza real se basa en la profunda experiencia interior de que estamos siendo sostenidos y cuidados por la existencia".

Aceptar los límites

Cuando se trata de tomar alguna decisión, la confianza está íntimamente relacionada con la motivación; uno necesita saber para qué va en esa dirección. Tener claros los motivos en momentos de crisis ayuda a superar las dificultades y a avanzar con más fuerza.

Para confiar plenamente se necesita aceptar los límites personales, entender que no todo está en nuestra mano y que no es posible saber las cosas antes de que ocurran. La vida no ofrece garantías, por eso vivirla plenamente implica valentía y cultivar la actitud de estar disponible a lo que venga sin anticipar mentalmente los obstáculos.

La confianza verdadera en uno mismo no está en relación con nuestros logros sino con nuestro ser. Es una actitud interior profunda e inquebrantable que nos lleva a atravesar las vicisitudes de la vida sabiendo que seremos capaces de superar aquello que la vida nos trae, más allá de que nos guste o no.

Bibliografía

  • Krishnananda y Amana. De la confianza ficticia a la confianza real (Gulaab Ediciones)
  • Boris Cyrulnik. Los patitos feos (Ed. Gedisa)

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