Meditación compasiva

La meditación te ayuda

Cultiva la compasión: por ti mismo y por los demás

El equilibrio emocional se alcanza a través de la compasión, de la pacificación de la mente y el cuerpo. Empieza por uno mismo y se proyecta hacia los demás.

Enrique Arellano

Disfrutar de equilibrio emocional es tener una mente centrada y tranquila, capaz de observar, al mismo tiempo, los estados emocionales y los pensamientos que surgen constantemente de ella.

Todo ello debe darse en un cuerpo aposentado y relajado. Libre de agitación y libre de su opuesto: la excesiva relajación que adormece la mente y el cuerpo.

El equilibrio emocional significa también gozar del conocimiento psicológico necesario para comprenderse a uno mismo, en su propia condición y su pertenencia a la humanidad. Y tener una cierta domesticidad con las propias emociones y la función que cumplen en nuestra vida.

Estar bien con uno mismo para cuidar bien del otro

Cuando una persona maneja con soltura estos tres conocimientos y los practica, su vida se vuelve resiliente y su corazón puede abrirse tanto hacia sí mismo como hacia los demás. La vida de una persona toma, así, una vertiente decididamente espiritual, enraizada en su cuerpo, en sus sensaciones corpóreas, presente en sus emociones y en sus sentimientos.

Probablemente esta persona se incline a dedicarse a aliviar el sufrimiento que hay en los demás, habiéndose puesto en paz consigo misma primero.

Esta forma de equilibrio emocional se apoya en tres pilares fundamentales. A saber, la sabiduría contemplativa, el conocimiento psicológico y las emociones.

La meditación como camino

La sabiduría contemplativa aporta el conocimiento milenario de cómo practicar la introspección y la contemplación de la propia mente. Los contemplativos consideran su disciplina una ciencia de la mente, una disciplina científica para observar y conocer los fenómenos de la realidad.

Para avanzar en esa sabiduría contemplativa, en esa introspección que permite observar la propia mente, resultan de gran ayuda las técnicas de meditación que vienen del Shamata, un vehículo o conjunto de procedimientos de meditación de la tradición tibetana que ponen el acento en una concentración refinada y en llevar serenidad a la mente.

Para el investigador de la conciencia y maestro Alan Wallace, practicar Shamata o atención refinada es un paso previo a la práctica de Vipassana, que es la meditación que conduce a la indagación profunda de la mente para llegar a conocer la realidad.

Ambas son válidas cuando se utilizan las técnicas del mindfulness, cuyo objetivo es desarrollar la atención plena.

A la hora de practicar el mindfulness, se empieza por intentar ser plenamente conscientes de la respiración y de la relajación del cuerpo, tratando de no caer en el sopor. Las aplicaciones de esta técnica son cuatro: respiración abdominal, respiración nasal, descansar en el estado natural de la mente y ser conscientes de la consciencia.

Se recomienda practicar estas técnicas con un maestro que las haya ejercitado durante años con constancia y siga haciéndolo.

Entender la compasión como una virtud

La compasión es uno de lo que se conoce como los Cuatro Inconmensurables, una de las cuatro virtudes que representan un corazón abierto según el budismo. Las otras tres son el amor o amabilidad, la ecuanimidad o paz, y la alegría.

Superficialmente, podemos tener una idea de lo que son, pero algunos sabios han estudiado estas virtudes a fondo y tienen mucho que decir de cada una de ellas.

La compasión requiere coraje. A menudo, cuando una persona escucha la palabra "compasión", la asocia con el hecho de ser amable con alguien que sufre o incluso sentir lástima. Sin embargo, los estudios revelan que, cuando una persona experimenta verdaderamente compasión, en su núcleo se revela como valentía y coraje.

La asana que te abre a la compasión

Desarrolla la amabilidad

La asana que te abre a la compasión

Ayuda a los demás y te ayuda a ti

En este sentido apunta la definición del doctor Paul Gilbert, experto en compasión y fundador de la "terapia cognitiva focalizada en la compasión", que la describe como una sensibilidad hacia el sufrimiento de uno mismo y de los demás, acompañada del compromiso de tratar de aliviar ese sufrimiento y de prevenirlo.

El coraje que se necesita para ser compasivo no reside sino en la disponibilidad de ver las causas y la naturaleza del sufrimiento, ya sea en nosotros mismos, en los demás o en la condición humana. El desafío que comporta la compasión es adquirir la sabiduría que se precisa para aliviar tanto el sufrimiento en nosotros mismos como en los demás.

Por eso constituye, en palabras del doctor Gilbert, una gran declaración de fuerza y de coraje. La compasión es difícil, potente, contagiosa e influyente. Se reconoce universalmente como la motivación junto con la habilidad necesarias para transformar el mundo.

Las claves de la meditación compasiva

La meditación se vuelve compasiva cuando es capaz de movernos hacia algo bueno, algo que alivie o prevenga el dolor, en uno mismo o en los demás.

Un trabajo de interiorización y contemplación nos puede indicar cuál es la raíz de nuestro sufrimiento para atenderla poco a poco. Aquí no hay cura milagrosa, sino un arduo trabajo interior, lleno de sentido común, capaz de cortar la negación que nos solemos poner encima de nuestros padecimientos psicológicos, mentales y emocionales.

La práctica intensiva de la meditación puede aliviar padecimientos psicosomáticos, pues es, en esencia, la pacificación de la mente, del cuerpo y del habla. La práctica de la atención plena crea un estado de bienestar excepcional, con un cuerpo relajado, pero no dormido, y una mente atenta, pero no laxa ni hiperactiva.

Cuando se medita sobre los Cuatro Inconmensurables o virtudes para un corazón abierto, suelen surgir a la superficie sentimientos nobles como la dulzura o la alegría. Y, como varios estudios psicológicos han probado, las personas con un corazón alegre que no acarrean rencor ni estados de "no perdón" suelen gozar de mejor salud y capacidad para la alegría, el disfrute y la paz.

Las personas que suelen estar bien no comprenden a menudo a los que sufren, quieren que se pongan bien a la primera y emiten muchos juicios que merman su propio corazón, su empatía, y así la ayuda que prestan es poco efectiva.

Cuando el corazón está abierto, somos capaces de poner de lado nuestra agenda, nuestros intereses, y ser infinitamente pacientes. No tontamente pacientes, sino pacientes de verdad. Comprendemos que los procesos humanos toman su tiempo.

Un maestro budista me enseñó que no estamos aquí para perfeccionarnos, sino para perfeccionar nuestra capacidad de amar.

Una herramienta para la vida

En mi día a día, atiendo en mi consulta a personas que buscan sentirse bien. Algo les ha desequilibrado. Tras vivir un episodio intenso, con experiencias varias, nada ha vuelto a ser como antes para ellas. La energía de esas experiencias se ha infiltrado en su mente, y en su afectividad, y han perdido la sensación de equilibrio, bienestar y control.

Lo mismo nos ocurre a todos, quizá en menor medida, con el estrés cotidiano. No se trata de vender positividad, ni de excusarse con que para despertar siempre hay que pasarlo mal, sino de prestar atención a los cambios de la vida interna y externa del ser humano, de uno mismo.

Cultivar ciertos hábitos y cualidades tiene un valor muy alto a la hora de afrontar los problemas internos y externos en la vida.

La suma total de los esfuerzos por meditar con atención, por estar presentes en nuestras sensaciones, sentimientos y emociones, nos trae más paz para aceptar la realidad y poner de lado nuestros juicios y maneras de pensar establecidas.

Como decía el filósofo William James: "El camino voluntario y soberano hacia la alegría, si perdemos la alegría, consiste en proceder con alegría, actuar y hablar con alegría, como si esa alegría estuviera ya con nosotros".

Terapia emocional para tiempos de turbulencia

Durante un encuentro del Instituto Mind and Life (Mente y Vida) –celebrado en el año 2000 en la ciudad india de Dharamsala y dedicado a las "Emociones destructivas"–, el Dalai Lama encargó a Paul Ekman, psicólogo darwiniano y experto mundial en emociones, y al maestro budista Alan Wallace crear un curso de equilibrio emocional que ayudara a la gente en el nuevo milenio.

Con la ayuda de otros expertos, se llevó a cabo una investigación con casi cien participantes que demostró que la sinergia entre las prácticas contemplativas tibetanas y los conocimientos más actuales de la investigación sobre emociones en la psicología occidental podía reportar grandes beneficios.

En concreto, con las técnicas desarrolladas de equilibrio emocional se evidenció entre los participantes un considerable descenso de la hostilidad, la ansiedad y la depresión.

En el último libro publicado por el Dalai Lama (La fuerza de la compasión, Kairós 2015), Su Santidad señala en varias ocasiones este curso como el programa más indicado para lidiar con nosotros mismos en estos tiempos de turbulencia emocional y social. Puede ayudar a disminuir los pensamientos obsesivos, la tensión del estrés, estados moderados de depresión o ansiedad.

Y si nos sentimos bien, la utilidad de este curso reside en poder comprender mejor a los demás.

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