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Renace

¡Encuentra en lo salvaje tu auténtica fuerza!

En la naturaleza espontánea, en lo salvaje, anidan nuestras raíces y nuestra auténtica fuerza.

Joaquín Araújo

Se nos quiere olvidar que algunas tribus aborígenes ignoraban, no ya el hecho de hacer la guerra, sino incluso la palabra "guerra", y que esto demuestra qué perverso llega a resultar el uso del término "salvaje" como sinónimo de violento, injusto o desmedido.

Se nos quiere olvidar que algunos grupos étnicos consiguieron que nadie fuera rico con relación a los demás, y que esto confirma que al menos alguien, alguna vez, descartó el principal motivo de violencia hacia los demás. Se nos quiere olvidar que casi todos los grupos salvajes del planeta reconocían y aún hoy reconocen proceder de sus precedentes, es decir, del resto de lo viviente, y que esto significa que aceptaron y acataron una de las principales leyes de la Natura, gracias a las cuales, por cierto, hay vida y esta resulta hereditaria.

El planeta eres tú

Conciencia verde

El planeta eres tú

Los supervivientes no cejan en ese difícil empeño. Se nos quiere olvidar que la pertenencia a un derredor concreto fue y es considerada como el principal activo de cada tribu, y que esto trascendía y trasciende al posterior y demoledor concepto de posesión y dominio.

Se nos quiere olvidar, y esto me parece lo más excepcional, que algunas tribus no consideraban como prioritario el placer de vencer, ni siquiera en las actividades lúdicas o deportivas. Los gahuku-gama de Nueva Guinea, en efecto, se imponían la celebración de tantos "partidos" como hiciera falta hasta que el resultado fuera el empate entre los vencidos y los perdidos.

Se nos quiere olvidar que para los salvajes muchos de los aspectos de su derredor eran y son sagrados, y que esto anticipa una de las creaciones más formidables de la cultura: el respeto hacia lo otro. Recordemos, por tanto, esta genialidad de Miguel de Unamuno: "El sentimiento de la Naturaleza, el amor cordial a la par que inteligente hacia la vida espontánea, es la cima de la civilización y de la cultura".

Cabe considerar al rector de la Universidad de Salamanca, pues, como un preecologista convencido. Si bien apenas queda nada realmente salvaje en el viejo mundo, es decir, en los países de las regiones templadas del planeta, el término "Naturaleza", escrito así con mayúsculas como hicieron casi todos los autores de las generaciones literarias del 98 y del 27 de nuestro país, resulta cercano al concepto de salvaje que aquí estamos considerando.

Es más, algunos de los máximos de hospitalidad que se han dado y se dan en este mundo, esos que algunos resumimos con la palabra "atalantar", resultan inseparables de no pocos grupos humanos salvajes.

Que hoy quepa identificar, por corresponderse milimétricamente, a los principales tesoros de la vivacidad del planeta, los más bellos y vivos paisajes, con territorios donde todavía viven aborígenes salvajes ayuda a entender que no hay contenidos sin continente. Pero no menos que un uso moderado del conjunto o, si se prefiere, ajustado a las verdaderas necesidades, mantiene a todas sus partes y, claro, al conjunto mismo.

Por tanto, podemos asumir que es poco lo despreciable de lo salvaje, y bastante lo que podemos aprender y valorar de todo aquello que no está sometido al capricho de un modo de vida poco dado a mantener relaciones con la vida espontánea que no supongan su destrucción.

Trampas de trampas

Lo hasta aquí afirmado es tan solo un diminuto ápice del entramado esencial de este planeta. Porque también lo salvaje se comporta como manantial y plan de pensiones para la vivacidad toda del planeta, de la que formamos parte.

Ningún extravío de entusiasta supone, por tanto, afirmar que lo no trastocado todavía por la domesticación, es decir, por la comodidad y la velocidad, nos abastece tanto o más que la cultura y la tecnología. Con el matiz, nunca bien comprendido por las civilizaciones, de que se trata de una ingente prestación de servicios, recursos y materias primas por completo gratuito.

Sostén de la vida en el planeta

Si bien con el término "salvaje" abarcamos demasiado, en realidad todo lo espontáneo, conviene acercarse a la etimología de la palabra. Salvaje quiere decir "de la selva", "de los bosques". Esto, además de permitirnos afirmar que no hay mejor sitio del que ser o al que pertenecer, nos recuerda que esas masas forestales poco o nada trastocadas son puntales que están sosteniendo a la totalidad de lo que palpita en este mundo.

Solo un par de datos: los bosques tropicales y ecuatoriales albergan el mayor número de culturas humanas diferentes que nos quedan y, en consecuencia, el mayor número de lenguas habladas, religiones, filosofías y tradiciones. No menos sucede con la multiplicidad vital.

Una de las principales tareas del presente es no destruir del todo las raíces para que nos quede algo de futuro.

También con esas frondas conviven nada menos que el 70% de las especies de los cinco reinos de la vida. Salvan mucho, pues, la selva y lo salvaje. Justifican aquello de que cada árbol en pie es un bastón de apoyo para una civilización lisiada.

Pero los árboles son mantenidos por las raíces, son ellas las que permiten levantar los mejores edificios naturales. Y no menos los culturales. Acaso, por la dificultad de tener presente lo que apenas se ve, este modelo de civilización apenas se acuerda de las raíces. Los acaparadores nuevos ricos desprecian su propio pasado.

Hay que aceptar el tiempo que nos ha tocado, entre otras consideraciones, por lo manifiestamente irrealizable que resulta querer ser de otro. Pero no menos cierto es que una de las principales tareas del presente es no destruir del todo las raíces para que nos quede algo de futuro.

Lo salvaje es una ingente reserva de potenciales futuros. Son bases de aprovisionamiento de mucho de lo más necesario e insustituible. Servicios de salud –realmente inmunológica– para todo el planeta. Lo salvaje, es más, esconde todavía la mayor parte de lo que vive y que aún no hemos descubierto. Con la aliviadora circunstancia de que se trata de nada menos que el 90% de la vivacidad del planeta. En esa multiplicidad se esconden las soluciones a los problemas básicos de la humanidad, tanto en el campo energético como en el alimentario o farmacéutico.

La belleza de lo espontáneo

En cualquier caso, allí donde no nos hemos domesticado, es decir, todos esos lugares donde fracasan la prisa, lo feo y lo cómodo, obviamente sigue triunfando buena parte de lo que secretamente preferimos. Porque el lado espontáneo es más sencillo y sincero.

Esto, evidentemente, puede ser considerado un sentimiento infantil, pero también se nos quiere olvidar que la Natura es la infancia común de la humanidad. Si nos comparamos con el derredor, nada de lo humano puede ser llamado viejo. Somos algo escandalosamente recién llegado a la historia de la vida.

Sin embargo, hemos alcanzado la rara categoría de fuerza biológica, casi geológica, que más ha avejentado al planeta. Cabe imaginar, en este sentido, que la Natura está cansada de nuestro poder y de lo mucho que el mismo lo ha alterado todo.

Donde domina la civilización apenas nada conserva su esencia, pero menos aún los procesos de renovación, es decir, la herramienta que la vida diseñó precisamente para rejuvenecerse sin cesar. Sin olvidar, por supuesto, porque a la postre es lo más conmovedor, que allá donde todo está empezando –y no acabando, como aquí– se puede llegar a confluir con el primer principio de la admiración y, en consecuencia, del arte.

Allí queda belleza en libertad a raudales. Lo salvaje, pues, también abastece de sensibilidad a una civilización, ya única, que no hace más que envejecer al mundo.

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