soledad

Crecer como persona

¡Necesitas tiempo para estar a solas!

Necesitamos la introspección para conocernos mejor. Cuando la soledad se emplea para propiciar el encuentro con uno mismo puede hacer aflorar capacidades insospechadas.

Paco Valero

Trata de recordar: ¿cuándo fue la última vez que pasaste 24 horas solo? Me hice la pregunta mientras preparaba este artículo y no supe qué responder. No lo recordaba. Mucho tiempo sin duda. Y sin embargo años atrás solía hacerlo.

Pasaba todo un día perdido recorriendo senderos o un par de días deambulando por algún lugar nuevo o apenas conocido, sin nada concreto que hacer ni ver, dejando la mente vagar sin una idea precisa. Solo por el placer de "reencontrarme".

Y recuerdo que muchas veces tenía que justificar esas escapadas en solitario, como si hubiera en ello algo problemático o poco saludable, aunque yo siempre regresaba con las "pilas cargadas" y una visión más clara de lo que tenía que hacer cuando algo me preocupaba.

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La soledad puede ser tu aliada

¿Habría conseguido el mismo resultado o incluso otro mejor si estas "escapadas" las hubiera hecho acompañado? Tal vez. Pero hoy los estudios avalan que la soledad es un saludable tónico, una dinamizadora de los sentidos y las potencialidades. Aunque evidentemente hay diferentes tipos de soledad.

No es lo mismo la voluntaria que la derivada del aislamiento o de situaciones que no podemos controlar, como la separación o el fallecimiento de un ser querido, o la impuesta por limitaciones físicas. Pero todas ellas pueden devenir una soledad transformadora si se emplea para mirar hacia dentro y crear un espacio de curación o superación.

A la psicología moderna, sin embargo, le ha costado ver el lado positivo de la soledad. Ha puesto un gran énfasis en que la principal fuente de felicidad son las relaciones con los demás, cuando no incluso la única, sobre todo desde que el psicoanalista inglés John Bowlby desarrolló en los años 60 del siglo pasado la teoría del apego.

En esta teoría del apego, Bowlby estableció que la primera necesidad de los seres humanos desde que nacen es la de tener relaciones de apoyo satisfactorias con otras personas.

El psicólogo social y humanista Erich Fromm dijo algo parecido de una manera más literaria y existencial: "Naces solo y mueres solo, y en el paréntesis la soledad es tan grande que necesitas compartir la vida para olvidarlo".

Mirar hacia el interior

Sin duda necesitamos la compañía de los demás porque "somos animales sociales", como dijo el emperador romano y filósofo Marco Aurelio hace casi dos mil años.

Pero es posible que este énfasis en la sociabilidad y el temor generado a la soledad hayan dificultado valorar algo no menos primordial y valioso: que nuestro bienestar o felicidad depende también de lo que sucede en nuestro interior cuando estamos solos.

Esto último lo escribió en 1988 Anthony Storr en su libro Soledad (Debate, 2001) y lo completó diciendo que aceptar la soledad y vivirla es un criterio de madurez emocional tan significativo como la capacidad de crear vínculos emocionales con los demás en condiciones de igualdad.

Conectar con los propios anhelos y necesidades

El psiquiatra inglés defendía que solo cuando el niño experimenta la sensación de estar solo contento y relajado, primero con su madre y luego sin ella, puede estar realmente seguro de su capacidad de descubrir lo que realmente quiere o necesita, al margen de lo que los demás puedan esperar de él o depositar en él.

Storr vincula así la soledad al autodescubrimiento y a la autocomprensión, a la toma de conciencia de las necesidades, sentimientos e impulsos más profundos de uno mismo. O lo que es lo mismo, Storr cree que sin asumirse plenamente en la soledad es imposible la maduración, el crecimiento.

La soledad en fases determinantes de la vida

Ocurre a cualquier edad, pero especialmente cuando estamos en fases de transición o a las puertas de un cambio de aptitud.

Un ejemplo es en la adolescencia, cuando el cuerpo tira ya con fuerza hacia la madurez física y en la cabeza bullen todo tipo de contradicciones e incógnitas que hacen encerrarse a los adolescentes en sí mismos. A esa edad, la soledad ayuda a forjar una identidad más clara, a conseguir objetivos y desarrollar un pensamiento creativo.

La soledad sería una fertilizadora: si hay semillas, las hace crecer. Como recuerda Storr, los grandes líderes religiosos: Moisés, Buda, Jesús… se apartaron del mundo y hallaron su iluminación, su mensaje, en soledad.

Los más grandes creadores, a los que dedicó gran parte de su estudio: Bach, Kant, Beethoven, Goya, Wittgenstein… concibieron lo esencial de sus obras tras largos retiros meditativos. Son ejemplos excelsos, pero el potencial fertilizador de la soledad está ahí, al alcance de todos.

La soledad vacía

¿Qué diría hoy Anthony Storr, cuando tanta gente establece vínculos a través de todo tipo de redes sociales, multiplica sus relaciones a golpe de clic y expone sus intimidades sin que parezca conveniente guardar algo para la maduración interior?

¿Qué diría de un tiempo en el que la distinción entre estar solo y acompañado se ha vuelto borrosa porque los artilugios nos dejan a disposición permanente de los demás?

Vería en ello seguramente una muestra más de la condición contradictoria del ser humano: un ser único del nacimiento a la muerte y con una capacidad enorme de comunicarse con los demás, pero no ilimitada, porque siempre queda un rescoldo intransferible, y por tanto un ser abocado a una soledad íntima, aunque necesitado de compañía para "completarse", para ser.

Es una contradicción insalvable por mucha tecnología que pongamos en nuestra vida y por muchas relaciones que establezcamos: nunca llenaremos del todo la soledad existencial que nos caracteriza.

De hecho, ese sentimiento de soledad parece haberse multiplicado en paralelo a las posibilidades de comunicación, como si esa capacidad en aumento –que lleva a extender nuestra presencia, aunque sea virtual, a todo el planeta– en vez de redundar en más y mejores relaciones ahondara en el aislamiento.

La cantidad no siempre es calidad

Ese sentimiento creciente de soledad en medio de la riqueza comunicativa proviene de unas carencias que no se sabe cómo llenar.

Es una soledad vacía, y por tanto temida y rechazada, la misma que define el diccionario como "la carencia voluntaria o involuntaria de compañía" o un "lugar desierto", y que me recuerda a la soledad de Calígula en la obra de teatro de Albert Camus: "¡Ah, si por lo menos en lugar de esa soledad envenenada de presencias que es la mía pudiera gustar la verdadera, el silencio y el temblor de un árbol!".

La respuesta a la soledad vacía no radica en llenarla de ruido o de agitación. Ni en inventarse paliativos como el de ese restaurante japonés que se puso de moda hace un par de años y que ya cuenta al parecer con varios establecimientos abiertos, el Moomin House Cafe, que sienta en la mesa de los comensales solitarios a un animal de peluche para que se sientan acompañados. Una respuesta pueril a un temor hondo y real hoy que hay que afrontar.

En otros siglos, la soledad ni tan siquiera se definía como la carencia de algo, sino que se concebía como el encuentro con uno mismo y se consideraba una vía para acercarse a la trascendencia a través del aislamiento y la oración.

La soledad era, y sigue siendo si así la buscamos, una oportunidad para mirar a nuestra oscuridad interior. Una fuente de fortaleza, un antídoto contra el aislamiento y la alienación de uno mismo, según el psicólogo clínico canadiense Jules Bureau, que la considera un medio y no un fin en sí mismo y la usa como recurso terapéutico.

Combustible para la vida

Incluso la soledad impuesta por acontecimientos externos, dolorosa, puede ser un trampolín para hallar una salida y elevarnos más allá del presente. Es muchas veces la mejor manera de defenderse y protegerse, como en el duelo, dice Bureau, aunque hoy se aconseje a los que pasan por ese difícil trance que mantengan su actividad, que no paren ni se queden solos, cuando tal vez sería mejor asumirla y adaptarse a ella.

La soledad, en ese sentido, según, la psicóloga Ester Buchholz, es un medio imprescindible para regular y ajustar nuestras vidas y un medio para comprender las necesidades reales que tenemos y cómo satisfacerlas. El tiempo que pasamos a solas, voluntaria y conscientemente, no es nunca un tiempo perdido, sino un alimento, es combustible para la vida.

La soledad es una oportunidad

Hay otras muchas facetas positivas de la soledad. Por ejemplo, un estudio realizado en la Universidad norteamericana de Harvard comprobó que formamos los recuerdos más duraderos y precisos cuando estamos solos, porque fijamos más la atención y no funcionamos en modo "multitarea" como lo hacemos cuando estamos con otras personas. Y en otro estudio se halló que la soledad mejora la percepción de las cosas: afina nuestros sentidos.

Podemos describir 4 cualidades que pueden mejorar con la soledad:

  • La empatía: no estar en disposición permanente para los demás, darse un descanso de vez en cuando, mejora la aceptación de los demás y por tanto las relaciones.
  • La creatividad: la mente vaga en soledad, y ese alejamiento potencia el proceso de pensar crítica y reflexivamente; nos hace ir más allá.
  • La renovación: en soledad, el personaje social que se encarna pierde solidez y se descubre que uno no es idéntico a la concepción que tiene de sí mismo.
  • La conciencia: al aceptar la soledad damos más espacio a nuestra subjetividad y ampliamos el territorio de nuestra conciencia.

Conquistar la libertad personal

Pero lo más importante, creo, es lo que dijo el gran humanista francés Michel de Montaigne: en ella encontramos esa "trastienda nuestra" donde fijar nuestra verdadera libertad y donde vivir para nosotros mismos.

Solo así, dueños de nosotros mismos, podemos luego salir plenamente al encuentro de los demás. Solo así podemos evitar caer en la peor forma de soledad: el descontento con uno mismo y la incapacidad de disfrutar de la vida.

La soledad puede darse en un lugar aislado o en plena ciudad. Es una "disposición del ánimo", un respiro voluntario y una vía para aceptarla. Podemos programar un día sin salir de casa, con la música como compañía; dar un buen paseo; adentrarnos un rato en una iglesia; o crear rituales de desconexión, sin hacer nada: la mañana de los domingos, la ceremonia del té de media tarde…

Etiquetas:  Bienestar Salud Emociones

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