Viajar a lugares sagrados

Enriquecedor

Viajar a lugares sagrados: el encuentro con uno mismo

Hay viajes que acarician el alma. En ellos sentimos mejor lo que recibimos y podemos aportar al mundo. Y ciertos enclaves propician esas experiencias.

Sergi Ramis

Todo viaje tiene algo de peregrinación, de meta perseguida. Antes de partir, tenemos en casa un itinerario en el que hemos escrito signos de exclamación junto a algunos nombres. Son lugares que deseamos visitar porque trascienden al interés habitual, y tienen algo de inasible que, aun así, esperamos "atrapar".

Las diversas culturas del mundo, sin excepción, han designado lugares sagrados en los que el cielo parece haber tocado la tierra. En muchos de ellos la demostración ha sido tal que el propio cosmos se creó allí o a partir de un suceso que en ese sitio aconteció.

En otros casos estamos hablando de emplazamientos donde dioses, espíritus o santos realizaron proezas.

No extraña que en todos ellos la naturaleza se manifieste magníficamente, acorde con la lectura que los seres humanos han hecho de ella: montañas misteriosas de perfil perfecto, lagos con formas caprichosas, simas con ignotos estanques en su interior, bosques donde la maraña vegetal se ha convertido en laberinto secreto, grietas en la roca que dan paso a mundos paralelos...

La magia de viajar a lugares sagrados

El viajero acude a ellos, en realidad, porque tras el antifaz de un enclave natural rayano en la perfección cree que va a encontrar el rostro de algo más. Algo que le proporcione calma, que le haga cambiar, que apague los fuegos que arden en el interior de su mente, que le facilite respuestas.

Solo hay que mostrarse empático para que esos lugares penetren en nuestro interior y nos apacigüen.

Ante la visión del monte Kailas, en la altiplanicie del Tíbet, quien lo desee podrá discernir entre los estratos minerales las escaleras que Shiva utiliza para subir hasta la cumbre. Quizá, también, llegue a vislumbrar la silueta de la azulada deidad sentada en su trono cimero.

Los dos lagos que rodean a esa perfecta montaña diamantina, encarnaciones del bien y del mal, acaso susurrarán al oído historias de cuando el mar de leche primigenia dio paso a la creación del mundo.

Pero no es obligado que todo eso suceda. Seguramente la mística del lugar esté tanto en los sentimientos del viajero como en el lugar que visita. Las penalidades sufridas para acceder a un remoto lugar, los inconvenientes de intendencia, las trabas burocráticas, tal vez agudizarán la sensación de reconocimiento.

Pero, como señala Tenzin Gyatso, el Dalai Lama, "la meta del peregrino no es alcanzar un destino concreto, sino adquirir las cualidades y energías de los lugares sagrados, las cuales, por lo demás, moran en el interior de nuestras mentes".

El gran escalador ruso Alexei Bolotov, que murió en el Everest, lo expresó de una forma menos honda pero con el mismo mensaje: "Las montañas por sí mismas no significan nada, son solo piedras y hielo. Es el ser humano quien al vivirlas les da entidad".

Conocer otros lugares del mundo y otras culturas amplia las perspectivas. Decía el escritor británico Aldous Huxley que "viajar es descubrir que todo el mundo se equivoca. Cuando se viaja, las convicciones se caen con tanta facilidad como las gafas de la nariz, pero es más difícil volver a ponerlas en su sitio".

Ante preguntas complejas, irresolutas durante milenios, lo mejor será que el viajero se tome los lugares sagrados que visita como una brújula y no como un mapa. Nuestras contradicciones y las de los demás no se resolverán mágicamente por el mero hecho de llegar a un enclave que consideramos especial.

El poder del paraje y el mito

¿Nos turbaría de igual manera llegar a la cumbre del monte Sinaí si esa montaña no fuera piedra angular de la cultura judeocristiana? ¿Sería un árbol más el ficus gigante bajo el cual Buda encontró la respuesta al sufrimiento humano si no lo conociéramos de antemano?

La escritora y exploradora Freya Stark recordaba que, en una travesía marítima por el mar Jónico, preguntó el nombre de una isla que se veía a estribor: "Ítaca, contestó el capitán, como si el nombre fuera tan solo un dato geográfico", apunta absolutamente escandalizada. Stark podía sentir, aun con la distancia que le separaba del barco, la potencia de un territorio mítico para su acervo cultural.

En la cumbre del monte Fuji, aun inundados de una niebla que se convierte en sudario líquido y niega la visión, notamos el vigor del volcán. Recordamos el reflejo de perfección de una montaña simétrica que invade nuestra alma; lloramos de emoción al ver a ancianos agarrarse a las cadenas que, a guisa de barandilla, les ayudan a superar el rugoso suelo sanguino en pos de la morada de los genios.

Para los japoneses el monte Fuji es el símbolo de la perfección de la naturaleza, donde habitan los espíritus benefactores. En plena floración de los cerezos, es cuando se celebran los festivales hanami y los japoneses acuden a contemplar sus flores (sakura). El curso escolar comienza después.

La piedra volcánica que engendró la tierra a través del volcán Merapi sirvió para tallar el gigantesco mandala de piedra de Borobudur, en la isla de Java, un prodigio que demuestra lo que el ser humano puede crear cuando tiene fe en la belleza. En el siglo IX, cuando se concluyó Borobudur, había un gran lago junto al templo, que parecía aflorar como un loto de las aguas.

Tan divino como el sitio puede ser el modo en que se visita. El viajero sopesará las ventajas e inconvenientes de sentir la experiencia en solitario o bien arropado por la energía estimulante que otros peregrinos y compañeros generan.

Partir a la búsqueda de un cambio o un clímax que se producirá forzosamente por las especiales características del lugar que visitaremos puede resultar decepcionante. El zen y otras vías espirituales insisten en la importancia de no aguardar nada en especial. Lo que cuenta para que la conversión de una cosa en otra cosa se produzca es la actitud.

Un anhelo de humanidad

Es verosímil que diversas culturas hayan designado determinados lugares como especiales porque lo sentían, no por una decisión arbitraria. Y, de la misma manera, el viajero que hoy acude a sitios donde acontecieron hechos portentosos los percibe.

El visitante se pregunta si consiguen esos enclaves inundarle de sensaciones nuevas, si aparece una comprensión mejor de sí mismo y de los demás. En definitiva, si se experimenta algún cambio.

Y es cierto que en determinados sitios el viajero prácticamente ve cómo su organismo va exudando el envilecimiento, haciéndose más receptivo al otro y al pacto con un universo tan a menudo ininteligible.

El viajero es, por definición, un coleccionista de sensaciones. Algunas tienen significado histórico (rozar con la yema de los dedos una pirámide egipcia o mojarse la cara en el río donde Alejandro Magno se dio la vuelta en su incursión hacia Oriente). Otras son puramente carnales (sentir en la piel los rayos vivificadores del sol tropical o el frío cortante de un desierto ártico).

El camino, como ya han apuntado sobradamente los más sabios, es tan importante como la meta o más. Nadie siente la misma turbación al visitar la catedral de Santiago de Compostela si media hora antes se ha bajado de un avión que si ha pasado cuatro semanas caminando por una hipnótica meseta para alcanzarla.

Y seguramente, lo que le inunde de emociones sea evocar que, durante un milenio, millones de personas han recorrido los mismos polvorientos caminos en pos de la misma meta. Esos lugares sagrados están hechos de una mezcolanza de todo lo que sintieron quienes antes estuvieron allí y de las propias emociones y anhelos.

Uno se mira dentro y siente relámpagos de eternidad, paliativos de las angustias que le abaten, incluso pequeñas esperanzas de sapiencia. Por segundos, horas o días, experimentamos cambios que predisponen al armisticio con los demonios interiores. Y que nos abren ala aceptación del otro, juzgando menos y comprendiendo más.

La importancia de la vuelta

Pelear con nuestra mente para desentrañar cuál es el significado del bienestar que nos produce el contacto visual con una bella efigie de Vishnú a la que dos aplicados novicios lavan la cara todas las Mañanas en Budhanilkantha (Nepal) está de más.

El debate que el viajero debe entablar consigo mismo es si ese momento de dicha en el que se siente propenso al cambio, renovado por dentro, tiene visos de ser duradero o representará un momento fugaz. De ser así, no tendría más remedio que ir en busca de otro lugar sagrado, en una persecución absurda.

El viaje es —como el agua— un descubridor infalible de rendijas y puntos débiles. Y tendrá utilidad si sirve para sellarlos.

El incienso quemado en una barrita es efímero, pero su fragancia permanece. Los pequeños gestos que decidimos tomar como habituales durante los viajes tendrán verdadero significado si también se convierten en constantes de nuestra actitud vital.

En casa, después de viajar a lugares sagrados y una vez reingresado en las rutinas, en la rueda de la vida laboral, en el magma de relaciones sociales complejas, pondremos a prueba si aquellos lugares nos hicieron cambiar de verdad. Todo viaje debe tener como meta regresar con una respuesta en la maleta o no habrá servido de nada, apuntaba el escritor Tiziano Terziani.

Durante las estancias fuera de casa todo se reduce a una vida sencilla que exige poco de nosotros: trasladarse, visitar, conseguir comida y alojamiento. Es al volver a la perturbadora cotidianidad cuando pondremos aprueba si la apertura de miras que creímos haber conseguido fue mera ilusión pasajera o ha arraigado en nosotros.

Será entonces el momento de constatar si el poder de esos lugares sagrados que tanto impacto emocional tuvieron en un lapso de tiempo solo fueron un dardo o se expanden como una mancha en nuestro ser.

Etiquetas:  Desarrollo Personal

Artículos relacionados

¿Deseas dejar de recibir las noticias más destacadas de Cuerpomente?