Ciudades ecológicas

¿Nos puede enfermar el sitio en que vivimos?

Carlos Martínez Requejo. Arquitecto interiorista y domoterapeuta. Director de Domobiotik.

Cambiar nuestro concepto de hogar o de ciudad para armonizarlos con la naturaleza, reducir la contaminación y potenciar el contacto mejora nuestra calidad de vida.

La ecología profunda no es posible sin armonizar el hábitat urbano.

Según el Worldwatch Institute de Washington (EE. UU.), el sector de la construcción genera más del 60% de los impactos nocivos sobre la biosfera, más que la industria, la agricultura y el tráfico juntos. Los desastrosos efectos de la urbanización a escala mundial señalan a la ciudad como el cáncer del planeta.

Arquitectura saludable: cómo crear "áreas blancas"

En el entorno urbanizado surgen molestias o dolencias típicas de los llamados edificios enfermos.

Afirmar que un edificio puede enfermar a sus habitantes suena extraño, pero la calidad ambiental interior influye en nuestra salud más que el entorno exterior. Especialmente si tenemos en cuenta que, a diferencia de los primitivos que vivían en contacto con la naturaleza, los urbanitas pasamos más del 80% de nuestro tiempo en recintos cerrados: casa, escuela, trabajo, centros comerciales, transporte...

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Un entorno tóxico genera patologías emergentes como la hipersensibilidad ambiental múltiple (fatiga crónica, fibromialgia, electrosensibilidad, sensibilidad química), que ya afecta a más de un 15% de la población.

Vivir en un entorno urbano saludable empieza por disponer de edificios sin ruidos, radiaciones o materiales nocivos.

Para defendernos del ambiente nocivo, la bioconstrucción propone el concepto “área blanca”, un hábitat urbano de polución cero, un espacio sin “domopatías”: ruido, radiaciones, materiales o microorganismos nocivos.

Se trata de un “cobijo”, la esencia de la arquitectura, que nos protege del medio hostil. Pero también es un edificio eficiente, con un diseño bioclimático que se traduce en ahorro de energía, agua y residuos.

Del la arquitectura sostenible al urbanismo ecológico

A partir de ahí, se trata de diseñar una geografía urbana que favorezca el contacto humano, se integre en el paisaje y sea energéticamente autosuficiente.

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Generalizando estos criterios constructivos llegamos a la “ecomanzana”, que en una zona como el Eixample de Barcelona puede tener más de 5.000 personas; un pequeño pueblo con gestión eficiente de energía, agua y residuos, y reducción de la huella ecológica. Una manzana ecológica debe atender también a la función social, integrando el uso residencial y laboral.

El enfoque a mayor escala nos lleva hasta el ecobarrio, un espacio con una integración social completa. Con más de 20.000 habitantes, puede incluir todos los equipamientos: lúdico, escolar, comercial, médico y administrativo, con total autonomía y mínima necesidad de transporte, porque tenemos de todo en el barrio.

Esta geografía urbana integrada favorece el contacto humano y se traduce en un ahorro de los desplazamientos, lo que supone una reducción del gasto energético y de la polución, y tener más tiempo para dedicar a la familia, el arte, el deporte, la naturaleza...

¿Qué características tiene una ciudad ecológica?

Del ecobarrio a la ecociudad solo queda un paso. La ecociudad limita su tamaño a la escala humana y se integra en el territorio con el mínimo impacto ambiental con diseño de permacultura, que armoniza vivienda y paisaje).

¿Con qué elementos lo consigue?

Agricultura orgánica

En su entorno agrario, del que se nutre la ciudad, hay que evitar el monocultivo industrial con enormes plantaciones de una sola especie que eliminan los árboles hasta donde alcanza la vista, como el desierto de viñas. Conviene favorecer la agricultura orgánica, mejorar la biodinámica, respetando los ciclos de la naturaleza y evitando el uso de químicos agrocidas, tóxicos para el medio y para el consumidor.

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Energías renovables

El trazado urbano se orienta al sol para aprovechar su fuerza gratuita; una ciudad sostenible usa energía 100% renovable (sol, viento, geotérmica...) para eliminar por completo la dependencia del uranio, el carbón, el petróleo y el gas, recursos sucios y finitos.

Movilidad y sostenibilidad

Un factor esencial del diseño urbano es la movilidad. Un transporte ecológico es el que favorece el paseo a pie o en bicicleta y prioriza el transporte público, especialmente el tren, el metro y el tranvía. El automóvil, si se permite en la ciudad, deberá ser híbrido o eléctrico.

Un espacio sin ondas nocivas

Finalmente, es importante evaluar las nuevas tecnologías, algunas muy invasivas, como la telefonía móvil o el wifi, que se lanzan al mercado sin superar un test de impacto.

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Zonas verdes

La Organización Mundial de la Salud fija la superficie idónea de espacios verdes en 15 m2 por habitante, preferentemente arbolada, no un simple césped. Desafortunadamente, Barcelona, Bilbao o Valencia, como muchas otras capitales españolas, no llegan a los 10 m2 de espacios verdes por habitante.

Los árboles nos aportan oxígeno naciente y limpian la atmósfera de tóxicos, la ionizan y llenan de prana, la energía vital. Y no solo eso, permiten escuchar a los pájaros y relajar el espíritu.

Los huertos urbanos nos proporcionan, además, alimentos vivos y nos regalan ocio y salud sin ir al gimnasio ni a la farmacia.

La planificación de estas urbes establece una continuidad del jardín al parque y de este al bosque, creando pasillos ecológicos que favorecen las migraciones, conservan la biodiversidad y permiten disfrutar de la naturaleza sin salir de la ciudad.

Mientras logramos la transición hacia un hábitat sano, la meditación, el pensamiento positivo, el sexo o la risa nos ayudarán a mejorar nuestra capacidad de recuperación frente a las agresiones y a mantener altas las defensas.

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