¿Para qué sirve la envidia?

Utilizar la envidia para crecer

Christophe André

Aunque es uno de los sentimientos más denostados, la envidia tiene utilidad. Si la escuchamos, nos indicará en qué aspectos de nuestra vida podemos prosperar.

¿Qué es la envidia y cómo la demostramos?

La envidia es ese sentimiento desagradable que sentimos frente a una persona que nos parece que posee lo que nosotros no tenemos –o tenemos en menor cantidad– y que desearíamos tener –o tener más–: dinero, estatus, reconocimiento e, incluso, felicidad.

La envidia no tiene que ver necesariamente con el poder o las posesiones materiales: se puede envidiar la felicidad ajena, la capacidad del otro para el buen humor… Y es un fenómeno universal: en todas las culturas existen leyendas sobre reyes y emperadores que envidiaban algunas nimiedades que poseían sus súbditos.

La envidia nos advierte de que somos incapaces de saborear lo que tenemos.

Existen diversas formas de envidia.

  • Algunas están cargadas de odio, como cuando envidiamos a una persona que no nos gusta y experimentamos una sensación de injusticia.
  • Otras formas son menos agresivas y provocan principalmente tristeza (“¿Por qué no he de tener derecho a eso yo también?”) o sentimiento de culpa (“¿Por qué siento envidia de alguien que es tan amable conmigo?”).

Pero, en cualquier caso, nunca hay que olvidar que la envidia no tiene que ver con la lucidez para detectar las injusticias, sino con nuestra incapacidad para saborear lo que ya se tiene. Y, sobre todo, la envidia es sufrimiento.

El efecto de la envidia: la incapacidad de disfrutar

Un paciente me contaba su vida:

"Ya de pequeño me devoraba la envidia. Recuerdo que en Navidad me quedaba mirando los regalos que mis hermanos desenvolvían, en lugar de disfrutar de los míos. Después, en la adolescencia, siempre me parecía que los demás tenían más cualidades que yo y que sus novias eran más guapas. De adulto, me sentía víctima de ese proverbio irlandés que dice que la hierba es siempre más verde en el prado del vecino.

Perdía mucha energía corriendo detrás de cosas inútiles. Cuando obtenía lo que envidiaba –en caso de que fuera posible–, no me sentía feliz, solo aliviado; pero eso no duraba más de un momento, enseguida empezaba otra vez a envidiar.

Al final, comprendí que el problema de la envidia no provenía de los demás, de ‘los que tenían más suerte’, sino de mí mismo, de mi incapacidad para saborear lo que sí tenía. Y para aceptar lo que era. Para aceptarme imperfecto e incompleto. Para comprender que eso era igual para todas las personas, a pesar de las apariencias…".

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¿Por qué sentimos envidia?

La aparición de la envidia necesita dos condiciones: primero, una comparación social desfavorable entre nuestras ventajas y las de otra persona, seguida de un sentimiento de impotencia para obtener lo que la otra posee.

Sin este sentimiento de impotencia, no tendríamos envidia sino simplemente motivación para conseguir la misma cosa. De ahí el vínculo con la autoestima: envidiamos lo que no tenemos, pero solo si nos creemos incapaces de obtenerlo por nosotros mismos.

Derivada de los problemas de autoestima, la envidia produce después un verdadero círculo vicioso que nos hace aún más frágiles, incitándonos a comparaciones sociales continuas y psicológicamente tóxicas.

En general, envidiamos a las personas que nos resultan más o menos cercanas, con las que nos podemos comparar razonablemente. Es raro que nos mortifique la envidia del estilo de vida de gente que nos es muy lejana socialmente, como los millonarios o las estrellas de cine.

¿Cómo vivir nuestra envidia de forma constructiva?

Aunque no lo admitamos de forma consciente, la envidia remite implícitamente a la imagen de un yo que es impotente para lograr lo que le atrae.

Facilita la existencia de un sentimiento de fracaso personal, que siempre podemos disfrazar con una racionalización de injusticia social en el caso de la envidia del éxito ajeno (“Esta sociedad es un desastre, si pasan cosas así…”). Pero este remedio funciona a duras penas y, sobre todo, no impide que vuelva la envidia, añadiendo además amargura.

A veces nos tienta el chismorreo: ¡disfrutar hablando mal de personas a las que envidiamos! Criticar a los demás puede aliviarnos en ciertas ocasiones, pero a condición de que lo hagamos sin enervarnos demasiado, sin creérnoslo demasiado. Y a condición también de que acabemos riendo con nuestros amigos.

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Otra tentación es criticar a la sociedad y disfrazar la envidia con un discurso sobre la intolerancia y la injusticia. La injusticia es, sin duda, un problema. Pero es un problema muy distinto al de nuestra incapacidad para soportar el hecho de que otros posean más que nosotros. La mayoría de las veces, el éxito de los demás no nos quita nada. Si aun así somos envidiosos, es nuestro problema, no el de quienes nos parecen más afortunados.

El escritor francés Jules Renard lo anotó así en su diario: “No es necesario despreciar a los ricos, basta con no envidiarlos”. Pero no es fácil transformar la envidia en indiferencia o, incluso, ¿por qué no?, en benevolencia. ¿Cómo empezamos?

Entrenarse para pasar de la envidia agresiva (“Es tan injusto que ese inútil lo haya conseguido”) o depresiva (“Soy despreciable por no haberlo conseguido”) a la envidia emuladora (“¿Cómo puedo lograr, yo también, eso que ha desencadenado mi envidia?”). Encontraremos así una de las funciones originales y naturales –y, sobre todo, beneficiosas– de la envidia: la estimulación para la acción.

También es importante interrogar la envidia y hacernos preguntas fundamentales: ¿Qué me falta? ¿De verdad es eso una necesidad para mí? Si es así, ¿qué puedo hacer para intentar conseguirlo? Y si no es así, ¿por qué me atormento?

Es importante que no nos limitemos a reprimir la envidia. Es mejor reconocerla para, después, transformarla.

En tiempos de Luis XIV, en Francia, François de La Rochefoucauld, cronista de las costumbres desenfrenadas de una corte en la que reinaba la envidia, recordaba esto a sus coetáneos: “Nuestra envidia siempre dura más que la felicidad de aquellos a quienes envidiamos”.

Así pues, esforcémonos en comprender y superar el veneno de la envidia: para librarnos de ella no debemos obedecerla (correr tras el “siempre más” o el “siempre otra cosa”) sino desobedecerla, saborear plenamente lo que tenemos y después, y solo después, ver si aún sentimos necesidad de otra cosa.

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