Una condición para que un viaje ayude a crecer es que vaya precedido de una buena dosis de motivación. Los peregrinos siempre han hablado de la inquietud inicial, de la necesidad de ir más allá de un entorno habitual que de pronto les pareció pobre y limitado. Cuando la vida cotidiana se siente insatisfactoria, surge el ansia por probar nuevas experiencias. 

Por altos que sean sus ideales, el viajero-peregrino tiene su lado orgulloso y puede emprender el trayecto intuyendo lo mucho que podrá explicar a su retorno. Esto sirve no solo para quienes centran su viaje en un santuario o ruta sagrada, sino también para quienes se encaminan hacia un paraje natural excepcional, una cultura concreta o una ciudad con monumentos singulares. 

Pero la pureza de las motivaciones iniciales, o la acumulación de conocimientos, no valen tanto como mantener durante el viaje una actitud receptiva y abierta. De lo contrario puede ocurrir que los tesoros, estando justo al lado, pasen desapercibidos.

Tener en cuenta estas reflexiones y consejos te pueden ayudar a convertir tu viaje en una verdadera experiencia de crecimiento:

Los tropiezos forman parte del viaje

Peregrino es, etimológicamente, quien camina campo a través (per agro: por los campos].

En épocas pasadas, quien partía debía asumir la posibilidad, bastante factible, de morir durante la peregrinación. Hoy, sin llegar a ese extremo, cabe aceptar, como parte de las pruebas que el viajero debe superar para alcanzar su meta, crisis y contratiempos de todo tipo.

La persona ha de estar abierta a lo imprevisto y mostrarse confiada, aunque hoy se quiera tener todo bajo control, desde las estancias para cada noche hasta el día y la hora de regreso, lo cual no es más que una manera de desplazarse sin renunciar a la seguridad del hogar.

un viaje al exterior es también un viaje al interior

Durante un viaje no es extraño que sobrevengan trastornos físicos (desarreglos intestinales o fiebres inexplicables, por ejemplo) unidos a dudas acerca de lo que se está haciendo. En el lenguaje de los sueños, así como en los mitos y las leyendas, el viaje significa la penetración en el ámbito inconsciente.

Un viaje es a la vez exterior e interior. Asaltan dudas sobre el sentido de la vida que se llevaba antes de partir, sobre las propias fuerzas y sobre si es posible mejorar el rumbo.

Quien parte para encontrarse a sí mismo se da cuenta de que debe romper con algunas cosas que le impiden vivir plenamente. Las preguntas pueden agolparse y no queda más remedio que buscar respuestas revisando las creencias y desempolvando la imaginación.

Pero una vez abierto al viaje, de pronto la vida puede cobrar un sentido inusitado. Cada visión, cada gesto y suceso se experimentan con toda el alma, como si fueran pistas para llegar al centro de un laberinto personal (imagen universal de la peregrinación).

Las leyendas y los símbolos que acompañan toda peregrinación ayudan a adentrarse en las capas más profundas de la psique, removiendo contenidos dormidos. Todo eso hace posible un pequeño o un gran renacimiento.

Ten expectativas realistas y pon todo tu empeño

La peregrinación somete a prueba los planos físico, mental y espiritual, favoreciendo la comunicación entre ellos para que se integren y lleguen a ser uno. Esta es una de las metas del viaje.

Un proceso de ese tipo remueve íntimamente a la persona, empezando por lo más tangible: el cuerpo. La ruptura de la rutina y el esfuerzo de los desplazamientos suelen generar molestias físicas. En ellas se expresa el drama y la transformación interior, antesala del gozoso reencuentro con uno mismo.

El destino material es un lugar sagrado o un paraje al que se ha otorgado un significado personal profundo. Desde el punto de vista religioso, el centro de peregrinación es un centro del mundo, un enclave donde se unen la tierra y el cielo. Este centro puede ser descrito como una virtud o estado espiritual, aunque se manifieste y se consagre en el mundo exterior.

Un exceso de expectativas suele complicar las cosas. Así, puede suceder que al final, cuando se alcanza la meta deseada, resulte enormemente frustrante, pues la experiencia anhelada no se produce, sea porque la persona se siente a disgusto consigo misma o porque los aspectos comerciales empañan a los sublimes.  Entonces hay que entrar en el laberinto interior de nuevo, aprovechar las enseñanzas del viaje para hacerse una pregunta más clara y peregrinar de nuevo hacia la respuesta.

Pero en la mayoría de casos la llegada a la meta se experimenta como una liberación. La persona ha puesto todo su empeño, se ha entregado a lo nuevo, ha renunciado a sus defensas. Por eso cosecha un estado de dicha inefable: una visión renovada de la naturaleza humana y la unidad del mundo.

Integrar lo aprendido para que no quede en una anécdota

Se espera de la peregrinación que produzca una transformación. En mayor o menor medida se ha cambiado, ya no se es la misma persona.

La vuelta a la vida cotidiana es la última prueba. Si la experiencia ha sido un éxito, se goza de mayor comprensión de uno mismo y prevalece la compasión hacia todos los seres. Por eso hay que realizar los cambios necesarios para que el día a día no vuelva a convertirse en una trampa.

Quienes se han sentido transformados por un viaje aseguran que, en realidad, la meta estaba más cerca. A veces hay que ir muy lejos para comprender que el tesoro está en casa, en las personas que nos rodean y en uno mismo. Al fin se entiende que la peregrinación auténtica es la vida: parte del nacimiento, se adquiere sabiduría con el paso de los años y culmina al reconciliarse con su final, tras haber vislumbrado realidades que van más allá de los intereses personales.

La peregrinación es un símbolo de la propia vida, pero comprenderlo no hace que el viajero se detenga ...