Hormesis

Balneoterapia: la medicina ancestral del agua

Dr. Eduardo Ortega e Isabel Gálvez

Empleada como medio de curación desde tiempos inmemoriales, los estudios confirman la eficacia de la balneoterapia para combatir los efectos del estrés y la inflamación de bajo grado.

Los tratamientos que se realizan en el marco de la balneoterapia desencadenan toda una serie de respuestas fisiológicas con efectos terapéuticos.

Se trata de respuestas neuroendocrinas e inmunitarias con probados efectos antiinflamatorios, analgésicos y antioxidantes que resultan apropiados para tratar una amplia variedad de enfermedades.

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En la aparición de estas respuestas terapéuticas tiene un papel imprescindible el fenómeno de la hormesis, que explica por qué la exposición a una sustancia determinada a dosis bajas de un agente o condición química, estimula la aparición de efectos beneficiosos adaptativos. En cambio, al exponerse a dosis más altas este efecto se inhibe o produce resultados tóxicos.

Las hormetinas son agentes que pueden resultar beneficiosos desde el punto de vista fisiológico. Aparte de las sustancias químicas y de las toxinas, existen varios factores que son considerados hormetinas:

  • Hormetinas biológicas: las infecciones, la hipoxia (falta de oxígeno) o isquemia (disminución del flujo sanguíneo) celular, una dieta con restricción calórica, el ayuno intermitente y algunos micronutrientes.
  • Hormetinas psicológicas: como el desafío mental o la meditación
  • Hormetinas físicas: ejercicio, calor, radiación...

En el caso de la balneoterapia, las reacciones positivas vienen desencadenadas por factores como el calor o ciertos componentes bioquímicos (como el sulfuro de hidrógeno del agua sulfurosa o el radón en aguas radiactivas, entre otros).

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Estrategias termoterapéuticas

Mientras que la hidroterapia aplica técnicas basadas en las propiedades físicas del agua corriente, la balneoterapia engloba prácticas con evidencia científica que incluyen el empleo de aguas mineromedicinales, lodos y gases naturales procedentes de manantiales reconocidos por las autoridades sanitarias.

Las virtudes de la balneoterapia no solo se deben a las propiedades físicas del agua y del lodo, sino también a su composición química y biológica.

La fangoterapia o peloterapia consiste en aplicar peloides, suspensiones fangosas formadas por una mezcla de materiales de grano fino de origen geológico, agua mineral y compuestos orgánicos.

El calor es un elemento fundamental para la efectividad de estas terapias. El agua y el barro se suelen utilizar para transferir calor, pues lo retienen y lo liberan lentamente. Por eso, estos tratamientos se consideran intervenciones termoterapéuticas.

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Capacidad terapéutica del calor

El efecto del calor radica en los cambios de temperatura que experimentan los tejidos corporales durante un tiempo limitado. Estos desencadenan respuestas fisiológicas que favorecen los procesos de curación y alivian el dolor y otros síntomas.

Esta propiedad se relaciona con la capacidad para responder al estrés y producir respuestas sistémicas y celulares de adaptación.

Mientras que el estrés por calor severo conduce al daño y a la muerte celular, el calor leve puede inducir una respuesta adaptativa que protege a las células de posibles daños graves y permite recuperar una actividad celular y fisiológica normal.

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¿Para qué se emplea la balneoterapia?

Habitualmente se utiliza de forma complementaria en el tratamiento de diversas patologías, muchas relacionadas con la inflamación crónica. Se ha demostrado su efectividad frente a problemas cardiovasculares, respiratorios, gastrointestinales, endocrinos, neurológicos, cutáneos…

Numerosos estudios clínicos han probado también los efectos beneficiosos de la terapia con agua termal y lodos en pacientes con afecciones reumáticas como artritis, artrosis o fibromialgia. Por ejemplo, se ha observado una disminución importante en el consumo de analgésicos, así como mejoras en la rigidez, la función articular, el dolor y la calidad de vida.

Cabe destacar también que las técnicas que incluye la balneoterapia generalmente carecen de efectos adversos o estos son mínimos.

Por este motivo resultan de gran ayuda para los pacientes de edad avanzada con riesgo de desarrollar problemas relacionados con la multimorbilidad –dos o más enfermedades crónicas simultáneamente– y la polimedicación.

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¿Cómo actúa?

La balneoterapia produce respuestas fisiológicas en el organismo a través de mecanismos físicos –sobre todo relacionados con las virtudes terapéuticas del calor– y gracias a las propiedades químicas y biológicas de los agentes empleados en este tipo de tratamiento.

Consisten en la presión hidrostática, la flotabilidad, la viscosidad y tensión superficial del agua. Son ampliamente conocidos, pero resulta difícil identificar y evaluar los efectos que presenta cada componente.

Por este motivo, en general, se considera que los tratamientos se basan fundamentalmente en los efectos terapéuticos derivados de la elevada temperatura de aplicación, que suele oscilar entre 38 y 42 ºC.

Además, sabemos que la absorción de sustancias orgánicas e inorgánicas biológicamente activas a través de la piel también desarrolla un papel importante en la eficacia de la balneoterapia.

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Tipos de aguas

Las aguas mineromedicinales y los lodos que encontramos alrededor del mundo poseen propiedades físicas y composiciones químicas diversas. Según los iones y gases predominantes, las aguas pueden clasificarse como cloruradas, sulfatadas, bicarbonatadas, ferruginosas, carbogaseosas, sulfuradas y radiactivas.

Parece claro que, en función de la enfermedad a tratar, se requieren agentes con composiciones químicas distintas para obtener resultados terapéuticos.

Sin embargo, hace falta más investigación para determinar con exactitud qué componentes son los más adecuados para cada patología y cuál es la concentración ideal de cada elemento para obtener resultados biológicos y clínicos óptimos.

1. Aguas sulfuradas y sulfatadas

La molécula activa en estas aguas es el ácido sulfhídrico (H2S), que penetra en la piel y puede actuar como hormetina. Mientras que los niveles altos de H2S son extremadamente tóxicos, los niveles bajos son tolerados y tienen efectos protectores, con aplicaciones antiinflamatorias y antioxidantes, clínicamente efectivos en artritis y artrosis.

Estudios recientes han confirmado que actúan frente a los radicales libres, protegen contra el daño oxidativo del ADN y favorecen el efecto terapéutico en las enfermedades respiratorias inflamatorias.

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2. Aguas ricas en radón

Aunque la radiación ionizante es cancerígena en dosis altas, se ha comprobado que en dosis bajas produce efectos beneficiosos.

La exposición al radón a través de inhalación o por absorción cutánea provoca daños moleculares de bajo nivel que activan diferentes respuestas de estrés e inducen mecanismos de adaptación que podrían ayudar a prevenir el cáncer, así como otras complicaciones de salud.

Por otra parte, diversos ensayos clínicos han demostrado que la balneoterapia con radón en enfermedades reumáticas alivia el dolor, mejora las funciones articulares y permite reducir el consumo de fármacos.

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Un estudio liderado por Philip L. Hooper, de la Universidad de Colorado, observó en un grupo de pacientes con diabetes tipo 2 que la hidroterapia (18 sesiones de 30 minutos a 38-41 ºC) ayudaba a reducir el peso corporal, la concentración de glucosa en ayunas y los niveles de hemoglobina glicosilada.

Otras investigaciones han llegado a conclusiones similares, lo que permite afirmar que la hidroterapia puede ser una técnica eficaz para las personas con síndrome metabólico que no pueden realizar ejercicio a una intensidad óptima.

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