Nacer con armonía

Desmedicalizar la concepción, el embarazo y el parto

Jesús García Blanca

En el parto las intervenciones médicas deberían ser la excepción y no la norma. Por eso es esencial confiar en el proceso.

En 1915, durante un encuentro anual de la Asociación Americana para el Estudio y la Prevención de la Mortalidad Infantil, el obstetra Joseph DeLee expuso su visión del parto como un "proceso patológico" que debía ser atendido exclusivamente por obstetras, y recomendó el uso sistemático de fórceps y episiotomía, la administración de sedantes y cloroformo, así como derivados del trigo para acelerar la salida de la placenta.

Sus tratados se convirtieron en influencia decisiva a partir de los años 30 del siglo XX, y contribuyeron así al olvido de conocimientos tradicionales y a la medicalización de los partos.

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Recuperar el instinto

Si estas prácticas se han impuesto de modo generalizado ha sido en gran parte porque el miedo, la indolencia, el abandono de la responsabilidad sobre nuestra salud en manos ajenas y una ignorancia casi voluntaria han prevalecido sobre el instinto, y han dificultado el contacto con nosotros mismos y con la naturaleza, haciéndonos olvidar que somos humanos pero también mamíferos.

Frente a la medicalización y su falsa seguridad basada en la tecnología, la farmacología y la sustitución de procesos naturales por protocolos artificiales, conviene recuperar el instinto y la confianza en la naturaleza.

Cuanto más acepte la mujer su lado salvaje, más confianza tendrá a la hora de tomar decisiones frente a la presión de un estamento médico entregado a la tecnología. Hace tiempo que viene constatándose la creciente dificultad de las mujeres de los países industrializados para concebir y parir. Según la OMS, en 2011, en África nacieron 5 niños por mujer, mientras en Europa el promedio fue de 1,6.

Los tratamientos de fertilización artificial se han convertido en un jugoso negocio: en España se realizan más de cincuenta mil cada año, de los que nacen unos nueve mil niños. Esa pérdida de capacidad biológica es el resultado de numerosas agresiones propias del modo de vida moderno y que sería preciso abordar desde múltiples enfoques.

Por eso, antes de tomar la decisión de someterse a estos procedimientos cabría buscar soluciones alternativas, ya que muchas veces los problemas de infertilidad tienen que ver con situaciones de estrés, angustia o depresión, y pueden paliarse mediante ciertas pautas de alimentación –favoreciendo el aporte de vitamina E, por ejemplo– o con ayuda de un psicoterapeuta que trabaje en una línea holística.

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Cómo prepararnos para tener un hijo

Desde el momento en que se toma la decisión de tener un hijo hay que concentrarse en los preparativos para que todo fluya del mejor modo posible: hacer una limpieza interior y adoptar pautas de alimentación y hábitos de vida saludables. En definitiva, hacerse consciente de que el cuerpo de la madre será el ecosistema en el que se desarrollará la criatura, primero en su interior y después en el exterior pero dependiente igualmente de ella, de su piel y de su leche, al menos durante el primer año de vida.

La confianza en los procesos naturales aporta una seguridad instintiva durante todo el embarazo que permite minimizar los análisis, tests y ecografías que pueden repercutir en el desarrollo neurológico, las células sanguíneas y la estructura genética del bebé.

La medicina moderna se empeña en tratar a las embarazadas como pacientes. Eso ha llevado al uso de fármacos con graves complicaciones para tratar síntomas que en buena parte corresponden a los intentos del cuerpo por hacer limpieza de cara a la gestación.

La talidomida –que se comercializó para tratar las náuseas– y el dietilestilbestrol (DES) –para reducir el riesgo de aborto– son dos ejemplos tristemente conocidos. La primera se prohibió en 1961 tras haber provocado deformaciones en más de 20.000 bebés de cincuenta países; y el DES –comercializado en España como Protectona– se prohibió en 1971 al determinarse que causaba un extraño tipo de cáncer de vagina en decenas de miles de adolescentes cuyas madres lo habían tomado.

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Tener claro cómo queremos que se desarrolle el parto

Aunque hace treinta años la OMS consideraba que las intervenciones médicas solo están justificadas como máximo en un 10% de los partos, la realidad es justo la contraria: solo una minoría transcurren de modo natural y espontáneo. Por eso es tan importante asumir un papel activo y tener claro cómo queremos que se desarrolle el parto, contando además con la ayuda de la pareja.

Si se habla previamente con los profesionales responsables –y se deja constancia incluso por escrito de lo que se quiere y lo que no se quiere– pueden evitarse la mayoría de las intervenciones innecesarias o peligrosas: dejar que el parto se produzca de modo espontáneo y no provocarlo porque lo señala el calendario, lo que evitará el tener que usar oxitocina sintética que podría dañar el hígado del bebé e inhibir la producción de leche; evitar la postura horizontal que dificulta el tránsito del bebé; impedir que se practiquen de modo rutinario intervenciones que deben reservarse exclusivamente para casos de emergencia: episiotomía, monitorización o cesáreas.

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Momentos cruciales

Quizá la crítica más importante que se puede hacer al parto medicalizado es la práctica de separar a la criatura de su madre en el momento de nacer. Salvo en los poquísimos casos en que la vida del bebé corre peligro, no hay nada que justifique esta violenta separación con gravísimas consecuencias para el desarrollo del bebé: no es urgente pesarlo o medirlo y la administración de vitamina K tampoco es precisa si se ha permitido que toda la sangre de la placenta pase por el cordón antes de pinzarlo o cortarlo.

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En esos momentos cruciales en que el bebé atraviesa el túnel entre dos mundos totalmente diferentes, en que pasa de la eternidad al tiempo, del flotar al encuentro con la gravedad, del sonido interno de la madre a los ruidos del mundo exterior, del alimento directo de la placenta al fuego de la primera bocanada de aire en sus pulmones, necesita del arrullo, de la piel, del olor de su hábitat original, mantener la conexión con el cuerpo de la madre.

Tendremos más posibilidades de vivir una vida libre y feliz si nacemos de modo armónico que si lo hacemos de modo traumático y uniformizado.

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