Psiconeuroinmunologia

Mente y salud

Creer es poder: la psicoinmunología lo explica

Hay pensamientos que curan, y otros que nos pueden enfermar. ¿Cómo es posible? La psiconeuroinmunología lo explica por la relación íntima que existe entre los sistemas nervioso, inmunitario y endocrino.

Dr. Tomás Álvaro

La mayoría de las personas aceptan que el cerebro incide en el sistema inmunitario, pero no así lo contrario, que este incide en el cerebro. Sin embargo, ambas cosas suceden por igual. Y el sistema inmunitario desarrolla un papel fundamental en nuestra salud física... y también espiritual.

Inmunidad, hormonas y sistema nervioso: un triángulo perfecto

Pero, ¿dónde se encuentra o cómo funciona el sistema inmunitario? ¿Cómo se relaciona con la mente para que podamos afirmar que creer es poder? ¿Y qué papel juegan las hormonas?

A nivel físico, podríamos decir que el sistema inmunitario reside en los órganos linfoides, las amígdalas, los ganglios linfáticos o la médula ósea, pero en realidad es un sistema ubicuo, vivaz y dinámico, que transita de forma permanente por el sistema circulatorio y que no deja un solo milímetro de nuestro ser descuidado desde antes de nacer y hasta la muerte.

Por ello, hablar de sistema inmunitario es una gran simplificación, porque estamos metiendo en el mismo saco linfocitos (células linfáticas), mastocitos (células del tejido conjuntivo), polinucleares (glóbulos blancos) o macrófagos (células inmunitarias situadas en los tejidos), cuando entre todos ellos constituyen un auténtico ejército de especialistas con funciones específicas y a veces encontradas.

Por la sangre y entre nuestras células tenemos circulando más de 1.000 gramos solo de linfocitos (más que neuronas), y esos linfocitos son capaces de recoger y enviar información de forma simultánea a cada rincón del cuerpo. Cada uno de esos elementos específicos lee su ambiente, analiza la información y luego selecciona el programa de comportamiento adecuado.

Las linfocinas, productos de secreción de los linfocitos, son los mensajeros y portadores de las órdenes de trabajo del sistema inmunitario, y sus mejores amigas son las hormonas del sistema endocrino, con las que siempre están abrazadas.

A su vez, los sistemas inmunitario y endocrino se alían con el sistema nervioso y entre los tres forman un triángulo de información. Esa conversación nunca cesa, ni tan siquiera cuando dormimos y mucho menos cuando nos quedamos sin energía.

Precisamente es en esos casos cuando nuestro sistema inmunitario se lleva toda la energía; es cuando más la necesita para desempeñar su trabajo, en esos momentos de enfermedad o depresión, y por eso los problemas de sueño se asocian a tantas enfermedades y problemas.

El poder de la mente en el equilibrio de la salud

Esta maquinaria neuro-inmuno-endocrinológica está permanentemente a nuestras órdenes y cada uno de nosotros, de forma consciente o no, la moviliza durante cada segundo de su existencia.

Si contemplamos este paisaje con un poco de detalle, veremos cómo nuestros pensamientos, actitudes y creencias crean las condiciones de nuestro cuerpo a través de los sistemas de control homeostático del organismo: los sistemas nervioso, endocrino e inmunitario.

El estado emocional filtra y modula la percepción para que los estímulos ambientales, los factores psicosociales, los estresores que vivimos y en general todo aquello que nos importe, produzca determinado tipo de impacto sobre el cerebro.

Carreteras de doble dirección

El cerebro utiliza el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal por un lado, y el sistema nervioso vegetativo por el otro, para comunicarse con el sistema inmunitario. Los intermediarios son las moléculas de información que corresponden a cada uno de esos tres sistemas: las hormonas del sistema endocrino, los neurotransmisores del sistema nervioso y las linfocinas del sistema inmunitario.

Y en sentido inverso el proceso también funciona: el sistema inmunitario recoge información de estresores infecciosos o inflamatorios radicados en cualquier órgano o tejido del cuerpo y, a través de la secreción de linfocinas, informa al cerebro de lo que está ocurriendo. Este, con la información adecuada obtenida, es entonces el que pone en marcha las correspondientes estrategias de comportamiento.

Se puede resumir diciendo que en la respuesta es común en ambos sentidos: el sistema nervioso modula al sistema inmunitario y, viceversa, el sistema inmunitario informa al sistema nervioso.

Tus vivencias y actitud se reflejan en tu salud

Es fácil comprender ahora cómo los factores psicosociales (como el estrés, la personalidad, la preocupación, el apoyo social, el duelo…) producen un patrón de impacto sobre el sistema inmunitario, que a la postre elabora el patrón de respuesta inmunitaria propio de cada persona.

De esta forma de encarnar la experiencia en el organismo dependerá tu salud, aunque se sumarán otros factores como la edad y la dieta. O dicho de otro modo, de todo ello dependerá que tu estado sea de salud o de enfermedad, y en caso de que sea enfermedad, qué tipo de trastorno y qué órgano se verá afectado.

Sabemos que que ciertas actitudes se reflejan en cambios en el sistema inmunitario: al disminuir la ansiedad aumentan de manera específica los linfocitos CD4, que la asertividad produce un aumento de linfocitos CD8 y NK (natural killer, células asesinas naturales), que confesar secretos de culpabilidad produce un aumento del número de linfocitos o que las hormonas del estrés disminuyen los elementos NK.

Todo queda grabado en el cuerpo

Estos detalles sirven para ilustrar el concepto de bioinformación, la suma de cognición y biología. Toda memoria es biocognitiva y la mente se encuentra en todo el cuerpo.

El hecho de que el sistema inmunitario posea la capacidad de aprender parámetros afectivos y cognitivos explica por qué el recuerdo reproduce respuestas fisiológicas. Las impresiones que vivimos conforman nuestra realidad personal y constituyen un campo de bioinformación holográfica que se expresa a través de portales manifiestos como el campo biológico y el campo mental.

Entendemos así la patología como una indefensión crónica en un tejido de mente, cuerpo e historia personal donde existen tantos tipos de respuesta inmunitaria como condiciones patológicas.

La importancia de cómo afrontas las situaciones

El sistema inmunitario no es autónomo, sino que responde a un gran número de señales internas y externas y a otros sistemas, el endocrino y el nervioso. Constituye un auténtico eslabón entre la consciencia y la materia.

Por tanto, no es la situación en sí o el hecho vivido, sino la manera en que la persona afronta una situación emocional la que es capaz de producir variaciones significativas en la respuesta inmunitaria. No es lo que te pasa, sino cómo vives lo que se encarna en ti.

Y eso va a depender de tu estado emocional, de tus recursos defensivos, de si decides compartir el dolor o vivirlo en soledad, buscar ayuda o reprimir la experiencia, expresar el conflicto emocional o enquistar el problema. A todo ello responde el sistema neuro-hormonal-inmunitario, guiado por la consciencia del individuo, y encarnado fielmente en cada célula del organismo.

Así podemos vislumbrar los mecanismos epigenéticos por los que trastornos como el estrés y la depresión se asocian a defectos en la reparación del ADN y a alteraciones de la apoptosis (muerte celular programada). Y cómo la manera de afrontar el estrés y la intervención psicológica inciden de forma directa sobre la evolución y la supervivencia de enfermos de SIDA, cáncer de mama o enfermedad cardiovascular.

Repliegue de fuerzas en caso de enfermedad

De este modo empezamos a entender el secuestro de energía en el momento en que enfermamos. Las linfocinas del foco inflamatorio o tumoral informan al cerebro, el cual afecta al comportamiento dando fatiga, adormilamiento o disminución del comportamiento social y locomotor.

Es la estrategia de que dispone el organismo para ahorrar la energía requerida para activar el sistema nervioso vegetativo, el eje hipotálamo-hipofisario-adrenal y el sistema inmunitario.

La salud como una búsqueda de sentido

No es preciso, sin embargo, que estemos enfermos para que el sistema entre en funcionamiento: hasta la mera situación civil de la persona lleva parejo un determinado estado fisiológico que fija el grado y tipo específico de funcionamiento de los sistemas cardiovascular, endocrino e inmunitario.

Así construimos nuestro patrón individual y específico de respuesta inmunitaria, auténtico carné identificativo encarnado en cada una de nuestras células, memoria y recuerdo de nuestras experiencias vividas.

Se vislumbran así las verdaderas causas de la enfermedad como individuales y sociales, aun considerando que los microbios o los contaminantes las provoquen.

Como el biólogo Richard Lewontin, podemos considerar el organismo como constructor activo de su propio ambiente, en contra del determinismo genético y a favor de una participación activa en la construcción del estado de salud y enfermedad.

Distinguir lo propio de lo ajeno

Desde esta perspectiva, podemos definir la salud como integridad en busca de sentido. Y para conocer la integridad primero es preciso contar con la capacidad de autorreconocimiento, que depende de dos pequeños y básicos órganos: el timo, que representa en el organismo el sistema de autorreconocimiento celular; y la glándula pineal, el más importante activador central del sistema inmunitario.

Las células nodrizas epiteliales del timo reciben en audiencia a los linfocitos T y a través del Complejo Mayor de Histocompatibilidad (MHC) se produce una selección negativa que conduce nada menos que a un 95% de suicidio celular a través de la apoptosis.

En condiciones normales, apenas un 5% de linfocitos T sobreviven a la entrevista y dejan al timo para iniciar su importante función: establecer los límites entre el yo y lo ajeno.

Ese papel primordial del sistema inmunitario está mediado por los receptores de identidad o receptores de histocompatibilidad, herramientas que el sistema inmunitario utiliza para distinguir lo propio de lo ajeno.

Cuando los fallos se acumulan en el sistema inmunitario

En su continua ronda de vigilancia por el organismo, las células del sistema inmunitario interactúan con todos y cada uno de sus elementos formes. Y cuando una célula somática es portadora de una anomalía (como una mutación no reparada o una lesión por un virus), entonces la célula correspondiente del sistema inmunitario detecta la ausencia de moléculas de clase I de MHC en dicho elemento, e inicia su proceso de destrucción.

Este rito se autoperpetúa desde antes de nuestro nacimiento y hasta la muerte, en una noria continua de muerte y renacimiento celular cuya velocidad disminuye con los procesos de estrés y envejecimiento.

Pero a veces nuestra consciencia se queda dormida y no se entera de que algo se está pudriendo en nuestro interior, que se confunde a enemigos con amigos, ordenando al sistema inmunitario que sea tolerante con lo que debería destruir.

A esa pérdida de autorreconocimiento la llamamos autoinmunidad y puede causar esas fobias del sistema inmunitario a las que llamamos alergias y, en algunos casos, el crecimiento de la clona tumoral que pondrá a prueba nuestra integridad si no somos capaces de descifrar su mensaje.

Resolver el conflicto y encontrar sentido

Podemos ver al sistema inmunitario como nuestro cuidador, padre o madre perfecto… siempre que disponga de la información adecuada. Es nuestro "sexto sentido", el que informa de lo que no se puede ver, ni tocar, ni degustar, ni oír, ni oler.

Es capaz de traducir al cerebro información ambiental que no es captada por otros sentidos o estímulos no cognitivos. Es como el sustrato orgánico de nuestra intuición ante un apetecido o rechazado plato de comida o los pródromos (precursores) que sentimos antes de enfermar.

En el organismo, los sistemas nervioso, endocrino e inmunitario encarnan el proceso de la consciencia, que queda impreso en los tejidos a partir de nuestras vivencias. De manera que una persona puede enfermar y hasta morir, literalmente, a consecuencia del sufrimiento que padece.

Por eso no es poesía la afirmación de que "encontrar sentido" produce una revolución fisiológica en el organismo a través de la tormenta del cambio de creencias.

La comprensión psicológica del mensaje que acarrea cada enfermedad grave ilumina el área cerebral que enviará sus órdenes al sistema inmunitario para que ponga fin al conflicto, ahora ya resuelto.

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