apoyo

Ganar conciencia

Respiración y apoyo: sensores corporales para sentirse mejor

Cuanto más y mejor damos nuestro peso al suelo o la tierra, más y mejor respiramos. Y viceversa.

Gerard Arlandes

Miles de impulsos nos envuelven cada día desde el alba, con la llegada silenciosa de la luz, hasta el crepúsculo que corona la jornada. Nuestros sentidos son los sensores que se abren al mundo exterior continuamente. Disfrutamos observando lo que sucede, porque nos mueve y nos conmueve. Vemos, oímos, gustamos, olemos, sentimos y reaccionamos.

Pero no solo recibimos mensajes del entorno: el sistema nervioso envía mensajes del cuerpo al cerebro, que los organiza para permitirnos la movilidad, la expresión, la relación y la comunicación. A veces notamos un pequeño desajuste en forma de molestia y lo olvidamos si desaparece al poco tiempo.

Aprende a escuchar al cuerpo con los sentidos internos

Un pellizco en la espalda, la cabeza pesada o los pies entumecidos pueden continuar en nuestro interior sin que los percibamos, hasta que llegan a causar un malestar profundo que puede ser físico, mental o anímico.

Sin embargo, podemos advertir su llegada si atendemos a los sensores del cuerpo, que en cualquier momento nos avisan de que algo sucede y nos permiten cambiar el rumbo si es necesario.

Los sensores internos del cuerpo son dos: la respiración y los apoyos. La relación con el aire y la relación con la tierra nos dan la medida de nuestro estado físico y anímico. Sin realizar cualquiera de las dos funciones no podríamos vivir, pues nadie puede ni respirar ni dar el peso a la tierra por otra persona.

Cuando cambiamos de medio, respondemos a cualquiera de los dos sensores:

  • Si sumergimos la cabeza en un río o en el mar, al cabo de un instante, variable para cada uno, reaccionamos con movimientos rápidos, espasmódicos y enérgicos que nos devuelven a la superficie, donde es fácil respirar.
  • Si jugamos con un bebé llevándolo en volandas hacia el cielo y hacia abajo a nuestros brazos varias veces, el bebé reaccionará de dos maneras: o bien le divertirá y reirá o bien llorará, pero no se quedará indiferente porque inconscientemente reconoce su necesidad de apoyo en cualquier posición sobre alguna superficie, sea los brazos de un adulto, la cama o el suelo.

Desde que nacemos hasta que perecemos, estos dos sensores internos forman el núcleo sobre el que se articula la red de relaciones y experiencias que configura al ser humano. Su observación es el paso previo para que podamos entenderlos y mejorarlos.

Respirar según lo que deseamos hacer

Cuando contemplamos el horizonte desde un monte o divisamos el panorama infinito de agua y firmamento delante del mar es muy probable que nos llegue un suspiro y la respiración se haga profunda, tranquila y silenciosa como el paisaje que contemplamos.

Por el contrario, cuando no podemos conciliar el sueño porque el estrés se ha adueñado de nosotros o una noticia ha bloqueado nuestras emociones, observaremos que la respiración es corta, nerviosa y superficial.

El sensor respiratorio se adecua a cualquier estado del ser humano. Al observarlo intermitentemente durante el día veremos que la respiración pasa de corta a larga, de superficial a profunda, de sincopada a fluida, con matices intermedios.

Ejercicios para conocer nuestra capacidad respiratoria

En cualquier momento la mejor respiración es la que permite hacer lo que deseamos hacer, sea dormir, bailar, correr, jugar, sentarnos a trabajar o cocinar. Si al escucharla no se adapta a esa actividad deberemos activar los mecanismos respiratorios para liberarla y restituirle su maleabilidad.

Primer ejercicio

El objetivo es observar cuál es el espacio que ocupa la respiración en el cuerpo.

  • En cada zona del cuerpo donde nos centramos haremos ocho respiraciones.
  • Al inspirar, observamos qué partes del cuerpo quedan invitadas a respirar. Estas partes no están separadas, sino que tienen un centro en alguna parte de los pulmones y desde ahí extienden su volumen de formas diversas: de esfera, peonza, tubo, calabaza, luna creciente o menguante... La respiración se expande con la atención que le proporcionamos.
  • Empezamos colocando las palmas de las manos en el pecho y escuchamos el movimiento si lo hubiere.
  • Después las ponemos en la boca del abdomen, donde terminan las costillas. Continuamos este proceso en el bajo abdomen.
  • Seguimos en las axilas. Seguidamente sobre los hombros. En la zona lumbar a la altura de los riñones. Y finalmente sobre el cóccix y el sacro.

Segundo ejercicio

Se realiza utilizando la capacidad de expansión de la respiración.

  • Volvemos a colocar las manos en el pecho, durante unas quince respiraciones.
  • Al tiempo, con la imaginación, visualizamos que, al inspirar, el aire va adonde descansan las manos y, al espirar, retorna procedente del mismo lugar.
  • Una vez realizado en el pecho, observamos que el espacio respiratorio pectoral aumenta generosamente, la respiración es más fácil, los apoyos mejoran y estamos mejor preparados para cualquier acción.
  • Continuamos con las demás partes del tronco que hemos ejercitado en el apartado anterior.

Al final observamos que la respiración y el peso forman una unidad. Cuanto más y mejor damos nuestro peso al suelo, más y mejor respiramos. Y viceversa: cuanto mayor es el espacio respiratorio, más y mejor damos el peso. Por eso, la mejora de cualquiera de los sensores facilita la mejora del otro.

Tercer ejercicio

Cuando la atención por sí sola no permite cambiar la respiración, trabajaremos el ejercicio de influir en el ritmo, las pausas y la cualidad respiratoria. Para ello:

  • Al inspirar, tomamos aire profundamente llenando los pulmones un poco más de lo habitual.
  • Paramos, contamos hasta cuatro y expulsamos el aire en pequeños golpes de aire (unas quince espiraciones cortas), con un pequeño sonido externo, que implicará al abdomen y al diafragma.
  • Lo repetimos tres veces y observamos los cambios que se han producido en el espacio respiratorio.

Una vez realizado el ejercicio conviene cambiar el ritmo de la respiración y el de bombeo del corazón para que recuperen su versatilidad. Para ello puede darse un paseo o subir y bajar escaleras, apreciando al final el tiempo de recuperación, que no debería superar el minuto.

Dialogar con la tierra

El sensor del apoyo es el que nos ayuda a sentir cómo damos el peso a la tierra a través de la gravedad y cómo esta nos sostiene. Nos avisa, al igual que el sensor de la respiración, de que los apoyos son cambiantes a lo largo del día, dependiendo de la actividad, la información que recibimos, el lugar o el estado anímico. Reconocer dónde damos el peso es la labor que realiza este sensor.

Cuanto más y mejor percibimos el contacto con el suelo mejor nos organizamos. Si tenemos poco contacto y no lo notamos, se inicia el proceso de tensión que puede conducir al estrés y al estado que tan gráficamente se describe como "subirse por las paredes".

El estado de máximo apoyo y contacto con el suelo es el más recomendable cuando se está en reposo, pero cuando toca pasar a la acción lo mejor es encontrar el equilibrio entre el peso que damos a la tierra y nuestra proyección que va desde él hacia el cielo y el entorno.

Ejercicios para ejercitar el sensor de apoyo

Para ello recomendamos dos diálogos preventivos con la tierra: dar importancia no solo a lo que hacemos sino a lo que nos permite hacer lo que hacemos y entrenar la memoria corporal.

Primer diálogo

Si estamos tecleando en el ordenador, es tan importante lo que escribimos como la posición de los isquiones que se apoyan en la silla, los cuales ayudan a proyectar el cuerpo hacia arriba y permiten pensar mejor, con un pensamiento capaz de volar pero que tiene los apoyos enraizados en la tierra.

Para mejorar este diálogo:

  • Partimos de la posición de pie y advertimos dónde y cómo pisamos con la planta del pie.
  • Ponemos el peso en los talones, en las puntas, en la parte exterior, en la interior de la planta del pie o en la combinación de dos de estas zonas. Las distintas partes del cuerpo van adecuándose y piernas, cadera, tronco y cabeza se mueven para conservar el equilibrio.
  • Dejamos que el cuerpo se mueva y se adapte.
  • Al acabar el ejercicio, devolvemos el peso a toda la planta del pie y observamos que se libera y coge mayor firmeza.
  • Quizás aparezca un suspiro, el paso previo para respirar suave y fácilmente.

Segundo diálogo

Consiste en invitar a la tierra y al cielo a participar en nuestra acción. Para ello utilizamos la percepción, siempre partiendo del lugar en el que estamos y la posición que tenemos. Por ejemplo:

  • Partimos de la posición sentados, intentamos llevar la atención desde la cadera hacia el suelo y al centro de la Tierra y percibir hasta donde visualizamos.
  • Ponemos la atención y tomamos conciencia del camino que va de la cadera por el torso, la cabeza y la fontanela hasta el cielo. Veremos que nos es más fácil en una de las direcciones.

En el momento en el que nos hemos dado cuenta de eso, hemos invitado al cielo y la tierra a acompañarnos durante el día, porque esta invitación queda en la memoria física y nos custodia en cualquier acción.

La cualidad del sensor de apoyo del cuerpo mejora con la atención y con el reconocimiento agradecido. Los bailarines indios inician y terminan su danza besando el suelo que les ha permitido bailar. Así reconocen que el apoyo de la tierra es tan importante como la propia danza, porque sin la tierra ninguna danza hubiera sido posible.

La respiración y el peso forman una unidad. Cuanto más y mejor damos nuestro peso al suelo o a la tierra, más y mejor respiramos... Y viceversa.

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