Abrirse a los demás

El valor de la entrega desinteresada y la generosidad

Daniel Bonet (Doctor especializado en terapias naturales y homeopatía)

Del primer al último aliento la vida humana es una joya de indescriptible belleza. Apreciándola, es fácil ser desprendidos en cuanto hacemos, recibimos y ofrecemos.

A menudo vivimos encerrados en nosotros mismos. Los motivos son comprensibles: las obligaciones diarias que ocupan la mayor parte de nuestro tiempo, la necesidad de protegernos en mayor o menor medida de las posibles agresiones externas –sean físicas o psicológicas–, el miedo a lo que el futuro pueda depararnos

Nada hay de malo en ser prudentes o mantener una actitud vigilante cuando es necesario. El problema empieza cuando estos mecanismos psicológicos se vuelven automáticos y habituales, lo que va limitando nuestras posibilidades de libertad y gozo.

Por ejemplo: ¿Cuánto tiempo hace que no miras el cielo, el lento paso de las nubes o el imprevisto vuelo de un pájaro? ¿Podrías recordar el rostro de quien te sirve la fruta en el mercado? ¿Agradeces las pequeñas cosas que hacen la vida más fácil, en vez de quejarte ante cualquier incomodidad? ¿Tienes momentos de felicidad, aunque no sepas el motivo?

La respuesta a esas preguntas puede indicar el grado de encogimiento anímico que podemos tener. Darse cuenta es ya una forma de romper esa cadena de automatismos que finalmente nos oprimen. El ser humano busca, con mayor o menor fortuna, escapar de esa situación de ver las cosas en blanco y negro cuando lo que ama es la diversidad de colores. Y siente la necesidad de salir de sí mismo y entregarse a algo que le llene, pues justamente siente un vacío interior.

Esencialmente nos estamos refiriendo a la "angustia existencial" en sus variadas formas.

La principal causa es el no tener confianza en la vida ni ser capaces de entregarse a ella. Y esto es así porque el yo personal o ego limita nuestra visión de la realidad, nos aliena –vuelve ajenos– a la riqueza de la existencia.

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La alegría de dar

Si observamos a los niños pequeños vemos que tienen una gran capacidad de objetividad (basta con ver sus dibujos) y a la vez una tremenda subjetividad: todo debe girar en torno a su persona. Por eso es tarea de padres y profesores hacerlos conscientes no solo de sus emociones sino también de las ajenas.

Compartir sus juguetes con otros niños, alegrarse o entristecerse por lo que sucede a otros, son saludables muestras de eso tan importante que es el tener en cuenta a los demás. E incluso descubrir la alegría de dar. Todas las religiones ponen en guardia contra el egocentrismo y dan valor, personal y colectivo, a la generosidad.

En el budismo se considera que tener en el corazón la cualidad de metta (generosidad, gentileza y servicialidad) fundamenta, junto a la meditación, la pureza mental. Y nos desembarazamos del egoísmo a través de dana (el don, la ofrenda).

En palabras del monje tailandés Ajahn Chah: "Cuando las personas son egoístas, no son felices. El egoísmo conlleva un sentimiento de descontento".

Y pone un ejemplo: si tenemos hambre y disponemos de varias manzanas y en ese momento llega un amigo, aunque nuestra primera reacción quizá sería ofrecerle una pequeña, lo que hacemos es darle la más grande, con lo que en definitiva nos sentiremos mejor que si nos hubiéramos dejado llevar por el primer impulso.

Dar y recibir algo a cambio es una ley en la que se basan la mayoría de relaciones humanas. Trabajamos por una retribución y cuando hacemos un favor esperamos tácitamente que la otra persona esté algún día en disposición de devolverlo. Esto es algo justo, pero hay situaciones en las que alguien hace el bien sin esperar nada a cambio, o incluso sacrifica su vida por otros. Estos hechos, heroicos o cotidianos, ponen de relieve la nobleza del alma humana.

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Evitar el egocentrimo

Intentar definir o localizar el ego es tarea difícil. El motivo es que no tiene una existencia real sino virtual: existe, pero a la vez es ilusorio. Podría compararse a una lente mental que acota la realidad para que podamos actuar de determinada manera, pero el problema es que lo tomamos por nuestro verdadero yo.

Actúa especialmente en las distancias cortas y cuando cabe sacar provecho de una situación. Obviamente, es la base del egoísmo. Pero su presencia queda atenuada tanto en el caso de la pura exterioridad como de la pura interioridad. Por eso nos sentimos algo liberados de su peso contemplando simplemente la belleza de la naturaleza o cuando se alcanza cierto grado de paz mental a través de la meditación.

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Las tres direcciones

En la vida hay situaciones de entrega en las que se aligeran e incluso se sobrepasan las limitaciones del ego. En el enamoramiento hay un cierto olvido de sí mismo y lo que parece importar es la fusión, física y anímica, con el ser amado.

La entrega de los padres a sus hijos es una muestra de claro desapego. Muchas personas, sobre todo en esta época de crisis económica, dan su tiempo y dinero para ayudar a tantos seres humanos necesitados como hay. Y en todos esos casos, como estas mismas personas confiesan, reciben bastante más de lo que dan.

Pero hay otras muchas maneras de entregarse a algo que va más allá de uno mismo. Cualquier persona que decide hacer un trabajo serio en la investigación científica o el deporte debe esforzarse mucho y dar lo mejor de sí.

¿Cuáles son, pues, los límites y cualidades de una entrega para que sea noble y digna de apoyo? No es fácil y alguien puede decir que los criterios morales son relativos. Quizá pueda ayudarnos en este sentido la concepción filosófica de la antigua India (Samkya y Vedanta), que siempre sustenta principios de carácter universal.

Hay, de manera intrínseca, tres cualidades (gunas) o direcciones tanto en la naturaleza exterior como en nuestro interior:

  • sattva (verticalidad), que corresponde a armonía, pureza, luminosidad; rajas (horizontalidad), que implica pasión, combatividad
  • tamas (descenso), vinculado a oscuridad, confusión.

Estas cualidades coexisten necesariamente, dependiendo del momento, pero lo ideal es que predomine lo armónico o sátvico. En eso consiste la sabiduría. Quizá puede servir de ejemplo el vino: si bebemos un poco, nos sentimos reconfortados, amables y esbozamos incluso una sonrisa (estado sátvico); si bebemos repetidamente, se alza el tono de la voz, se gesticula más y quizá se inicien discusiones (estado rajásico); si se bebe en exceso, el resultado es un sopor, una confusión que dificulta el habla y la coordinación de movimientos (estado tamásico).

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Ser generosos nos hace felices

El simbolismo del loto

Tanto en el Antiguo Egipto como en el hinduismo y el budismo, la imagen del loto evoca enseñanzas espirituales. Sus raíces se sustentan en la oscuridad del lodo, que simboliza lo terrestre o material.

Su tallo crece a través del agua, que se va aclarando conforme asciende hasta emerger a nivel del aire (lo acuático y aéreo implican cierta movilidad respecto a la fijación descendente en el limo). En la parte superior aparece el capullo de la flor que se abre, cual receptáculo, a los rayos del sol (principio luminoso) mostrando su belleza.

Es, pues, una representación de los tres niveles de la realidad: materia, vida y espíritu. También, del paso de las tinieblas a la luz, del yo inferior al espíritu universal.

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Apertura y luminosidad

Puede decirse, a modo de resumen, que la consecuencia de un acto será positiva cuando es buena tanto para uno mismo como para los demás y negativa cuando perjudique al que la realiza y a quien va dirigida.

Según la ley del karma, no podemos renunciar a los actos y sus consecuencias. Pero cabe utilizar nuestra inteligencia y voluntad para escoger lo más apropiado en cada situación.

Como puede leerse en la Bhagavad Gita: "Cuando la acción se realiza sin egoísmo, con la mente en paz, sin odio o codicia, sin deseo de recompensa, entonces la acción es pura". Ese sería el ideal de comportamiento que evita la ofuscación y el sufrimiento. Podemos aplicar esa actitud de entrega y de apertura psicológica en diversas situaciones.

Por ejemplo ante la muerte, a cuyo encuentro conviene ir "como río que vuelve al mar", sin miedo y sintiendo paz en el corazón. Podemos ejercitarnos cada noche antes de sumirnos en el sueño, también serenamente e imaginando que ascendemos a lugares donde reinan la luz y la belleza.

Asimismo la relación con los demás permite practicar la generosidad, que es una forma de entrega desinteresada. Lo que nos ayuda a vislumbrar que detrás de la aparente separación con el resto de la humanidad y la naturaleza palpita un único corazón universal. Que los demás, aunque parezca que estén fuera, también forman parte de nuestra existencia. Pues como dijo Thomas Merton, monje trapense y escritor: "El amor es nuestro destino".

Tres formas de abrirnos a los demás

  • Gratitud: Cada instante del día puede verse como una invitación o una oportunidad para aceptar lo que la vida depara y entregarse a ella. tener las manos y el corazón abiertos para ofrecer, aunque solo sea gratitud, ya supone un gran paso
  • Asumir que somos vulnerables: Permite sentir también la fragilidad de los otros seres vivos. Eso anima a volver sobre nuestros pasos o a pedir sinceramente perdón cuando nuestras acciones les hayan podido ofender.
  • Generosidad: Cuando hay una entrega desinteresada el egocentrismo natural se atenúa considerablemente. Y uno de sus principales antídotos es la generosidad.

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