Contaminación interna

Mujer y salud: cuando el entorno nos enferma

Razones biológicas y sociales hacen a la mujer más vulnerable a ciertas sustancias contaminantes, como insecticidas, dioxinas o parabenos. ¿Cuáles son sus efectos y cómo podemos prevenirlos?

Carme Valls-Lloret

contaminacion-interna-mujer-salud-entorno-insecticidas-parabenos

El crecimiento industrial de principios del siglo pasado fue desordenado y no se tuvieron en cuenta las consecuencias sobre la salud. Los efectos de estos nuevos productos usados en la agricultura, la industria textil, los hospitales, las químicas, las farmacéuticas..., se han empezado a recopilar en los últimos veinte años.

No obstante, es difícil establecer relaciones de causalidad claras ya que las personas están expuestas en su lugar de trabajo, pero también fuera de él –agua, aire, alimentos, fármacos y cosméticos–. A diferencia de las radiaciones ionizantes, el efecto de los productos químicos tiene que ver con las dosis y de la repetición de la exposición.

Además, los avances en la síntesis de nuevas sustancias –sean insecticidas de nueva generación, desinfectantes, pinturas o tintes–, han mejorado la calidad de vida de muchas personas y han sustituido antiguas formulaciones prohibidas, como ocurrió con el DDT en 1972.

Contaminación interna

Aun así, existen productos como los CTP (Compuestos Tóxicos Persistentes) que se han utilizado durante décadas y que, aunque se ha prohibido o restringido su uso, persisten en el cuerpo y en el medio ambiente durante largos periodos de tiempo.

Como explica el investigador Miquel Porta en el libro Nuestra contaminación interna (Ed. Catarata), estos productos que contienen átomos de carbono e hidrógenos, dioxinas o metales pesados pueden permanecer durante años en las células grasas, tanto si entran en el organismo por inhalación como a través de la alimentación.

Además de ser volátiles –pueden evaporarse y regresar a la tierra en forma de lluvia–, persisten en el aire, el agua y la tierra, son posibles cancerígenos y alteran la inmunidad, el sistema nervioso y el equilibrio hormonal.

Son compuestos tóxicos persistentes el arsénico, el benceno, el cadmio, el clordano y el heptacloro; la aldrina, la dieldrina y la endrina, el DDT y análogos, las dioxinas y los furanos, el lindano, el plomo, el mercurio, los policlorobifenilos (PCB), el hexaclorobenceno y el bisfenol A.

Con el fin de controlar y frenar la acción de estos tóxicos se creó el Convenio de Estocolmo, que en España entró en vigor en 2004.

¿Dónde se detectan estos químicos tóxicos?

  • Parabenos. Con formulación diversa –metilparaben, propilparaben, etilparaben–, se puede encontrar en cosméticos, perfumes, cremas corporales y en algunos medicamentos, como excipientes.
  • Dioxinas. En el pescado, el pollo o los productos grasos que hayan sido afectados por su proximidad a incineradoras o a fondos marinos a los que se ha llevado fango de la limpieza de ríos.
  • Insecticidas. En verduras, frutas y, en general, en todos los productos en que se hayan utilizado insecticidas. También se ven en la leche y los derivados de animales alimentados con productos contaminados.

Solo los alimentos con el sello de la sociedad de agricultura ecológica están libres de insecticidas.

Vulnerabilidad femenina: ¿a qué se debe?

La vulnerabilidad de las personas a estos químicos depende de la edad y del sexo. El sistema nervioso central es más vulnerable durante su formación –en el desarrollo embrionario del feto y durante la primera infancia–, y también a partir de los 65 años. Por ello es importante que las mujeres embarazadas no estén expuestas.

Las mujeres son más vulnerables a los productos tóxicos persistentes.

A la hora de valorar las consecuencias de exponerse a productos ambientales y posibles cancerígenos, se deberá señalar si existen diferencias de género. La información que llega a los profesionales es sesgada y procede de las industrias farmacéuticas y cosméticas. La población, y en especial las mujeres, está sometida a informaciones contradictorias. Por eso es importante ofrecer datos veraces a aquellas mujeres interesadas en ser protagonistas de su salud.

  • El cuerpo femenino es más vulnerable a los productos tóxicos persistentes por razones biológicas y sociales. Muchos de los productos tóxicos persistentes se acumulan durante más de treinta años en las células grasas y, a igualdad de peso y talla, el cuerpo de las mujeres contiene un 15% más de materia grasa, ya que está preparado para la lactancia –la leche materna contiene proteínas pero también grasa–.
  • Por otra parte, los productos que afectan al sistema nervioso central pueden penetrar más fácilmente gracias a hormonas y neurotransmisores como los estrógenos, por lo que, a igual exposición, el cerebro de las mujeres se verá más afectado.
  • Por último, el cuerpo se muestra más vulnerable a los productos químicos si presenta carencia en las reservas de hierro, dolencia muy común en las mujeres en edad fértil debido a la menstruación.

Por otra parte, las condiciones laborales y sociales hacen que las mujeres estén más expuestas a agentes químicos potencialmente tóxicos. Por poner un ejemplo, las tareas de limpieza del hogar, en los edificios de oficinas, en los lavabos públicos... son realizadas básicamente por mujeres que no gozan de
medidas de seguridad laboral –uso de guantes y mascarillas, por ejemplo–.

Además, el estrés físico y mental muy frecuente entre las personas que realizan más de una jornada, mujeres mayoritariamente, también hacen más vulnerable al cerebro a los efectos de estas sustancias.

Efectos irreversibles

Entre las madres expuestas a insecticidas en su lugar de trabajo se ha detectado un incremento de nacimientos prematuros, abortos espontáneos, niños con bajo peso al nacer o con un perímetro craneal inferior. También se ha descrito un incremento de malformaciones congénitas, sobre todo genitales, con un aumento de epispadias e hipospadias –alteración de la morfología de la uretra– y testículos en ascensor, consecuencia de un tamaño más reducido. Asimismo, se ha observado un incremento de nacimientos con anencefalia –ausencia parcial o total del cerebro–, espina bífida, malformaciones del paladar y labio leporino.

El uso de insecticidas en los lugares de trabajo sin seguir normas claras de prevención ha provocado consecuencias muy negativas para la salud, por citar un caso grave y extendido, el de las mujeres con afectación crónica del sistema nervioso central inducido por organofosforados (COPIND). Más del 80% de las mujeres expuestas a estas sustancias, además, han desarrollado un síndrome de sensibilidad química múltiple.

Sus efectos a medio y largo plazo afectan la vida de niños –se incrementa el cáncer infantil– y adultos –aumentan las enfermedades autoinmunes, de la tiroides, el Parkinson, y las neuropatías centrales y periféricas–.

¿Los químicos nos están volviendo estériles?

Ya hemos citado que los compuestos químicos persistentes son disruptores endocrinos, es decir, sustancias químicas que alteran el funcionamiento hormonal. La salud reproductiva se ve afectada especialmente por esta alteración. La disrupción se puede presentar en todas las fases de la regulación de las hormonas: cuando se sintetizan en las glándulas, cuando se almacenan y se transportan a través de la sangre, y en la forma en que se acoplan y actúan sobre el receptor en el cual ejercen su acción.

Tanto pueden aumentar la incidencia de trastornos de la menstruación, con hemorragias más frecuentes y abundantes, como producir una enfermedad crónica denominada endometriosis, cada vez más frecuente, con grave dolor menstrual e incremento de la esterilidad femenina.

Las sociedades con agricultura intensiva han observado un aumento de la esterilidad.

La exposición a insecticidas también afecta a la espermatogénesis –disminuye el número de espermatozoides y las formas se hacen anómalas–, e interfiere en la ovulación y en la producción de progesterona –la hormona que permite anidar al embrión fecundado–; produce déficit de fase luteínica, por lo que incrementa la esterilidad femenina y masculina en las sociedades con agricultura intensiva.

Para prevenir: pautas de higiene química

Estos consejos permitirán que con pequeñas adaptaciones en nuestra vida cotidiana alejemos lo máximo posible la incidencia de los químicos contaminantes.

  • Elegir alimentos de origen biológico es el primer paso para evitar tóxicos persistentes. Los alimentos procedentes de cultivo ecológico tienen la garantía de no haber sido tratados con insecticidas, además de ser productos de temporada y de proximidad.
  • Utilizar envases de cristal o de cartón (tetrabrik) para guardar productos que contengan grasa o los lácteos.
  • No calentar ni descongelar la comida en el microondas envuelta en envases de plástico; lo más aconsejable es colocarlos en platos o envases de cristal o cerámica.
  • Elegir cosméticos libres de parabenes, en especial si hay antecedentes de cáncer de mama en la familia.
  • Entre las cuatro ingestas de pescado que se recomienda comer a la semana, dos deben ser de pescado procedente de grandes mares.
  • Limitar el consumo de atún a una vez cada quince días, a menos que sea ecológico.
  • Las personas afectadas por sensibilidad química múltiple deben evitar los detergentes y los suavizantes perfumados.

Artículos relacionados

¿Deseas dejar de recibir las noticias más destacadas de Cuerpomente?